Cuando el fútbol nos une… y la vivienda nos divide
¿Por qué no salimos también a las calles para defender derechos que afectan a todos?
Estamos en pleno Mundial de fútbol; una época en la que los balcones se tiñen de banderas y el ambiente en las calles se enciende por completo. Coincidiendo con la llegada del verano, las terrazas de los bares y restaurantes rebosan vida. Sin embargo, hoy quiero hablarles desde una perspectiva mucho más cercana. Y es que, a nivel local, el reciente ascenso del Málaga CF ha vuelto a inundar nuestras calles de una alegría colectiva desbordante.
Lo ha hecho, además, con una fuerza que merece ser reconocida: hubo emoción a flor de piel, orgullo recuperado, abrazos espontáneos entre desconocidos, cánticos que resonaban en cada rincón y una ciudad entera sintiéndose, al fin, parte de algo común. Yo también lo viví con esa misma intensidad. Seguí de cerca cada partido, sufrí en los momentos críticos, celebré con el alma cada gol y, como buen malaguista, me alegré profunda y sinceramente con el desenlace. En esa alegría compartida encontré algo hermoso, casi reparador: un recordatorio de lo que nos une en tiempos en los que tantas cosas se empeñan en separarnos.
Pero precisamente por eso surge una pregunta incómoda: ¿por qué esa misma energía no aparece cuando se trata de defender derechos que afectan directamente a la vida cotidiana de miles de personas? ¿Por qué no vemos esa movilización cuando hablamos del precio imposible de la vivienda, de los alquileres desorbitados o de unas hipotecas que asfixian a tantas familias?
La comparación no pretende deslegitimar el fútbol. Al contrario: el deporte tiene un valor social profundo. Crea identidad, pertenencia, memoria común. En un mundo fragmentado, ofrece algo cada vez más raro: un nosotros. Y quizá por eso conmueve tanto. El problema no es que el fútbol despierte pasión, sino que esa pasión se active con tanta facilidad para lo simbólico y con tanta dificultad para lo verdaderamente vital.
Los datos ayudan a entender la gravedad del asunto. En España, el precio de la vivienda ha subido con fuerza en los últimos años, y el alquiler se ha convertido en una de las mayores fuentes de angustia social, especialmente entre los jóvenes y las familias de rentas medias y bajas. En Málaga, la situación es especialmente dura: la presión turística, la escasez de oferta asequible y la subida continua de precios han convertido el acceso a la vivienda en una auténtica carrera de obstáculos. Para muchos, emanciparse ya no es un proyecto; es casi una quimera.
Y no hablamos de una incomodidad menor. Hablamos de una cuestión de justicia social. Hablamos de personas que destinan una parte desproporcionada de su salario al alquiler, de jóvenes que no pueden formar un hogar, de trabajadores que viven con la espada en alto, de familias que sienten que cada renovación de contrato puede convertirse en una amenaza. Eso también es vida colectiva. Pero no suele generar la misma euforia que un ascenso deportivo.
Aquí aparece una paradoja que merece ser pensada. Celebrar es fácil; organizar una protesta exige más. Implica tiempo, constancia, deliberación, incluso conflicto. El fútbol nos permite vivir la emoción sin demasiadas consecuencias. La vivienda, en cambio, nos obliga a mirar de frente una realidad que interpela intereses, modelos económicos y prioridades políticas. Por eso moviliza menos. No porque duela menos, sino porque exige más.
Albert Camus, que fue un gran amante del fútbol, decía que en el campo había aprendido todo lo que sabía sobre la moral y las obligaciones humanas. La frase es hermosa porque recuerda algo esencial: incluso en el deporte hay una escuela de vida. Pero también podríamos darle la vuelta: a veces el deporte funciona como una forma de canalizar energías que luego no encuentran salida en los ámbitos donde de verdad se juega la dignidad.
Byung-Chul Han hablaría aquí de una sociedad cansada, donde la emoción se consume rápido y el compromiso sostenido se vuelve cada vez más raro. Nos emocionamos mucho, pero nos organizamos poco. Nos movilizamos con facilidad para la victoria visible, pero nos cuesta mucho más sostener una indignación que no tenga premio inmediato. Y, sin embargo, sin esa constancia no hay transformación posible.
Desde una perspectiva cristiana, la cuestión es todavía más exigente. El Evangelio no se sitúa en la lógica del espectáculo, sino en la de la compasión activa. Jesús no convoca multitudes para celebrar triunfos, sino para sanar heridas, denunciar injusticias y poner en el centro a quienes suelen quedar fuera. Su mirada no se deja arrastrar por lo espectacular, sino por lo humano.
“Donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Mt 6,21). Quizá esta frase pueda leerse hoy también en clave social: ¿qué cosas nos movilizan de verdad? ¿Qué nos hace salir de nosotros mismos? ¿Qué sufrimiento nos duele lo suficiente como para pasar de la emoción al compromiso?
No se trata de oponer fútbol y justicia social como si fueran incompatibles. Se trata de preguntarnos por el desequilibrio. Por qué somos capaces de una pasión desbordante por lo simbólico y, sin embargo, nos mostramos mucho más tibios ante lo que afecta a la dignidad concreta de las personas.
Quizá el problema no sea que sintamos demasiado por el fútbol. Quizá el problema sea que sentimos demasiado poco por el sufrimiento cotidiano que nos rodea. O quizá hemos aprendido a canalizar nuestras emociones hacia espacios donde no nos jugamos nada, dejando en penumbra aquellos donde sí se decide la calidad humana de una sociedad.
El ascenso del Málaga ha sido una fiesta, y está bien que lo sea. Yo también lo celebré. Pero tal vez esa misma capacidad de encuentro, de calle, de comunidad y de entusiasmo podría convertirse también en una fuerza cívica y moral. Porque una sociedad que sabe celebrar unida también debería saber indignarse unida. Y quizá entonces, además de ascensos deportivos, empezaríamos a ver ascensos en dignidad, en justicia y en humanidad.
A este respecto no puedo dejar de acordarme de una frase que el bueno de Adolfo Chércoles decía en una entrevista de la Hoja Diócesis de Málaga. Allí más o menos afirmaba que en este mundo tan populista sigue habiendo muchos indignados, pero muy pocos arremangados…