«Toda persona que lucha por la justicia está trabajando por el Reino de Dios»: La vigencia profética de Mons. Óscar Romero
La fe que no se desentiende de la historia: El compromiso por la justicia como corazón del Evangelio
«Toda persona que lucha por la justicia, que busca reivindicaciones justas en un ambiente injusto, está trabajando por el Reino de Dios.» (Mons. Óscar Arnulfo Romero)
1. Desbordar los muros de la Iglesia: El Reino como realidad histórica
La afirmación de Monseñor Óscar Romero condensa una intuición teológica de hondas consecuencias: el Reino de Dios no es una abstracción íntima ni una promesa postergada para el más allá, sino una dinamización transformadora que opera en el seno de la historia humana.
Al señalar que toda persona que busca reivindicaciones justas trabaja por el Reino, Romero descentra el monopolio de lo sagrado. El criterio de alineación con el proyecto de Dios no es el cumplimiento de un ritualismo externo ni la adscripción confesional formal, sino el compromiso efectivo con la dignidad del ser humano golpeado por la injusticia. Esta lectura rompe con el dualismo que separa fe y vida, fe y política, o fe y transformación social, resituando la praxis por la justicia en el corazón mismo del Evangelio.
2. La Teología de la Liberación: Un método de fidelidad evangélica
Es precisamente en este horizonte donde la Teología de la Liberación encuentra su sentido más profundo. Lejos de las caricaturas que intentaron reducirla a una simple ideología sociopolítica, esta corriente nacida en América Latina surge de una pregunta estrictamente teológica: ¿Cómo hablar de un Dios de vida y de amor en un continente marcado por la miseria y la opresión estructural?
La respuesta formulada por la Teología de la Liberación y encarnada en la pastoral de Romero pasa por entender que la salvación cristiana es una liberación integral. La fe no consoló la marginación ni legitimó el orden establecido; por el contrario, denunció las estructuras de pecado que asfixian la vida de las mayorías pobres.
En un contexto donde reclamar derechos básicos era tachado de subversión, Romero recordó que la búsqueda de la justicia es un imperativo evangélico. Su martirio en 1980, en plena celebración eucarística, confirmó que asumir las «reivindicaciones justas en un ambiente injusto» conlleva una dimensión pascual: la entrega del propio cuerpo en solidaridad con los crucificados de la historia.
3. ¿Sigue vigente la Teología de la Liberación en el siglo XXI?
Asumir la intuición de Romero hoy exige preguntarse por la validez de este planteamiento en el mundo contemporáneo. La respuesta es taxativa: la Teología de la Liberación no solo sigue vigente, sino que resulta imprescindible para leer las crisis de nuestro tiempo.
Las formas de la injusticia han mutado, pero la dinámica de exclusión persiste y se intensifica bajo nuevas máscaras:
Estructuras de descarte y precarización: Las crecientes desigualdades socioeconómicas, la erosión de los derechos laborales y la mercantilización de la vida cotidiana reproducen los «ambientes injustos» a los que aludía el obispo salvadoreño.
El clamor de la tierra y de los pobres: La crisis ecológica global demuestra que la explotación de la naturaleza y la marginación de las poblaciones más vulnerables son dos caras de la misma moneda, tal como sintetiza el magisterio social eclesial más reciente en la ecología integral (Laudato si’).
Las nuevas periferias: Las crisis migratorias, los desplazamientos forzados por la violencia y las dinámicas de invisibilización social constituyen las fronteras donde el grito por la justicia requiere ser escuchado.
La Teología de la Liberación sigue viva porque la realidad que la hizo nacer —la injusticia que sufren los inocentes— no ha desaparecido. Lo que ha cambiado es la amplitud de sus categorías, que hoy abarcan tanto las estructuras de opresión social como las ecológicas y existenciales.
4. Construir el Reino en un «ambiente injusto»: Imperativo para el presente
La frase de Mons. Romero interpela la conciencia ética y fe de nuestro tiempo. Un cristianismo reducido a mero refugio individual o a una práctica desconectada del sufrimiento ajeno corre el riesgo de volverse irrelevante o cómplice.
Trabajar por el Reino de Dios hoy implica:
- Recuperar la voz profética: Denunciar con lucidez los mecanismos que perpetúan la inequidad y la mentira en la esfera pública y económica.
- Reconocer las alianzas transversales: Entender, como lo expresó Romero, que todo esfuerzo honesto por la justicia —provenga de donde provenga— es una manifestación de la gracia y una fuerza que empuja hacia el Reino.
- Mantener la esperanza activa: No resignarse a la inevitabilidad del mal o del cinismo estructural, sino cultivar una resistencia ética fundamentada en la convicción de que la justicia no es una utopía estéril, sino el horizonte último de la historia humana.
La memoria de San Óscar Romero permanece no como un recuerdo estático del pasado, sino como una llamada de atención para el presente: la fidelidad al Evangelio se juega, en última instancia, en el compromiso concreto por la liberación de quienes sufren.