Pentecostés: En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común
"El Espíritu Santo nos une, nos relaciona, nos integra, donde cada uno, unido al otro, hace posible lo grande del conjunto, del equipo, de la familia"
Ha llegado el día de un gozo inmenso, el Espíritu de Dios que nos une íntimamente a él se derrama en cada uno de sus fieles. Nos enriquece para embellecernos y dar la armonía de la belleza.
Es como contemplar la belleza de un jardín con la diversidad de flores, aromas y colores donde al final podemos contemplar una belleza en su conjunto donde al detener la mirada en cada creatura podemos contemplar su belleza singular y extasiarnos.
Así los judíos devotos, que nos refiere la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, están atónitos por lo que oyen y ven y, que es la manifestación viva y plena de Dios en aquellos que son enviados anunciar la buena nueva.
La admiración del hecho mismo: gran estruendo, lenguas de fuego en sus cabezas, oyéndolo cada uno en su propia lengua. Todo manifiesto en gente sencilla que ha creído en Jesús de Nazareth, también Él sencillo de origen carpintero pero Hijo de Dios.
Dios obra así, en la gente sencilla que cree, que camina con fe.
El Espíritu Santo nos enriquece, nos habilita y nos da unas fuerzas extraordinarias que nos hace posible cumplir las obras que Dios quiere realizar en cada uno.
El Espíritu Santo todo lo puede porque en Él se manifiesta el Padre y el Hijo de forma viva y presente.
El Espíritu Santo nos une, nos relaciona, nos integra, donde cada uno, unido al otro, hace posible lo grande del conjunto, del equipo, de la familia.
Que haríamos nosotros sin las personas que hacen posible la instalación de la luz, de los que construyen nuestras viviendas y edificios, nuestros autos, la tecnología digital , los medicamentos, la elaboración de los alimentos, los que oran por nosotros, los que realizan obras de amor y de bien por los otros…
No existimos en el aislamiento sino en la relación de lo que nos da vida, nos hace crecer y ser grandes.
Cada uno debemos dar lo mejor de nosotros, pero siempre pensando que estamos en comunicación de vida con el otro.
Sin el sol, sin el agua, sin la tierra ni el aire no podemos existir y nuestra existencia vital se hace plena en el amor que hace viva la presencia de Dios en nosotros.
En este día de Pentecostés se despierta en nosotros la belleza que Dios infunde para que haciendo viva la singularidad de cada uno seamos capaces de ver la belleza de la unidad.
El cielo lo podemos contemplar de noche con lo maravilloso de las estrellas y la luna, donde la oscuridad adquiere una belleza de contemplación del infinito que nos extasía. El cielo lo podemos contemplar de día con el radiante sol que nos hace descubrir y reconocer la belleza de la creación de la tierra en la que caminamos.
Así el Espíritu Santo nos lleva a tener una mirada amplía de ver cuanto Dios nos regala para darnos y vida, y que a su vez, también nosotros seamos esa luz, cada uno desde la belleza que se puede encender por lo valioso que cada uno es y puede ser, al unirnos a los demás esa belleza adquiere un lugar en un conjunto donde no deja de distinguirse, pero verse en armonía con los demás.
Nunca apaguemos la belleza de quien está a nuestro lado, porque si intentamos apagar al otro o nosotros mismos nos apagamos perdemos la belleza de lo que nos trasciende y eleva siempre a lo grande.
La belleza de la caridad que comunica el Espíritu Santo a cada uno de sus predilectos los conduce en el bien del amor a restablecer la belleza marchita, sea por la pobreza espiritual, moral, humana, material y restablecerlo todo desde la fuerza del bien en el amor.