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Réplicas en el Terremoto de Venezuela: ¿Solidaridad evangélica o geopolítica de la limosna?

Ayuda terremoto Venezuela

El pasado 24 de junio, la tierra rugió con una crueldad inusitada en el norte de Venezuela. Un histórico y devastador "doblete sísmico" de magnitudes 7,2 y 7,5 redujo a escombros la frágil realidad de un país entero. Las cifras que manejamos en este mes de julio hielan la sangre: los balances oficiales rozan ya las 4.000 víctimas fatales, los heridos superan los 16.000 y decenas de miles de personas permanecen desaparecidas. El colapso del puente de Caraballeda o el trágico desplome del hospital infantil en Catia La Mar, donde dieciséis niños perdieron la vida, son heridas abiertas en el alma de un pueblo hermano.

A los venezolanos les ha sobrevenido el zarpazo implacable de la naturaleza justo cuando cargaban a cuestas un extenuante "terremoto político y económico" marcado por la hiperinflación, el éxodo masivo de millones de sus hijos y la precariedad de su día a día. Es una cruz sobre otra cruz; el misterio del sufrimiento inocente golpeando con saña a los mismos de siempre. En medio de esta ruina, Estados Unidos ha desplegado una respuesta humanitaria valorada en más de 380 millones de dólares, enviando rescatistas, insumos y conectividad satelital. Como cristianos, cualquier mano que salve una vida merece gratitud.

Sin embargo, al publicar estas reflexiones, sé muy bien qué argumentos me van a replicar quienes defienden a ultranza la política de Washington o culpan exclusivamente al gobierno de Caracas. Conviene poner esas réplicas sobre la mesa con toda su fuerza para desmontarlas, no con ideología barata, sino con el rigor de los hechos y la radicalidad del Evangelio.

Primera réplica: "La culpa no es de las sanciones, sino de la mala gestión interna"

Habrá quien me diga: "Jesús, el colapso de los hospitales y de la red eléctrica en Venezuela comenzó mucho antes de las sanciones de 2019 debido a la corrupción; las sanciones solo afectan a las élites".

Desmontando el argumento: Es innegable que la corrupción y la pésima gestión interna debilitaron las estructuras del país. Negar eso sería faltar a la verdad. Pero usar los errores del gobierno de Caracas para justificar el castigo colectivo a todo un pueblo es una tremenda inmoralidad. Las sanciones petroleras aplicadas por EE. UU. amputaron la principal fuente de ingresos del Estado. Una cosa es lanzar proclamas contra funcionarios y otra muy distinta es asfixiar la economía de una nación entera, impidiéndole comprar piezas de repuesto para sus plantas eléctricas, reactivos para sus hospitales o maquinaria pesada de rescate. La ineficiencia interna no exime de culpa a quien, desde fuera, decide apretar la soga en el cuello del ahorcado.

Segunda réplica: "El petróleo no se le roba a Venezuela, se le protege de la corrupción"

Otros argumentarán: "Esos activos extranjeros o los fondos congelados no están robados; están protegidos para evitar que el gobierno los desvíe. La ayuda de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional sí llega directo a la gente sin intermediarios".

Desmontando el argumento: Desde una perspectiva evangélica de justicia, la soberanía y los recursos pertenecen a los pueblos, no a las administraciones de turno ni a potencias extranjeras que se autoproclaman tutores legales de la riqueza ajena. Retener miles de millones de dólares que legítimamente genera el suelo venezolano y, a cambio, devolver el equivalente a una ínfima fracción de esa riqueza en forma de ayuda humanitaria no es protección: es despojo disfrazado de beneficencia. La verdadera compasión cristiana no consiste en administrarle la billetera al vecino necesitado mientras se le condena a la mendicidad, sino en devolverle lo que es suyo para que camine por sus propios pies.

Tercera réplica: "Es una falsa equivalencia moral atacar al país que está ayudando en la tragedia"

Se me acusará también de desviar la atención: "Mientras otros aliados solo mandan condolencias, EE. UU. está en el terreno rescatando gente de los escombros en La Guaira. Criticarlo ahora es injusto e ideológico".

Desmontando el argumento: El Evangelio de Jesús nunca se quedó en la superficie del asistencialismo. Jesús curaba al ciego, pero también denunciaba las estructuras que producían la ceguera y la exclusión social de su tiempo. Agradecemos profundamente cada vida que los rescatistas estadounidenses salvan en las ruinas de Altamira o Los Palos Grandes; sus trabajadores humanitarios reflejan el rostro del Buen Samaritano. Pero los líderes políticos que envían esos aviones no pueden pretender limpiar su conciencia internacional con la mano izquierda mientras con la derecha mantienen firmado el decreto del bloqueo. No es una falsa equivalencia; es la exigencia profética de coherencia. No se puede jugar a ser el médico y el causante de la vulnerabilidad al mismo tiempo.

Cuarta réplica: "La teología y la justicia estructural no salvan vidas hoy bajo las piedras"

Por último, el pragmatismo más frío me replicará: "Al damnificado que duerme a la intemperie en los refugios no le importa la geopolítica, le importa la comida y la carpa que hoy le da EE. UU. Tu ideología no alimenta a nadie".

Desmontando el argumento: Precisamente porque nos importan las vidas que hoy corren peligro, exigimos soluciones estructurales y no pañitos de agua tibia. Una carpa alivia el frío de esta noche, pero no reconstruye un país. Si a los analistas pragmáticos les importara de verdad el sufrimiento del pueblo venezolano, exigirían junto a nosotros el levantamiento inmediato e incondicional de las sanciones económicas en este contexto de catástrofe. Permitir que Venezuela comercialice su petróleo libremente en este momento generaría los recursos estructurales necesarios para levantar de verdad los hospitales destruidos y devolver casas dignas a las miles de familias damnificadas.

Movernos en este terreno nos confronta inevitablemente con dilemas éticos y teológicos muy profundos. Sé que muchos se preguntarán si exigir el fin del bloqueo no implica, bajo la lógica del mal menor, arriesgarse a fortalecer políticamente a un sistema interno cuestionable. Es el eterno conflicto entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. Sin embargo, no podemos caer en la trampa de instrumentalizar la fe de manera selectiva, alzando la voz solo ante las injusticias internas mientras callamos ante los abusos imperiales que estrangulan a los inocentes.

Tampoco podemos engañarnos creyendo en el mito de una ayuda humanitaria neutra y puramente técnica; toda asistencia internacional es un ejercicio de poder y de relaciones públicas, donde decidir qué se entrega, cómo se distribuye y qué cámaras lo graban responde a una agenda. Querer separar la urgencia de salvar vidas hoy de la exigencia política de hacer justicia estructural es ignorar que ambas son caras de la misma moneda evangélica.

La solidaridad que nace del Reino de Dios no domina, no condiciona, ni utiliza la miseria del hermano como un tablero de ajedrez geopolítico. Tras el sismo de la tierra, urge detener el gran temblor de la injusticia internacional. Es hora de pasar de la diplomacia de la compasión a la política de la justicia distributiva y el respeto mutuo. Solo así sanarán las heridas de la tierra y las del alma de un pueblo hermano que ya ha sufrido demasiado.

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