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El «fusil y la Biblia» del nuevo presidente de Colombia: Del ateísmo a la instrumentalización política de la fe

Análisis teológico y político sobre la conversión personal del mandatario electo, su giro al cristianismo de derechas y la sustitución de la paz por el fundamentalismo militarista

Quién es el nuevo presidente de Colombia. Instagram | @juanelman en Demasiada Presión

El mapa político de la región se sacude tras la llegada al poder del nuevo presidente de Colombia. Su triunfo no solo reconfigura las dinámicas del poder en Sudamérica, sino que reabre un debate ético y teológico urgente: la instrumentalización del Evangelio al servicio de proyectos autoritarios. Durante la contienda electoral, el mandatario electo convirtió en sello de su discurso una consigna tan inquietante como explícita: la promesa de gobernar con «la Biblia en una mano y el fusil en la otra», renunciando a la llamada «ideología de género» para «hacer que la nación vuelva a Dios» y colocar la fe divina en el centro de cada decisión ejecutiva.

Para comprender el alcance de este fenómeno, resulta indispensable analizar la singular trayectoria espiritual del mandatario y el trasfondo confesional de su propuesta gubernamental.

De la increencia a la fe: El giro personal y la búsqueda de identidad teológica

El perfil del nuevo presidente presenta un matiz de enorme relevancia: durante gran parte de su vida se definió abiertamente como ateo. Sin embargo, un quiebre personal de origen familiar redefinió su postura, impulsándolo hacia una experiencia de fe que alteraría radicalmente su visión del mundo y de la política.

No obstante, en el terreno teológico, su profesión de fe plantea interrogantes fundamentales:

¿A qué Dios apela su discurso? Aunque se identifica con el cristianismo en términos amplios, su fe no parece adscribirse a la dogmática ni a la tradición viva de una confesión específica —como el catolicismo o el protestantismo histórico—.

Un cristianismo a la carta: Se trata de una vivencia espiritual utilitaria y desasociada del rigor de la tradición de las Iglesias. Su teología no nace del discipulado evangélico ni del diálogo ecuménico, sino de una aprehensión individual donde Dios es instrumentalizado como garantía de orden, autoridad e impunidad moral.

El viraje al cristianismo de derechas: De la experiencia privada a la cruzada pública

El problema ético no radica en la conversión personal de un ciudadano, sino en la metamorfosis de esa experiencia privada en un programa político de extremismo confesional. El mandatario ha adoptado el esquema propio del neofundamentalismo de derechas: la sustitución del debate laico y social por una contienda de carácter espiritual.

Al pretender situar a Dios en el centro de las decisiones del poder ejecutivo:

Se absolutiza el poder político: El debate ciudadano queda cancelado. Si las decisiones del Estado se presentan como decisiones «tomadas con Dios», cualquier oposición democrática o fiscalización institucional es calificada automáticamente como una ofensa divina.

Se vulnera el Estado laico: El principio republicano de laicidad garantiza la libertad religiosa de todas las personas. Imponer una visión particular del cristianismo desde la jefatura del Estado destruye el pluralismo y la paz social.

El sacrilegio del «fusil y la Biblia»

Empuñar las Sagradas Escrituras en una mano mientras la otra sostiene un fusil constituye una contradicción teológica insostenible. El Dios de Jesucristo se caracteriza por el rechazo absoluto a la violencia de las armas y a la coacción militar o estatal.

Cuando el Evangelio narra la detención de Jesús y la reacción violenta en el Huerto de Getsemaní, su respuesta fue contundente: «Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán» (Mateo 26, 52). Unir la Biblia —cuyo centro insustituible es el amor al enemigo, el perdón y la opción por los desfavorecidos— con la amenaza de las armas no es devoción; es una profanación ideológica que degrada el Evangelio a un instrumento de represión y control social.

La trampa del «enemigo interno» y la coartada anti-género

El discurso que apela al fusil y las Escrituras requiere de un chivo expiatorio para canalizar los miedos colectivos y cohesionar a su base electoral. La promesa de erradicar la «ideología de género» para «volver a Dios» funciona como un dispositivo ideológico para legitimar el retroceso en derechos humanos y la persecución de minorías y sectores diversos.

Frente a esta manipulación, la auténtica coherencia bíblica desmonta cualquier intento de exclusión al recordar que el núcleo del ministerio de Jesús consistió precisamente en colocar la dignidad humana en el centro, acogiendo de forma prioritaria a quienes la ortodoxia religiosa de su época marginaba; asimismo, el mandato supremo del amor expresado en las Escrituras sentencia con absoluta claridad que «el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?» (1 Juan 4, 20), por lo que pretender un presunto «retorno a Dios» mediante el recorte de derechos y la estigmatización del prójimo termina por destruir la esencia misma del mensaje cristiano.

Desarmar la fe para construir la paz

La llegada al poder del nuevo presidente de Colombia bajo esta plataforma exige un discernimiento profético riguroso. El verdadero retorno a los valores evangélicos en la esfera pública no se proclama blandiendo fusiles, imponiendo dogmas ni utilizando la conversión personal como bandera de coerción. Se manifiesta en la edificación de una sociedad justa, el fin de la pobreza, la consolidación de la paz y el respeto incondicional a la dignidad de cada persona.

Dios no habita en las trincheras del militarismo ni en las consignas de la coerción; Dios se manifiesta en la justicia social, la reconciliación y la defensa irrestricta de la vida.

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