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Una noche diaconal en el hogar de Madre Teresa

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Escribo estas líneas desde el hogar de enfermos de VIH donde, una vez más, paso la noche como voluntario junto a otros hermanos que comparten el deseo de servir. Y puedo decir con toda sinceridad que vivir una noche al cuidado de los pobres entre los pobres —como son estos enfermos terminales— es una experiencia que desarma, conmueve y transforma profundamente el corazón.

Comencé esta labor a principios de los años noventa, cuando era mucho más joven y todavía soltero. Aquellos eran los años en los que el sida irrumpía con fuerza devastadora, especialmente entre los jóvenes. Era una época de miedo, de incertidumbre y también de mucho rechazo social hacia quienes padecían esta enfermedad. En medio de aquel drama, santa Teresa de Calcuta, siempre atenta a encontrar a los más pobres entre los pobres, dirigió su mirada hacia estos enfermos, que en muchos casos morían solos, abandonados y señalados.

Fue una etapa especialmente dura. Los voluntarios que pasábamos la noche en la casa, mientras las hermanas se retiraban a descansar, nos encontrábamos con jóvenes consumidos por la enfermedad, apagándose poco a poco, y a algunos incluso me tocó amortajarlos después de su muerte. Aquellas noches eran largas, silenciosas y profundamente dolorosas. La pobreza que se respiraba allí no era solo material; era la pobreza del abandono, del miedo y de la soledad.

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Hoy la situación médica ha cambiado mucho. Gracias a los avances en los tratamientos, el VIH ya no causa la muerte con la rapidez y crudeza de entonces. Sin embargo, las hermanas continúan fieles a su carisma: buscar a los más necesitados, a los más heridos, a aquellos a quienes nadie quiere mirar. La pobreza adopta nuevos rostros, pero sigue estando ahí, esperando manos dispuestas a servir.

Hace unos años sentí el deseo de volver a hacer aquellos turnos nocturnos. Me hacía ilusión regresar a ese servicio que realicé siendo joven, reencontrarme con aquella experiencia que dejó huella en mi vida. Ahora ya no era el mismo: no solo estaba casado, sino que además de cuatro hijas, tenía tres nietos. Pero puedo decir que regresé con la misma ilusión de entonces, quizá incluso con una mirada más agradecida.

Estos turnos son un verdadero regalo, una gracia inmensa. Quien se acerca a servir en estos lugares descubre pronto una gran paradoja evangélica: se recibe mucho más de lo que se da. Uno llega pensando que va a ofrecer ayuda, consuelo o compañía, y termina siendo evangelizado por la humildad, la paciencia y la fragilidad del hermano sufriente.

Jamás hubiera imaginado que aquel joven voluntario volvería más de treinta años después, ya como diácono. Y, curiosamente, no soy el único diácono que participa en estos turnos. Tal vez porque este lugar representa de manera privilegiada aquello que significa nuestra vocación: ser iconos de Cristo servidor.

Se suele recordar que el ministerio diaconal se articula en tres dimensiones: la Palabra, la Liturgia y la Caridad. Y aunque las tres son esenciales, la caridad es, sin duda, la más característica del diácono. Ahí encontramos la raíz misma del ministerio, cuando fueron elegidos los siete para servir a las viudas y atender las mesas. El servicio es la esencia de esta vocación.

Diaconos con el obispo Vicente en Madre Teresan

Ser diácono es configurarse con Cristo Siervo, con Aquel que “no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos”. El servicio humilde y escondido es el camino propio del diácono, porque en él se transparenta el rostro del Señor.

Recuerdo vivamente la primera vez que entré en esta casa. Un voluntario que después me enteré era entonces un joven exitoso profesionalmente, un ejecutivo de prestigio estaba de rodillas, limpiando las llagas y la suciedad de un muchacho enfermo, con la piel marcada por la enfermedad y la debilidad extrema causada por la falta de defensas. Aquella imagen se grabó en mi alma. Allí comprendí con fuerza las palabras del Evangelio: “el que se humilla será ensalzado”.

En los evangelios también encontramos aquello de acostumbrarse a “entrar por la puerta estrecha” en términos espirituales o ascéticos, pero pocas experiencias enseñan tanto esa verdad como el servicio directo a los más pobres. Entrar por la puerta estrecha del servicio humilde es también entrar por la puerta auténtica del diaconado. No hay verdadero ministerio sin abajamiento, sin cercanía, sin tocar la herida del hermano.

Desde hace años colaboro en la formación de aspirantes al diaconado y, en repetidas ocasiones, he insistido —aunque no siempre con éxito— en la necesidad de que la caridad ocupe un lugar central en ese proceso formativo. No basta con estudiar la caridad; es necesario vivirla. La caridad no puede reducirse a un contenido académico ni a un tema más dentro del plan de estudios. Debe ser experiencia concreta, práctica habitual, encuentro real con el pobre.

Por eso pienso que sería profundamente formativo que los aspirantes vivieran experiencias como estos turnos nocturnos en hogares de acogida, o acompañaran a las hermanas cuando salen al encuentro de quienes duermen en la calle, llevando mantas y bebida caliente. Es en esos lugares donde el corazón se forma de verdad.

Durante los años de preparación al diaconado, la experiencia de la caridad debería ser algo obligatorio y transversal, presente desde el inicio y sostenida durante todo el proceso, especialmente en el año pastoral. Porque la configuración con Cristo Siervo no se aprende solo en los libros; se aprende arrodillándose ante el sufrimiento del hermano.

Es ahí donde el futuro diácono comprende que la caridad no es un añadido opcional, sino el núcleo de su identidad. Es ahí donde descubre que servir al pobre no es simplemente hacer una obra buena, sino encontrarse con Cristo mismo.

Cada noche en este hogar vuelve a recordármelo. En cada rostro herido, en cada gesto de fragilidad, en cada necesidad atendida, resuena silenciosamente la llamada del Señor a servir. Y en ese servicio humilde, oculto y sencillo, el diácono encuentra una de las expresiones más puras de su vocación.

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