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Los líderes de la “Ratio Studiorum”: Cuando el humanismo jesuita topa con el misterio de la libertad

Un análisis sobre cómo la excelencia académica y el humanismo cristiano de la Compañía de Jesús confrontan el misterio de la libertad humana y el poder en los grandes líderes

SAN IGNACIO preocupado

En un escenario global herido por la polarización y la crisis de valores, la espiritualidad ignaciana emerge como un modelo educativo de enorme vigencia. Frente a los dogmatismos que asfixian y las ideologías que imponen moldes idénticos, el carisma de San Ignacio de Loyola no busca adoctrinar; busca, por encima de todo, ofrecer y acompañar. Su pedagogía parte de una premisa profundamente evangélica y audaz: respetar la libertad absoluta del ser humano para que, tras un discernimiento honesto, cada cual elija su actitud ante la vida. Es una educación para la libertad, no para la sumisión.

Sin embargo, esta bendita intrepidez pedagógica nos confronta a veces con paradojas incómodas cuando observamos el mapa del poder mundial. Las aulas de las instituciones de la Compañía de Jesús han albergado a mentes que luego han regido los destinos de la historia contemporánea, pero con resultados éticos y morales tan dispares que nos obligan a una profunda reflexión.

Un mismo carisma, respuestas divergentes

Miremos, por ejemplo, el tablero de la política estadounidense. Por las aulas de la Universidad de Fordham (Nueva York) pasó, cursando sus dos primeros años de estudios universitarios de pregrado en Administración de Empresas entre 1964 y 1966, Donald Trump. El resultado final de su trayectoria —marcada por un lenguaje de confrontación y una calculada alianza con los sectores evangélicos más agresivos del ala derechista norteamericana— parece situarse en las antípodas de la justicia social católica y del mensaje evangélico de acogida al desvalido.

En esa misma órbita formativa estadounidense, pero con una respuesta vital completamente distinta, encontramos a Joe Biden —marcado por su arraigo en la comunidad parroquial de la Iglesia de la Santísima Trinidad de Georgetown— y, muy especialmente, a Bill Clinton, graduado en Ciencias del Servicio Exterior por la Universidad de Georgetown (Washington D.C.) en 1968. Con Clinton topamos con otra arista de la condición humana. Su biografía política y personal, salpicada por conocidos escándalos éticos, no se debió tanto a una propuesta ideológica desprovista de empatía social, sino a esa vieja máxima teológica de que la carne es débil. En Clinton la quiebra de esa supuesta brújula moral jesuita fue más sutil: se disfrazó de debilidad humana y contradicción política, demostrando que, al final, el pragmatismo del Despacho Oval termina devorando cualquier principio.

Cruzando el Atlántico, la impronta de la misma institución de Washington alcanzó a la jefatura de Estado de nuestro propio país. El rey Felipe VI cursó en la prestigiosa Edmund A. Walsh School of Foreign Service de la Universidad de Georgetown su Máster en Relaciones Internacionales entre 1993 y 1995. El monarca español encarna una vertiente volcada en la diplomacia, el equilibrio institucional y el respeto escrupuloso a las reglas del juego democrático, traduciendo la visión global del servicio público aprendida allí al rol constitucional de la Corona.

El misterio de la resonancia interior

Si ampliamos el foco histórico, la variedad de caminos que se abren tras pisar las aulas ignacianas se vuelve todavía más fascinante. Pensemos en una figura de la dimensión de Fidel Castro, quien completó su educación secundaria y obtuvo el título de Bachiller en Letras en 1945 en el célebre Colegio de Belén en La Habana, regentado por los jesuitas. En lugar de juzgar los avatares de la historia, este ejemplo nos invita a asomarnos al misterio de cómo el mensaje ignaciano reverbera en cada alma de un modo irrepetible. La disciplina intelectual y la honda formación recibidas en la juventud florecen en cada persona a través de un diálogo único, íntimo e intransferible entre la criatura y su Creador, dando lugar a opciones de vida que escapan a nuestros propios esquemas y previsiones pedagógicas.

En otra orilla de la responsabilidad pública encontramos a figuras como el economista Mario Draghi, expresidente del Banco Central Europeo y ex primer ministro de Italia. Draghi cursó toda su educación básica y secundaria en el prestigioso Instituto Massimiliano Massimo de Roma, donde obtuvo su Maturità Classica en 1965. El propio Draghi ha reconocido abiertamente cómo el rigor intelectual, las jornadas de voluntariado en los hospitales de la periferia romana y la llamada al servicio público de sus maestros jesuitas configuraron su manera de entender la economía: no como un frío fin en sí mismo, sino como una herramienta para salvaguardar el bienestar común.

Incluso en el ámbito de la cultura, esa misma libertad dio frutos tan luminosos y profundamente espirituales como los de Antoine de Saint-Exupéry. El autor de El Principito estudió su educación secundaria formal como interno en el colegio jesuita Notre-Dame de Mongré, en Francia, donde precisamente sus profesores premiaron sus primeros escritos de juventud. Su obra posterior es un canto eterno e impregnado de trascendencia hacia la responsabilidad con el otro, la búsqueda interior y la fraternidad universal.

Más allá de las notas: el reto del humanismo cristiano

Al contemplar este abanico de líderes y creadores, la pregunta aflora con una punzada inevitable: ¿Qué pasa en el acompañamiento de estos alumnos cuando sus vidas toman rumbos tan dispares?

Cuando ocurre un crimen de violencia de género, la conclusión social es unánime y dolorosa: el sistema de protección que debía blindar a la víctima ha fallado. Por extensión, ante los desvíos morales de ciertos alumnos célebres, cabe hacerse la misma pregunta incómoda sobre las instituciones que los formaron: ¿ha fracasado la raíz de la pedagogía jesuita, o estamos ante el resultado inevitable de un sistema que, al educar en la libertad personal, asume el riesgo de que el individuo elija el camino equivocado?

Sin embargo, plantearlo así sería obviar la verdadera naturaleza de estos centros. En los colegios y universidades jesuitas no solo se intenta transmitir una excelencia académica rigurosa; esto es algo obvio, un sello de calidad que nadie discute a nivel internacional. El verdadero empeño de su propuesta va mucho más allá de los expedientes brillantes: radica en intentar contagiar los valores de un humanismo profundo y un compromiso cristiano innegociable con la justicia. Se busca formar la mente, sí, pero para transformar el corazón; orientar el talento técnico hacia el servicio de los más vulnerables.

Por eso, cuando un alumno saborea esa propuesta y acaba instalándose en la orilla del individualismo descarnado o de la hostilidad social, el desgarro institucional es mayor. Pero este "fallo" aparente no es del método, sino el reflejo de la misteriosa y a veces trágica soberanía de la voluntad humana.

RATIO STUDIORUM

El riesgo de educar para la libertad

Desde la publicación de la Ratio Studiorum en 1599, la pedagogía jesuita se estructuró no como un manual de adiestramiento conductual, sino como una arquitectura para encender el pensamiento crítico a través de la experiencia, la reflexión y la acción. San Ignacio de Loyola insiste en los Ejercicios Espirituales en que el Creador actúa directamente con su criatura. El educador es solo un facilitador, un compañero de camino que presenta opciones, despierta la conciencia crítica y ofrece las razones de ese humanismo cristiano. Pero el último paso, la elección final, pertenece al sagrario inviolable de la conciencia humana. La Ratio educa la mente y propone el Evangelio, pero respeta escrupulosamente el misterio del libre albedrío.

La espiritualidad ofrece las herramientas para "en todo amar y servir", pero el individuo conserva la inquietante potestad de utilizarlas para "en todo competir y vencer". El acompañamiento puede ser impecable, la semilla del compromiso cristiano puede ser sembrada con mimo, pero el caminante sigue siendo soberano para elegir el desierto o la tierra prometida.

Esto no exime a las instituciones católicas de un examen de conciencia constructivo frente a un entorno global hipercompetitivo que premia el éxito insolidario. El reto de la educación jesuita actual no es medir su prestigio basándose en el número de presidentes, monarcas, magnates o famosos que pueblan sus anuarios. El verdadero éxito se mide en su capacidad de seguir suscitando, contra viento y marea, "hombres y mujeres para los demás".

La espiritualidad que no adoctrina es digna de admiración y agradecimiento. Pero nos exige la madurez de aceptar que, en el gimnasio de la libertad que propician las aulas ignacianas, algunos decidirán entrenar el músculo del ego, otros el del servicio y otros caerán presos de sus propias flaquezas. Que las contradicciones de los alumnos no nos hagan renunciar al arte del acompañamiento; al contrario, que nos urja a seguir vaciándonos de recetas hechas para seguir encendiendo conciencias capaces de reconciliar un mundo fracturado desde la justicia y la compasión.

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