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Crisis de Ceuta

«Pero él quería justificarse, así que preguntó a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?» (Lc 10,29)

«Dad, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,21)

Lo que es del césar y lo que es de Dios

Un joven marroquí bajó desde Castillejos hacia la playa de Tarajal y cayó en el desamparo

No venía de Jerusalén a Jericó; venía tras una travesía de frío, hambre y miedo. Cruzó el mar bordeando el espigón, a nado, con la ropa empapada pegada a la piel y sin fuerzas para respirar. Llegó a la orilla arrastrándose, tembloroso, sin saber si estaba vivo o muerto, y quedó tendido sobre la arena fría.

Lo que pertenece al César y la comitiva de los que pasan de largo

En la parte alta del paseo marítimo, allá donde imperan las leyes del mercado, la política y la imagen pública y electoral, se cruzaron varios caminantes.

Pasó un creador de contenido, teléfono en alto, retransmitiendo en directo para miles de seguidores. Enfocó de lejos la silueta en la arena para alimentarla en sus redes con un discurso sobre "invasiones", "fronteras violadas" y "seguridad amenazada". Ni bajó a la playa ni ofreció agua; solo buscó el clic fácil y el aplauso furioso de sus seguidores. Más que ayudar, incendiaba el ambiente.

A su lado, un representante político calculaba con frialdad el coste electoral de la foto: «Si me acerco, parecerá que apoyo el efecto llamada». Y prefirió seguir de largo, parapetado tras discursos sobre tratados internacionales y cuotas de reparto, aplazando el auxilio a una mesa de negociación. Nadie negaba que aquellas cuestiones exigieran una respuesta política seria. Pero mientras el César buscaba soluciones para mañana, un muchacho necesitaba que alguien le salvara la vida aquel mismo día.

Ellos estaban muy ocupados pagando tributo al César de su tiempo: el algoritmo, las encuestas y el voto.

Lo que pertenece a Dios: Los pocos que se pararon y conmovieron

Pero entre la niebla y el tumulto, hubo unos pocos que recordaron lo que es de Dios: la vida desnuda y la dignidad sagrada de cada hijo suyo.

De repente, una voz desgarrada rompió el protocolo. Una activista local increpó directamente a las autoridades y políticos que paseaban por la zona. No les pidió discursos; les gritó a la cara la verdad del Evangelio más primario: «¡Tienen hambre! ¡Tienen sed! ¡Nadie les ha ayudado! Dejen la política para luego, asístanlos primero, que esto es lo urgente». Para ella, la prioridad no era el debate parlamentario, sino el ser humano tendido en el suelo.

Unos metros más allá, un agente de las Fuerzas de Seguridad, uniformado y fatigado en la línea fronteriza, vio llegar a un adolescente exhausto. El chico, un muchacho marroquí que rozaba la hipotermia, apenas podía sostenerse en pie y temblaba de pies a cabeza. El agente no le pidió la documentación ni esperó la orden del mando. Movido a compasión, se agachó, lo tomó entre sus brazos, lo ayudó a incorporarse y le dio un abrazo firme para transmitirle el calor y la vida que la mar le había robado. En ese abrazo de uniforme a cuerpo mojado, la ley de la fuerza cedió el paso a la ley del cuidado.

Y la memoria devolvía también otra imagen imposible de olvidar.Allí estaba Luna, la joven voluntaria de la Cruz Roja. Al ver a un joven romper a llorar desconsolado en la playa tras cruzar el espigón, no dudó... se arrodilló sobre la arena, le ofreció agua y lo sostuvo contra su pecho en un abrazo limpio y humano que dio la vuelta al mundo. Le dio igual el acoso posterior en las redes; en ese instante, en esa playa, solo existían un hombre sufriendo y una persona dispuesta a consolarlo.

La pregunta de Jesús

Al ver todo esto, el Maestro se vuelve hoy hacia nosotros —en la parroquia, en los parlamentos, tras la pantalla del móvil— y nos recuerda que a menudo usamos los debates del César para evadir lo que Dios exige del corazón humano:

«¿Quién de estos te parece que se hizo prójimo de los que yacían exhaustos en la playa?»

La respuesta sigue siendo tan clara como escasa en nuestros días:

«El que tuvo misericordia de ellos.»

Y la orden del Evangelio vuelve a sonar con urgencia de frontera: «Haz tú lo mismo».

Moraleja: «Da al César lo que es del César: el gobierno prudente de las fronteras y la búsqueda del bien común. Pero da a Dios lo que es de Dios: que ninguna estrategia política te impida socorrer al ser humano que agoniza ante tus ojos.»

Nota del autor: Estas palabras no pretenden minimizar la gravedad de lo sucedido en Ceuta ni el sufrimiento de sus habitantes. Europa debe responder con responsabilidad, justicia y eficacia ante la inmigración irregular. Pero ninguna respuesta política será verdaderamente humana si olvida a quienes se ahogan, tienen hambre, sed o llegan al límite de sus fuerzas. El Evangelio no sustituye a la política; le recuerda que ninguna frontera justifica la indiferencia ante una vida humana.

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