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Cuando el balón desafía al Imperio: Palestina, la bandera de los márgenes y la Teología Política

Más allá del resultado, Palestina ya ganó: cuando la bandera se convierte en sacramento de justicia

Palestina ya ganó

El fútbol, ese "milagro laico" que cada cuatro años detiene el pulso del planeta, tiene una doble naturaleza. Para unos es el negocio perfecto, la cumbre del capitalismo del espectáculo donde las grandes potencias exhiben su músculo financiero y geopolítico. Pero para otros —los de abajo, los olvidados de la historia— el fútbol sigue siendo el único escenario donde Goliat no tiene la victoria asegurada de antemano.

La reciente e histórica participación de la selección de Palestina en el proceso mundialista, plantando cara y logrando hazañas contra grandes potencias futbolísticas y económicas del Norte Global, no es solo una anécdota deportiva. Es un acontecimiento que trasciende las líneas de cal para convertirse en un hecho geopolítico de primer orden y, sobre todo, en una profunda lección de teología política.

La geopolítica del césped: la victoria más allá de la clasificación

Es necesario hacer una precisión estrictamente futbolística: la selección de Palestina, a pesar de su entrega y de la excelente imagen competitiva que dejó sobre el terreno de juego, no logró clasificarse para las fases definitivas del torneo. La competición continuó su curso matemático y deportivo sin ellos en el cuadro final. Y, sin embargo, en el sentido más profundo de la palabra, Palestina "ya ganó".

Vivimos en un orden internacional diseñado por y para los fuertes. Un orden donde el sufrimiento de determinados pueblos se normaliza, se invisibiliza o se reduce a frías cifras en los telediarios. Palestina, sometida a décadas de ocupación, asedio y deshumanización sistemática, no debería, según el guion del Imperio, estar celebrando nada. Su mera existencia en la disputa de este torneo ya era un milagro; cada minuto compitiendo de tú a tú contra los gigantes del sistema fue una enmienda a la totalidad del orden establecido. Por eso, aunque el marcador del torneo diga que quedaron fuera, su victoria moral ya estaba sellada.

En el estadio, por noventa minutos, las asimetrías del mundo real se suspenden. No importan los presupuestos millonarios, los patrocinios corporativos ni el veto en los organismos internacionales. Cuando Palestina juega, la pelota se convierte en una herramienta de diplomacia popular. El grito de un pueblo herido resuena con más fuerza que los discursos diplomáticos vacíos, obligando al mundo a mirar lo que prefiere ignorar: la dignidad inquebrantable de los oprimidos.

De Lamine Yamal al eco del Nilo: La marea de banderas que desborda naciones

Todo este fenómeno se hizo aún más evidente al observar un detalle que ha dejado una huella imborrable antes y durante este Mundial, incluso cuando la selección palestina ya no estaba físicamente en el torneo. Hemos visto a figuras de primer nivel, como el jovencísimo Lamine Yamal, y a combinados enteros y deportistas representando a países como Egipto o Marruecos, envolverse orgullosos en la bandera palestina. La pregunta surge sola en las gradas y en las tertulias: ¿Por qué estos jugadores eligen exhibir la bandera de Palestina y no tanto la de sus propios países, los que oficialmente representan?

La respuesta es tan política como profundamente humana. Lamine Yamal, un chico criado en un barrio obrero, que defiende la camiseta de España, pero lleva en sus botas las banderas de Marruecos y Guinea Ecuatorial en honor a sus raíces, sabe bien que la identidad es múltiple. Sin embargo, cuando él, o los futbolistas de la selección de Egipto, alzan la bandera palestina en el mayor escaparate del planeta, están haciendo algo que desborda el mero guiño nacionalista o el protocolo del Estado al que defienden en la competición.

La bandera palestina ha sufrido una metamorfosis simbólica: ha dejado de ser únicamente la enseña de un territorio concreto para transubstanciarse en un clamor universal. Es el estandarte global de los desposeídos, el emblema de la resistencia frente a la barbarie y el colonialismo. Ondear la bandera de España o de Egipto reafirma una pertenencia civil y administrativa; ondear la de Palestina en el corazón de un megaevento hipercapitalista es un acto de rebeldía ética. Es decirle al centro imperial que la periferia existe, que el genocidio no puede esconderse bajo el confeti, y que el sufrimiento del hermano nos interpela por encima de nuestras fronteras artificiales.

Una lectura desde la Teología Política: El Dios que toma partido

Para quienes intentamos mirar la realidad con los ojos de la fe y el compromiso evangélico, este hecho nos empuja a una reflexión teológica profunda. El Dios de la revelación cristiana no es un Dios neutral que asiste al teatro del mundo desde un palco VIP. Es el Dios del Éxodo, el Dios que escucha el clamor de los esclavizados en Egipto, el Dios que en el Magnificat de María derriba a los potentados de sus tronos y enaltece a los humildes.

La presencia de Palestina, sumada a este abrazo colectivo de los deportistas a su bandera a lo largo de todo el campeonato, encarna perfectamente lo que la Teología de la Liberación y la Teología Política nos han enseñado durante décadas: los márgenes de la historia son el lugar teológico por excelencia, el lugar hermenéutico de toda persona que sigue a Jesús de Nazaret. Allí donde el mundo decreta la muerte, el despojo y el olvido, el Espíritu sopla para recrear la esperanza.

Ver el recuerdo de los jugadores palestinos abrazados sobre el césped, arropados por el clamor de miles de aficionados y colegas de otras selecciones que hicieron suya su bandera hasta el último día del Mundial no es una mera anécdota deportiva. Es una parábola viviente. Es la manifestación de que los imperios humanos, por más armas, dinero y poder mediático que posean, nunca podrán confiscar del todo la dignidad humana ni el deseo de justicia de un pueblo.

El fútbol como liturgia de la resistencia

A menudo se acusa al fútbol de ser el "opio del pueblo moderno". Y es verdad que muchas veces se utiliza para adormecer conciencias. Pero en ocasiones, se transforma en una liturgia de resistencia. Cuando Palestina juega, y cuando otros jugadores toman su bandera como propia en la cancha, no buscan solo un trofeo de metal; buscan la afirmación de una identidad colectiva, el derecho a ser nombrados, a existir y a respirar en libertad.

Ese "ya ganar" de Palestina, reflejado en esta marea de solidaridad que tiñó el resto de la competición, nos recuerda a los creyentes —y a toda persona de buena voluntad— que la última palabra de la historia no la tienen los que firman los tratados de opresión ni los que fabrican las armas. La última palabra la tiene la vida que se resiste a ser extinguida.

Que este impacto en el Mundial no se quede en un festejo pasajero. Que sea un recordatorio incómodo para las conciencias de las potencias mundiales y una caricia de esperanza para un pueblo que sufre. Porque, al final del día, en la gran cancha de la historia universal, Dios sigue jugando en el equipo de los que no tienen voz. Y contra ese equipo, el Imperio siempre termina perdiendo.

¡Qué así sea, si Dios quiere, y nosotr@s también!

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