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Frente a prelados agoreros

Una y otra vez dedican sus ocios los prelados agoreros a estigmatizar el mundo que nos ha tocado en suerte con una visión catastrofista de la vida y de la sociedad occidental, visión a que tan dadas son ciertas mentes –más prominentes que preminentes-- de la Jerarquía hispana o romana.

En su “profundo, imparcial y exhaustivo” análisis socio-filosófico de la sociedad occidental, elevan a categoría universal determinados comportamientos, ideas o ideales, propios de grupúsculos que, aisladamente, pueden tener relevancia económica, mediática o política, pero que no son extensibles al mundo todo de la cultura ni de la sociedad en general. Menos, de la sociedad occidental.

Un análisis catastrofista del mundo occidental aporta los enunciados que enumeramos a continuación cada uno de las cuales se puede extender en complejas derivaciones o concomitancias, con análisis de muy diverso signo. Tampoco hace falta ser una lumbrera evangélica para darse cuenta de dónde aprieta el zapato a nuestra cultura, la occidental. Hasta podríamos decir que gran parte de la culpa proviene del legado religioso dominante durante siglos en occidente, aunque no vamos a ser tan osados o tan tendenciosos.

 ética del consumo que conduce al hedonismo radical;

 sentimiento nihilista que propicia la desafección hacia las instituciones;

el individuo ha perdido su profundidad sustancial;

falta de vivencia responsable, solidaria, comprometida y fiel a un proyecto de sentido con fundamento en valores eternos (frase tan suya)

antiautoritarismo, que lleva al cuestionamiento de cualquier tipo de autoridad, con el peligro de desintegración social que comporta;

mentalidad consumista, centrada en el poseer y no en el ser;

relativismo hacia los valores tradicionales y, por extensión, a todos los valores conformadores de la persona;

carencia de conciencia de la norma, quizá porque se ha perdido su referente religioso, su referente absoluto;

sólo hay fe en la potencialidad liberadora de la técnica y en la democracia representativa con fundamento soberano en el pueblo;

mentalidad pragmático-operacional, con una visión fragmentaria y envilecedora de la realidad;

antropocentrismo relativista, atomización de lo social, crisis de las instituciones seculares;

hedonismo que busca sólo la gratificación inmediata, renuncia al compromiso estable y crisis de ciertas instituciones, como la familia;

la cultura ya no canta a la esperanza y se ha perdido la fe en la liberación de la humanidad;

pluralismo en todo, eclecticismo, acomodacionismo;

olvido del poder de la imaginación y de los símbolos...

Y --siguen diciendo-- no sólo se siente herida la creencia en verdades superiores; también se percibe una derrota del ideal racionalista, iluminista y científico-positivista que pretendía un proyecto moderno.

Podríamos seguir con toda una retahíla de calificativos sacados de pensadores, ensayistas y filósofos, por suerte ya envejecidos, al final del II e inicio del III Milenio herederos del nihilismo decimonónico. En parte, hemos extractado alguno de estos enunciados releyendo la Constitución “Gaudium et Spes” (La Iglesia en el Mundo Moderno), nacida en el Vaticano II y promulgada hace casi 50 años, en diciembre de 1965.

¿Se puede ver el mundo de otro modo? Sí.

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