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Apuntes sobre psicología de la religión (6)

Es significativo que frente a las ideas que la ciencia ha generado, frente a la vitalidad de pensadores, escritores y artistas, frente al enorme desarrollo de la imaginación creativa moderna, las creencias religiosas mantengan figuras, formas, rituales y esquemas de pensamiento tan anclados en el pasado remoto y en cierto sentido tan carentes de imaginación .

Se siguen ofreciendo a la consideración de los fieles las imágenes más antropomorfas de Dios (cuando se les pone delante lo contradictorio del discurso, vienen a decir que “es una forma de hablar, pero eso no es Dios”); en el pensamiento y en su exposición verbal, se siguen repitiendo los conceptos localistas de cielo e infierno; se dota a los espíritus de sentimientos que serían incompatibles con su condición pura; caen en contradicciones internas de doctrina…

¿Qué se deduce de todo esto? No otra cosa que los conceptos religiosos son conceptos humanos enmendados (y a veces ni eso): se enaltecen ciertos rasgos, se purifican algunos, pero todos tienen que pasar por el filtro de que sean asimilables al modo habitual de conocer. No es primero el hecho y luego el filtro: es la mente la que genera a la vez el hecho y su filtro.

Aunque afirmen que la vivencia de lo religioso es “otra cosa”, no pueden por menos de regresar, como todos, al sustrato común obligatorio y necesario, cual es que el hombre conoce, el hombre tiene sentido común, el hombre deduce, el hombre coordina pensamientos, el hombre reflexiona y saca consecuencias…

La purificación de lo sacro que realizan es otra forma más de sortear la sensación de inutilidad e incluso de perversidad que subyace en tales subproductos de la mente.

Añadamos otro elemento que responde a las necesidades mentales creadas por la religión, rastrero, sí, pero inherente a ella: el negocio. La exigencia o la mera presunción de que pueden darse milagros –“in génere”, como concreción de deseos difícilmente realizables--, lógicamente crea un mercado de los mismos. Repetimos, no entendamos milagro sólo como hecho fáctico sino también como deseo, ámbito en el que se mueven todos los que rezan para que suceda lo que se ansía.

En ese mercado, lógicamente los sacerdotes son los ”expertos”. Lo mismo que un exorcista debe tener titulación y ordenamiento para ello. Y el hombre, en lo humano y en lo divino, busca siempre la presencia de un experto para alcanzar su curación. En la perpetua necesidad de creer, en lo que sea, mejor si hay un experto de por medio. Hoy una luxación la cura el fisioterapeuta; hace un siglo, era un curandero; hace un milenio, posiblemente la gente confiara en brujos, exorcistas o sanadores espirituales. Dígase lo mismo de las respuestas de lo religioso a lo humano.

Respecto al origen o al modo de generarse las creencias en un mundo de espíritus, no provienen de ninguna parte si hablamos con propiedad y de modo racional. Aparte de ser deseos, como decimos, racionalmente son meramente “hipótesis” que pretenden explicar ciertos datos (hechos raros, aspiraciones inconcretas, temores genuinos o inducidos, miedos inespecíficos o reales...). No superan el escalón de la “hipótesis”. Pero en la religión se da el caso “curioso” de que, explicado hipotéticamente el hecho, se da por válida su virtualidad. La hipótesis se convierte en tesis.

Consecuente con esta consideración de hipótesis que tienen las creencias, está el respeto que una persona racional tiene hacia quien cree. No es más que el respeto a que cada uno enuncie las hipótesis que quiera. Se le asegura la libertad para ello. El que pase de ahí, desliga a los demás del respeto que aquéllas merecen.

El creyente, como consecuencia de lo dicho, no puede ni debe intentar "imponer" a los demás que eso en lo que cree tiene consistencia real y fáctica. Dejamos y respetamos que el creyente se mueva a gusto dentro de lo que los demás consideran simples “probabilia” pero luchamos y lucharemos contra ese afán proselitista de extender al resto de la sociedad tales verdades como "verdaderas". Ese perenne “a mí me produce bien el creer...”. ha de quedar reducido al ámbito de "lo particular compartido", dado que el “bienestar” siempre es una sensación o un sentimiento particular e individual.

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