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León XIV no habla para las próximas elecciones; habla para las próximas generaciones

León XIV y la Iglesia: el faro involuntario al que todos, tarde o temprano, terminan mirando

Una paradoja vestida de blanco

Vivimos en un mundo que sufre de vértigo crónico. Si uno se asoma a la ventana de la geopolítica actual, lo que encuentra no es un tablero de ajedrez ordenado, sino una tormenta de ruido, algoritmos y liderazgos de usar y tirar. Falta peso político, desde luego, pero sobre todo falta algo más profundo y escaso: referentes morales. En un escenario internacional sediento de verdad, donde los discursos se miden en clics y las promesas caducan en el próximo tuit, la intemperie ética es total.

Y es precisamente ahí, en medio de ese desierto de autoridad moral, donde la figura de León XIV ha comenzado a cobrar un auge que pocos anticiparon, convirtiéndose en el faro involuntario al que todos, tarde o temprano, terminan mirando.

Una paradoja vestida de blanco

Resulta curioso, casi contracultural. Si analizamos a la Iglesia católica con las lentes del puro pragmatismo humano, las cuentas no cuadran. Es una institución milenaria que arrastra sus propias heridas, incoherencias y flagrantes contradicciones; una barca que a menudo navega con el agua al cuello, lidiando con sus propias tormentas internas. Y, sin embargo, despojada de ejércitos y de poder financiero real, la Iglesia sigue emergiendo como un referente indiscutible para la paz, la armonía y la justicia social. ¿Por qué? Quizás porque, mientras los estados defienden fronteras e intereses electorales a corto plazo, el Papa habla un idioma que ya casi nadie domina: el de la dignidad humana incondicional. León XIV no habla para las próximas elecciones; habla para las próximas generaciones.

La Iglesia, a pesar de sus propias contradicciones, sigue custodiando una verdad incómoda para el poder: que la paz no es la ausencia de guerra, sino la presencia de la justicia.

La carrera por la traducción interesada

Este magnetismo moral ha generado un fenómeno tan viejo como el propio Vaticano, pero agudizado por la urgencia política actual. Hoy, todos miran a Roma, pero no siempre para escuchar, sino para instrumentalizar.

Asistimos a una suerte de "carrera de traductores". Líderes de todo signo político, corporaciones y estrategas de comunicación se apresuran a desmenuzar cada encíclica, cada homilía y cada gesto del Pontífice. El objetivo real rara vez es la conversión del corazón o la autocrítica; lo que buscan es sacar rédito político.

Los de un extremo recortan sus palabras sobre la justicia social y el cuidado de los descartados para usarlas como ariete ideológico contra sus adversarios.

Los del otro aíslan sus defensas de la vida y la tradición para legitimarse ante sus bases más conservadoras.

Todos quieren selfis en el Vaticano. Todos buscan que el discurso de la Iglesia parezca el prólogo de sus propios programas electorales. Es el tributo que el cinismo político le paga a la autenticidad moral.

Del aplauso a la descalificación: el recurso del "buenismo utópico"

Pero esta operación de saqueo político tiene una segunda parte, mucho más perversa. Cuando el discurso de la Iglesia —encarnada ayer en el magisterio del ya fallecido Francisco (Bergoglio) y hoy en la línea de León XIV y el cardenal Prevost— no va en consonancia con las políticas ejercidas por el partido o el gobierno de turno, el idilio se rompe inmediatamente. El aplauso interesado se transforma, de la noche a la mañana, en un intento de demolición.

Aparece entonces la maquinaria de la descalificación. Cuando el Papa denuncia la venta de armas, la crueldad de los muros fronterizos o la tiranía del mercado financiero, los poderosos del mundo cambian el paso. Ya no es el líder sabio, sino el líder "iluso", el "utópico", el dirigente alejado de la realidad y falto de sentido común...

Lo vimos en su día con Donald Trump, quien no dudó en tildar de vergonzoso que un líder religioso cuestionara su fe por querer levantar muros en la frontera con México, despachando el mensaje evangélico de acogida como una ingenuidad políticamente peligrosa. Y lo vemos también en latitudes más cercanas, con esa misma estrategia que utilizó Santiago Abascal en España. El líder de Vox, desmarcándose de la doctrina eclesial cuando esta chocaba con su agenda sobre migración, optó en su momento por rebajar la dignidad pontificia refiriéndose despectivamente al entonces Papa como el "ciudadano Bergoglio".

Esa fijación, lejos de desaparecer, se actualiza hoy con nuevos objetivos. El propio Abascal no ha dudado en soltar sus particulares "píldorazos" mediáticos, mostrando una calculada extrañeza y malestar por la forma en que León XIV respalda, de algún modo, ciertas políticas del Gobierno de Pedro Sánchez. Para una derecha hiperbólica que ha bautizado despectivamente al presidente como "Perro Sánchez", resulta intolerable que la Iglesia tienda puentes institucionales en lugar de sumarse a la trinchera del derribo político. Al final, la táctica es idéntica: si el pastor no embiste al enemigo político que yo decido, el pastor pasa a ser sospechoso, cómplice o ingenuo. La política busca nivelar el terreno para que las verdades incómodas del Evangelio puedan ser esquivadas sin remordimientos.

Mirar al referente, no al espejo

El peligro de este asedio al pensamiento de León XIV es que terminemos desvirtuando su verdadera función. Sus palabras no están diseñadas para ser el analgésico de ninguna facción política, sino el revulsivo de todas.

Cuando el mundo mira a León XIV porque no encuentra en quién creer, no busca a un líder político global, sino a un padre y a un pastor que recuerde que el ser humano es sagrado. Que la economía debe servir a la persona y no al revés. Que la paz se construye con el desarme y el diálogo, no con la amenaza constante.

Ojalá que, en lugar de intentar traducir al Papa para que coincida con nuestros propios intereses —o insultarlo y fiscalizar a sus cardenales cuando nos ponen el espejo delante—tengamos la honestidad de dejarnos interpelar por su mensaje. Al fin y al cabo, un referente moral no es aquel que nos da la razón, sino aquel que nos recuerda quiénes debemos ser cuando la hemos perdido.

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