Pecado, Egoísmo, Geopolítica, Babel, Edén, Trump, Exclusión
De la manzana al misil: La torre Trump de Babel
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Hay una línea roja, fina y sangrienta, que une el jardín del Edén con los informativos de las nueve de la noche. A veces leemos el Génesis como un cuento de niños sobre serpientes y ladrillos, pero si rascamos un poco la superficie, lo que encontramos es una autopsia brutalmente honesta de nuestra propia incapacidad para vivir juntos. Es la genealogía de un fracaso que hoy llamamos "geopolítica".
Todo empieza con un "yo". Ese Adán y esa Eva que no son otros que nosotros mismos frente al espejo, convencidos de que podemos editar la realidad a nuestro antojo. El pecado original no fue el hambre, fue la soberbia de la autonomía absoluta: "yo decido qué es lo bueno y qué es lo malo". Y claro, cuando yo soy mi propio dios, el que tengo al lado deja de ser un compañero para convertirse en un límite (en su sentido más negativo).
La escalada del desprecio
De ese yo contra Dios, pasamos casi sin respirar al yo contra el otro. El drama de Caín y Abel no es una pelea de sectores; es la invención de la frontera. Caín mata porque no soporta la existencia de una diferencia que no puede controlar. Es el origen del enfrentamiento del todos contra todos: si tu luz me molesta, apago tu vida.
Pero la historia no se detiene en el fratricidio doméstico. El ser humano, en su huida hacia adelante, decidió colectivizar su ego. Y así llegamos a la llanura de Senaar, a la Torre de Babel.
La ciudad de los "elegidos" y el idioma del poder
El Génesis nos dice que aquellos hombres no solo querían una torre; querían construir una ciudad, hacerse famosos y hablar "un mismo idioma". No era el idioma del amor, sino el de la uniformidad técnica: "Hagámonos un nombre para no dispersarnos". Querían un búnker de autosuficiencia donde Dios no fuera necesario porque el éxito, la técnica y el cemento lo llenarían todo.
Esa ambición resuena hoy con una fuerza estremecedora en los nuevos intentos de reordenar el mundo. Lo vemos en esa diplomacia de "hombres fuertes", personificada en figuras como Donald Trump, que sueñan con reunir a un club exclusivo de naciones para decidir el destino del planeta. Es la Babel moderna: un intento de que el mundo entero hable un solo idioma: el del dinero, el poder, la exclusividad y la exclusión.
Es la paz de los negocios, una paz que no nace de la justicia social o del entendimiento entre diferentes, sino de la imposición de una lengua única —el interés económico y el narcisismo nacionalista— donde el que no tiene "moneda de cambio" o no comparte la visión del líder, simplemente queda fuera de la ciudad. Es el intento de asaltar el cielo de la estabilidad mundial expulsando a los "impuros" o a los que no producen.
La confusión como destino
El fruto de esa escalada —de Adán a Babel— es la confusión. No es que Dios nos "volviera locos" dándonos idiomas distintos; es que cuando todos queremos ser el centro del universo y hablar solo el idioma de nuestro propio beneficio, el entendimiento se vuelve imposible.
En esta Babel contemporánea, el ladrillo vuelve a valer más que el albañil. Se decía en Babel que, si un hombre caía de la torre, no importaba, pero si caía un ladrillo, lloraban. Hoy, las lenguas confundidas son los discursos de odio, las noticias falsas y una incapacidad patológica de ver al enemigo como un ser humano. Hemos construido una torre de tecnología increíble, pero nos hemos quedado sin palabras para decir "te necesito" o "eres mi hermano".
Las guerras que hoy nos aterran, las amenazas nucleares y el ruido de sables en las fronteras de los aranceles son la última planta de esa torre que nunca terminamos de construir. La trampa sigue siendo la misma: creer que para ser grandes tenemos que ser dioses, y que para estar seguros tenemos que levantar muros que toquen el cielo. Quizá el secreto no sea subir más alto en la jerarquía del poder, sino bajar de la torre, soltar el ladrillo del ego y volver a aprender el idioma de la vulnerabilidad. Porque, al final, o aprendemos a hablar el lenguaje de la fraternidad, o seguiremos enterrados bajo los escombros de nuestro propio orgullo.
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