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Pedro Sánchez, con el Papa

Abundando en lo que el papa ya sabe de España

Algo se nos quedó en el tintero ayer, es decir, en el conjunto de ideas que a uno le vienen a la cabeza cuando piensa en lo que hoy es o cómo se manifiesta la Iglesia española. Parecería a cualquiera, ajeno a la sociedad española, que la Iglesia es todavía una sociedad encastrada de tal manera en la sociedad civil que ésta no se entendería sin aquella. También lo pensamos nosotros. España no se entiende sin la Iglesia católica, pero no tanto por su presente “humano” cuanto por su pasado “glorioso” (y menos glorioso) y por su presencia pétrea, monasterios, catedrales, etc.

Fijémonos en su presencia “humana”, es decir, en el corpus rector de la fe en España: jerarquía, sacerdotes, párrocos y colectividad consagrada. A comienzos del siglo XX el clero secular era de 30.000 sacerdotes; el número de religiosos masculinos, de 14.000 y el de monjas, 45.000, es decir, un total de 89.000 personas (1 religioso x 211 seglares). El número creció en los años sucesivos, llegando al máximo en 1960.

Para aquilatar en su justo porcentaje los números anteriores, piénsese que en 1.900 España tenía 18,6 millones de habitantes y ahora unos 49 millones. En 2025, el número de sacerdotes diocesanos o seculares llegaba a 14.100; el de religiosos sacerdotes, 5.200; el número total de frailes y monjas, 31.500 personas (1x964). Para atender a la población actual, la Iglesia contabiliza 22.900 parroquias.

Si ya estas cifras revelan una situación que podría alarmar, el otro dato adjunto alarma todavía más: la Iglesia católica española está afectada del “virus biológico”, ése que no perdona a los individuos, pero respeta la especie. En la naturaleza muere lo viejo para renacer lo nuevo, En una sociedad religiosa, no. La Iglesia, vieja de vejez, no tiene más remedio que negarse a reconocer el mal que la corroe y, en consecuencia, aparentar ser joven. Puro voluntarismo o instinto de supervivencia.

Tanto clero como fieles presentan una enfermedad biológica. La mayor parte de los que componen el estamento clerical es de una edad provecta; los fieles más asiduos a los actos de culto lo son también; el renuevo cae con cuentagotas y no hay regeneración biológica. Por cada diez clérigos que dejan el puesto, quizá surge uno en sus seminarios. Las iglesias cada vez están más vacías en días de culto obligado “bajo pecado mortal”; la “media de edad” de los fieles asistentes más se asemeja a la “edad media” que al “renacimiento”. 

No sería esto problema para la Iglesia si la aceptación popular fuese masiva y dinámica; si lo que predica fuera aceptado como inquebrantable; si el prestigio de sus individuos no tuviera mácula alguna; si su incardinación llegara hasta los más recónditos lugares y a lo más profundo de los individuos. Pero no es así.

En primer lugar, fijémonos en el índice de popularidad. Cada cierto tiempo medios privados o públicos publican encuestas sobre los distintos organismos y sociedades que conforman el Estado: Monarquía, Justicia, Ejército, Iglesia, etc. Y sistemáticamente la peor valorada es la Iglesia. Insistimos, no es algo que pudiera afectar al entramado organizativo de la Iglesia, pero es todo un síntoma. A la Iglesia le cuesta mucho, hoy, hacer llegar su mensaje a las masas.

Dicho de otra manera y como consecuencia de la observación anterior: la Iglesia española sufre un síndrome autista y solipsista. La soledad social y el invierno aquejan a una organización cada vez más desenraizada y separada del pueblo. En consecuencia, cada vez se va volviendo más hacia sí misma. Ese autismo se percibe en la cantidad de comentarios, invectivas, charlas, asuntos a dilucidar, reuniones y prácticas, un conjunto de “vivencias propias” que un profano percibe vacías de vida.

Nada de eso tiene virtualidad alguna ni repercusión en el entramado social. No basta con “dejarse ver” en festejos populares que la tradición mantiene por necesidad casi folklórica. Lo importante sería que ritos, plegarias, acciones y símbolos referidos a la vida, a los sentimientos, a las pulsiones humanas calaran de manera efectiva en la gente. Pero no es así. La mayor parte de lo que dicen y hacen o no llega o no dice nada, no tiene virtualidad en la vida diaria.

Hablan mucho de “salvación”, de que la Iglesia es portadora de la salvación del hombre, la que Cristo trajo a la humanidad. Cuando el profano piensa en eso de la “salvación” se queda a oscuras. ¿Salvación es sinónimo de liberación? Liberación de qué, dirá el profano.

Tanto en lo que se refiere a la vida personal como a los problemas sociales, la Iglesia parece aplicar remedios volátiles a problemas acuciantes. La Iglesia tiene o más bien mantiene el discurso, pero no tiene los medios ni los remedios. Por otra parte, partiendo de diagnósticos equivocados sobre los males del mundo, sus recetas no sirven para nada, no aportan más que palabras. ¡Es que no puede hacer otra cosa!

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