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La física de las catástrofes y el ritual del chivo expiatorio

De astros, catástrofes y cabezas de turco: el vértigo de la complejidad frente al rédito político

La noche nos confunde

En la física clásica existe un dilema fascinante y desolador conocido como el problema de los n-cuerpos. Determinar el movimiento y la trayectoria futura de dos cuerpos celestes que se atraen mutuamente por la gravedad es relativamente sencillo: las ecuaciones de Kepler y Newton lo resuelven con elegancia. Sin embargo, en cuanto se añade un tercer astro —o n astros—, la matemática entra en un colapso de complejidad. Cada masa ejerce una atracción sobre las demás; cada movimiento altera el campo gravitatorio del vecino; cada causa es, al mismo tiempo, efecto de otra perturbación remota. El sistema se vuelve impredecible, no porque carezca de leyes, sino porque todo está entrelazado. La realidad astrofísica es una red incesante de interdependencias.

Nuestra vida social y política funciona de manera inquietantemente análoga. Sin embargo, nos cuesta horrores aceptarlo. En los últimos tiempos, asistimos con dolor al impacto desgarrador de grandes tragedias e incidentes en nuestro país: los descarrilamientos e incidentes en la red ferroviaria, el horror devastador de la DANA que anegó comarcas enteras, o la permanente vulnerabilidad de territorios clave como Ceuta, donde la realidad se complica al cruzarse el aislamiento geográfico, el desgaste de las infraestructuras, la presión sobre los servicios públicos y los complejos intereses y tensiones geopolíticas con nuestro vecino Marruecos... Cuando ocurre una catástrofe de estas magnitudes, la investigación rigurosa revela casi siempre la misma estructura que el problema de los n-cuerpos: una convergencia fatídica de múltiples variables.

En un accidente o en una crisis de estado nunca actúa un factor aislado. Coexisten avisos meteorológicos límite, protocolos de respuesta obsoletos o mal coordinados, decisiones políticas pospuestas durante años, infrafinanciación acumulada, fallos técnicos puntuales y, por supuesto, la ineludible fragilidad del error humano. A ello se suman, a menudo, oscuros intereses geopolíticos que actúan como una mano invisible detrás de determinados sucesos, sembrando dudas razonables sobre qué o quiénes mueven realmente los hilos en el tablero global. Todo se atrae, todo interactúa, todo se encadena hasta que el sistema quiebra.

La realidad, en su complejidad, es una urdimbre de causalidades compartidas. Pero la mente humana —y muy especialmente la lógica mediática y partidista— siente vértigo ante la complejidad. No sabemos habitar la incertidumbre ni asumir la responsabilidad sistémica. Por eso, ante el caos y la tragedia, activamos de inmediato un mecanismo ancestral mucho más antiguo que la física de Newton: la búsqueda del chivo expiatorio.

Ahí es donde entra en juego la maquinaria del rédito político, utilizado descaradamente tanto para acusar con ferocidad como para negar de plano cualquier negligencia. Ante cualquier hecho o noticia, la prioridad ya no es comprender lo sucedido ni reparar el daño, sino convertir la tragedia en munición ideológica. Se busca desesperadamente un cabeza de turco con un único objetivo real: aniquilar y eliminar al contrario político, usando la culpa ajena como escudo o como espada.

Todo se vuelve aún más sospechoso y perverso ante la coincidencia con las próximas e inmediatas citas electorales, donde cualquier desastre se instrumentaliza para hacer girar la balanza hacia un lado u otro. A veces pareciera que unos y otros esperan en la sombra a que ocurra una desgracia para señalar al "enemigo" —pues en eso se están convirtiendo los políticos tras la impresionante polarización a la que hemos llegado a nivel, no solo nacional, sino mundial— como el causante, dejando todo condimentado para que, especialmente la ultraderecha, dé un golpe en la mesa y anestesie las mentes colectivas haciéndoles ver que la solución pasa por la violencia y el excluyente "orden nacional", generador de odios y divisiones. Entiendo el enfado. Yo también estoy enfadado con muchas situaciones, no solo con estas señaladas aquí, pero no vendo mi alma al Diablo ni dejo de usar la razón y la fe en favor del Evangelio. A muchos —como decía Dinio— "la noche les confunde".

Necesitamos reducir la compleja ecuación de los n-cuerpos a un único factor explicativo. Queremos una cara, un nombre, una dimisión instantánea. Exigimos la cabeza del ministro, la dimisión del presidente de turno o el despido fulminante del técnico que apretó el último botón.

Es innegable que las responsabilidades políticas e individuales existen y deben asumirse con rigor y dignidad ética. Pero la sustitución del análisis profundo por el linchamiento ritual no busca resolver el problema, sino calmar nuestra angustia y alimentar la contienda partidista. El chivo expiatorio es un sedante social. Descargar toda la culpa sobre una persona nos da la falsa ilusión de que, una vez sacrificada la víctima propiciatoria en el altar del debate público, el orden ha sido restablecido y el peligro ha pasado.

Sin embargo, ese atajo moral es una trampa. Sacrificar a un cabeza de turco deja intacta la red de causas que provocaron el colapso. Si no revisamos la cultura del mantenimiento, la inversión estructural en todos los rincones del país —de Madrid a Ceuta—, la coordinación entre administraciones, la geopolítica que nos rodea, la ética de lo público y nuestro propio modelo de relación con el territorio, el sistema volverá a quebrarse. Cambiaremos las piezas del tablero, pero los astros seguirán colisionando.

Desde una mirada ético-espiritual, el evangelio y la filosofía crítica siempre nos han advertido contra este mecanismo del chivo expiatorio —tan brillantemente analizado por René Girard—. La violencia verbal y el señalamiento inquisitorial hacia un individuo no curan las heridas de las víctimas ni reparan los raíles rotos. Lo que cura es la verdad completa, la humildad institucional para reconocer las grietas del sistema y la valentía de asumir que habitamos un mundo donde la responsabilidad nos pertenece a todos en diferentes grados.

Mientras el ruido mediático exige sacrificios rápidos para pasar página o arañar unos votos, las víctimas de las catástrofes —las de la DANA, las del tren, las de las fronteras y los olvidos territoriales— no piden venganza ni cálculos electorales, sino justicia, verdad y la garantía real de que no volverá a ocurrir. Aceptar que todo está interconectado no es una excusa para la impunidad, sino una llamada a la responsabilidad compartida y a la compasión. Porque solo cuando dejamos de buscar un culpable para empezar a cuidar el sistema completo, descubrimos que, al igual que los astros en el cosmos, la única fuerza capaz de mantenernos unidos y a salvo en medio de la tormenta no es la rabia ni el partidismo, sino la urdimbre del cuidado mutuo.

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