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La Palabra de Dios: alimento sólido de nuestra fe

Biblia (2)

Cada septiembre celebramos el mes de la Biblia, siendo ocasión propicia para seguir fortaleciendo la cercanía de cada fiel con la Palabra de Dios. En el mundo de las iglesias cristianas (no católicas) la centralidad de la Sagrada Escritura es evidente. No solo los pastores, sino los congregados de cada Iglesia, muestran la cercanía que tienen con la Biblia y, con relativa facilidad, invocan versículos para responder a inquietudes de fe. Esto no significa, en todos los casos, que haya un conocimiento de la interpretación bíblica, corriendo el peligro de tomar al pie de la letra lo que dice el texto sagrado, distorsionándolo muchas veces. En todos los casos se necesita una formación bíblica que nos libre de fundamentalismos que hacen daño a nuestra fe.

En el mundo católico se han hecho esfuerzos por conseguir la centralidad de la Palabra de Dios en la vida de los fieles, pero aún no se consiguen los frutos esperados. A pesar de que se insiste con cursos bíblicos o se promociona la adquisición de biblias, esta no parece ser una referencia indispensable de su fe.

Por su parte, la celebración eucarística dominical, aunque comienza con la liturgia de la Palabra, proclamando una lectura del Antiguo Testamento, un salmo, una del Nuevo Testamento y el evangelio; los asistentes recuerdan muy poco las lecturas que han escuchado. En esto influye la homilía que no siempre se refiere a la explicación de los textos bíblicos, sino a discursos de carácter moral, como si la homilía fuera el lugar para hablar del pecado. Tal vez por estas homilías que no explican la palabra de Dios es que, una vez terminada la misa, la mayoría de los fieles no recuerdan qué lecturas se leyeron, ni lo que se proclamó en ellas.

Como toda realidad, no todo es como lo hemos descrito y existen espacios donde se conoce más la Palabra de Dios, sabiendo referirse a ella y conociendo cada vez más, cómo interpretarla. Pero se sigue sintiendo el reto de conseguir que esta sea esa palabra “sólida” de la que habla la carta a los Hebreos: “Pues debiendo ser ya maestros en razón del tiempo, vuelven a tener necesidad de ser instruidos en los primeros rudimentos de la palabra de Dios y han llegado a ser tales que tienen necesidad de leche y no de alimento sólido (…) pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal” (5, 12-14).

Es necesario seguir insistiendo en la revelación de Dios en la historia, mediante hechos y palabras, como lo dice la constitución Dei Verbum (n. 2), revelación que ha quedado consignada de manera privilegiada en la Sagrada Escritura. En ella encontramos como el pueblo de Israel interpretó la presencia de Dios en su historia y cómo las primeras comunidades cristianas vivieron su experiencia de fe en Jesús Resucitado. Si esto es así, si queremos conocer al Dios revelado por Jesús, hemos de acudir a la Sagrada Escritura para entender esa revelación. La Palabra de Dios es el fundamento primero y normativo de nuestra fe y todos los demás aspectos -dogmas, normas, decretos, magisterio- se derivan de ella y, por lo tanto, ocupan un segundo lugar. Sin embargo, a lo largo de la historia, se ha ido dando más importancia al magisterio que a la Sagrada Escritura, a la doctrina que al evangelio, a los mandamientos que a la vida del Espíritu “que sopla donde quiere” (Jn 3, 8) y siempre hace “nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).

Fuera de esta centralidad de la palabra de Dios en la vida del cristiano es importante comprender que la Biblia ha sido escrita por seres humanos, con sus contextos propios, usando los géneros literarios que mejor les parecía ilustraban el mensaje que querían transmitir. Por eso no podemos tomar “al pie de la letra” ningún texto bíblico. Siempre hemos de preguntarnos qué quiso decir el escritor sagrado y qué significaban aquellas palabras en ese contexto. Para eso es necesario saber el género literario del escrito, la época en que se escribió, los destinatarios a quienes se dirige y la intencionalidad que les quiere comunicar. Recordemos que la biblia es un conjunto de libros escrito a lo largo de muchos siglos y construidos con diferentes versiones que poco a poco se fueron organizando en lo que hoy tenemos como Sagrada Escritura. De los muchos escritos sobre esa experiencia de fe, hubo que decidir cuáles escritos mantenían el espíritu de la revelación divina y cuáles lo distorsionaban y, por eso no entraron, en el Canon (esta palabra significa “lista”), o sea, en la lista de los libros admitidos por la Iglesia. Los llamados libros “deuterocanónicos”, es decir de la segunda lista, son los que no tienen las biblias de las denominaciones cristianas (no católicas) porque consideran que cómo fueron libros que se aceptaron en un segundo momento, no mantiene la fidelidad a la revelación divina. Esto muestra la necesidad de conocer mejor la Sagrada Escritura de manera que entendamos la encarnación de esa palabra en los medios humanos y las decisiones que a lo largo de la historia se han ido tomando.

Celebrar el mes de la Biblia puede ser ocasión de volver a interesarnos por el conocimiento de la Sagrada Escritura, sacarla de ser un símbolo que se entroniza en las celebraciones para convertirla en alimento para nuestra vida de fe. Especialmente, los evangelios, bien interpretados nos presentan a la persona de Jesús desde cuatro aproximaciones (los 4 evangelios) revelando cómo las comunidades, según su contexto, privilegian unos aspectos o enfatizan otros. Esta riqueza de diversidad de interpretaciones nos invita a reconocer la pluralidad de respuestas que el evangelio nos ofrece para entender nuestra historia con sus desafíos actuales y dejarnos sorprender por nuevos aspectos y concreciones que, sin perder, el núcleo original, se desprenden del espíritu de la palabra revelada, haciendo posible encarnarla en todo tiempo y lugar.

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