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La crisis que se avecina: cuando el plato vacío deja de ser una metáfora

Por un futuro donde la escasez no nos ciegue y la sobriedad compartida nos devuelva a la fraternidad

Antes de que se vacíe el plato

Nos hemos acostumbrado a repetir, casi como un mantra de resignación, esa frase que ya forma parte del hilo musical de muchas comidas familiares: «Nuestros hijos van a vivir peor que nosotros». Lo decimos con cierta melancolía burguesa, pensando en salarios precarios, en el acceso imposible a la vivienda o en el deterioro paulatino de los servicios públicos. Pero estamos mirando al horizonte equivocado. El problema no es únicamente si las próximas generaciones tendrán un empleo digno o una pensión asegurable; el problema, aterrador y mucho más cercano, es si habrá suficiente alimento en las estanterías de nuestros supermercados.

Apostar hoy a que en un futuro no muy lejano vamos a pasar hambre ya no es la profecía de un agorero ni una distopía cinematográfica para entretener las tardes de domingo. Es una realidad que se cocina a fuego lento entre campos exhaustos, geopolítica deshumanizada y una profunda miopía política. Y esto no es un diagnóstico improvisado: nos lo llevan avisando desde hace décadas desde los ámbitos científicos y ecologistas, aunque hayamos preferido hacer oídos sordos. Del mismo modo que la inteligencia artificial ha irrumpido en nuestras vidas para reconfigurar el trabajo, la cultura y las relaciones sin posibilidad de marcha atrás, esta época de escasez no es un paréntesis pasajero ni una racha de mala suerte: ha venido para quedarse y va a redefinir nuestra forma de estar en el mundo.

El grito de la tierra y la trampa del «consumidor responsable»

Quienes pisan el barro y trabajan la tierra lo saben bien. Agricultores y ganaderos miran al cielo no solo buscando la lluvia oportuna, sino preguntándose cuánto más aguantará el suelo el nivel de extracción y saqueo al que lo sometemos antes de colapsar definitivamente. Nos enfrentamos a una sequía que trasciende con mucho lo meteorológico: es una sequía estructural de producto. Los ciclos de cultivo tradicionales se alteran, las cosechas globales sufren el impacto continuo de un clima desbocado y la compleja cadena de suministro internacional pende de un hilo extremadamente frágil que cualquier conflicto geopolítico o evento extremo puede romper en pedazos.

Ante esta amenaza gigantesca, la respuesta institucional y mediática del sistema suele ser profundamente anestésica e insustancial. Nos han convencido con astucia de que la crisis ecológica y alimentaria se soluciona simplemente separando el plástico del cartón en casa o comprando productos con sello «eco» un poco más caros en la gran superficie de turno. Nos hemos construido una calma moral a base de pequeñas rutinas verdes que no alteran en nada el engranaje profundo del problema. Pero la realidad es tozuda: reciclar no basta. El llamado consumo "responsable" dentro de un sistema estructuralmente irresponsable y depredador es una ilusión tranquilizadora. El problema de fondo no es qué hacemos con el envoltorio una vez que hemos consumido; es la escala destructiva e infinita de lo que extraemos, producimos y devoramos a diario.

La gran mentira: «Sobramos personas en la Tierra»

En medio de esta zozobra e incertidumbre, empieza a calar de forma sutil pero devastadora un discurso profundamente peligroso. Pretenden inculcarnos la idea de que la solución a los problemas del planeta pasa por asumir, con frialdad pragmática, que somos demasiada gente en la Tierra y que sencillamente no hay recursos para todos. Nos venden el mito de la sobrepoblación como un hecho incontestable y consumado, abriendo la puerta a todas las siniestras implicaciones éticas y humanas que eso conlleva: el descarte progresivo de los más vulnerables, el blindaje egoísta de las fronteras, la eugenesia social implícita y una progresiva insensibilidad ante la miseria y la muerte ajena.

Como nos recuerda con absoluta lucidez el Papa Francisco en su encíclica Laudato Si' (en su párrafo 50), pretender resolver los problemas del planeta culpabilizando al aumento de la población y proponer la reducción de la natalidad es un modo cobarde de no enfrentar el verdadero drama. Francisco denuncia con firmeza que se pretenda responsabilizar al número de habitantes en lugar de señalar directamente al consumismo extremo, selectivo y derrochador de una minoría privilegiada. La Tierra no sufre por un exceso de bocas que alimentar, sino por un modelo de distribución salvajemente desigual y antievangélico.

No nos engañemos: esta crisis no es un problema de espacio físico ni de falta de capacidad del planeta para sostener la vida humana, sino de un modelo económico perverso. El mundo produce hoy en día alimento más que suficiente para toda la humanidad y para las generaciones futuras; lo que falla de forma estrepitosa es un sistema financiero que especula con la comida en las bolsas de valores, que destruye cosechas enteras para sostener los precios en los mercados y que permite que toneladas de alimento terminen en los contenedores de basura mientras millones de personas pasan necesidad cotidiana. Asumir el discurso de que "sobramos personas" es la excusa perfecta y acomodada del privilegiado para no tener que compartir la mesa ni revisar su nivel de vida.

La protesta radical y la grieta de un sistema agotado

Frente a esta deriva anestesiada y a la inacción de los gobiernos, vemos surgir en los últimos tiempos a grupos de jóvenes y colectivos sociales con acciones de protesta que a menudo chocan con la opinión pública, incomodan las rutinas diarias o rozan el exceso estético. Es fácil tildarlos apresuradamente de radicales, rebeldes, irresponsables o incluso antisociales por las formas llamativas o disruptivas que emplean en sus intervenciones. Sin embargo, una cosa no quita la otra: más allá del acierto o el error en sus métodos o en sus estrategias de comunicación, la causa de fondo que denuncian es de una justicia inapelable. Están reclamando a gritos el derecho humano elemental a un planeta habitable y a un futuro donde el pan en la mesa no sea un privilegio de unos pocos. Están señalando con el dedo la casa que se quema mientras la mayoría de la sociedad prefiere seguir mirando hacia otra parte.

Estas sacudidas y tensiones sociales no son hechos aislados ni anécdotas callejeras; son los síntomas evidentes de una grieta tectónica en los cimientos de nuestra civilización. Ya lo vislumbramos con nitidez durante la crisis financiera global y lo sentimos en nuestras propias carnes con la parálisis de la pandemia: el fantasma de la caducidad del sistema vuelve a interrogar con fuerza a la historia humana. El modelo capitalista fosilizado, basado en la premisa absurda del crecimiento ilimitado en un planeta con recursos finitos, en la competición encarnizada de todos contra todos y en un estilo político del enfrentamiento constante —a ese tono bronco, destructivo, aislacionista e hiperindividualista al más puro estilo Trump— ha llevado al planeta y a la propia condición humana a su punto límite de resistencia. Ese modelo no solo destruye los ecosistemas naturales; destruye también el tejido social y espiritual, situándonos a todos en un escenario de suma cero donde el vecino deja de ser un hermano para convertirse en un rival peligroso por los recursos escasos.

La hora de una nueva revolución: de la competencia al apoyo mutuo

Llegados a este punto extremo de inflexión histórica, la escasez que asoma en el horizonte no debe ser motivo para el pánico paralizante ni para el cinismo del descarte, sino el catalizador indispensable para una llamada a una nueva revolución mundial. No estamos hablando de una revolución armada, violenta ni basada en el encono o la venganza, sino de una transformación radical, profunda y valiente de todas nuestras estructuras de convivencia, de producción, de consumo y de redistribución de la riqueza.

Esta nueva época que nos toca inaugurar exige, en primer lugar, desmontar definitivamente la mentira malthusiana de la sobrepoblación para reafirmar la dignidad sagrada e innegociable de toda vida humana, entendiendo que hay espacio, cobijo y pan para todos si aprendemos a vivir con sobriedad y frenamos la concentración desmedida y obscena de la riqueza en pocas manos. Para que esto sea posible, resulta urgente e inaplazable despojar al alimento, al agua y a la energía de su condición de mercancías especulativas en los mercados financieros internacionales, devolviéndoles su carácter sagrado de bienes comunes fundamentales al servicio directo de la vida y de las familias.

Asimismo, debemos abandonar definitivamente la lógica del aislamiento individualista y del "sálvese quien pueda" para volcar los esfuerzos en reconstruir redes locales y comunitarias basadas en el apoyo mutuo, aprendiendo de nuevo la sabiduría ancestral de compartir la mesa, organizar el trabajo colectivo, fortalecer los barrios y cuidarnos unos a otros en la proximidad frente a los tiempos de incertidumbre que se avecinan. Finalmente, todo este proceso requiere articular una política de la fraternidad genuina, capaz de superar el modelo del conflicto permanente, las trincheras ideológicas y la polarización tóxica, para edificar una gobernanza global centrada en la justicia redistributiva, la defensa de los más débiles, el bien común universal y una paz duradera con la creación.

La crisis que se avecina no es una hipótesis lejana para los libros de historia del futuro; nos va a tocar a todos nosotros, aquí y ahora, en nuestras vidas cotidianas y en nuestras comunidades. Está en nuestras manos y en nuestra conciencia decidir si este tiempo de prueba nos encontrará atrincherados en el egoísmo, el miedo y la tentación de pensar que algunos sobran, o si seremos capaces de parir, desde la fe, la justicia y el apoyo mutuo, un mundo mucho más humano, colaborativo y verdaderamente hermano.

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