Hazte socio/a
Última hora:
Primer aniversario de la elección de León XIV

Comentario breve sobre Israel

El estado de Israel vive en una esquizofrenia religiosa, cultural y social que parecería estar reducida a círculos minoritarios espirituales o intelectuales. No es así, porque, con el pretexto de asegurar loa seguridad nacional, tales “conceptos” se incardinan en loa acción política y militar y la padecen de manera dramática quienes fueron en otros tiempos dueños de esas tierras y ahora se encuentran aherrojados tras las empalizadas alzadas para separarlos.

Preservar la seguridad, por supuesto y nadie la va a discutir. Las formas o métodos llevados para preservarla chirrían de forma sanguinaria y violenta. ¿No hay otros? Ellos sabrán. ¿Y de dónde proviene esa esquizofrenia de que hablamos? Brevementel.

La corriente representada por grupos como Neturei Karta, Edah Haredit, Satmar Hasidim, prolonga una posición tradicional judía caracterizada por un cierto quietismo o pacifismo, que propugna una actitud de aislamiento y de separación respecto a toda forma de estado y de poder, incluido el Estado judío, y espera la redención y el final mesiánico de la historia traído de «lo alto».

El sionismo es para estos judíos religiosos una traición al destino y al verdadero ser del judaísmo, pues se arroga una misión sólo propia del Mesías esperado.

Por el lado contrario, la corriente religiosa más zelota, representada por el grupo de Gush Emunim o de Meir Kahane, se apropia los logros del sionismo laico, considerando a éste como una etapa en el proceso histórico que conduce inexorablemente a la redención final, consistente en la plena independencia de la tierra y del Estado de Israel.

Según el Midrash (método judío de interpretación de textos bíblicos), «la tercera redención no será interrumpida». Esta corriente zelota trata incluso de ganarle tiempo al Mesías, acelerando el curso de la historia mediante un activismo político, que no para mientes ante la lucha violenta.

Estas dos corrientes de la historiografía judía no hacen sino prolongar dos tendencias de la propia historiografía bíblica.

Los textos bíblicos procedentes de la diáspora babilónica (el segundo Isaías de modo particular) muestran un talante irenista, (eirene, en griego, significa “paz”, actitud irenista es la de aquel que intenta crear o conservar la paz). En cambio, en lado opuesto, los textos escritos en la metrópoli palestina, se circunscriben más cercanos al ideal de un estado monárquico o sacerdotal implantado en la tierra de Israel.

Esto es lo que subyace en los acontecimientos pasados. Es de suponer que tanta muerte y destrucción pesa en la conciencia de quienes, dicen, “se defienden”. ¿Pero basta esto para detener la sinrazón? Si para preservar la seguridad, territorios aledaños deben convertirse en ruinas, la desesperación no es buen camino para llegar a la ”eirene”.

Lo religioso por sí sólo no suele generar violencia política, si no va unido a otros factores étnicos y sociales. Cuando la religión judía, por una parte, y el nacionalismo judío, por otra, se alían para proclamar el carácter sagrado de la tierra y de la nación judías, el conflicto con los vecinos árabes y, sobre todo con los palestinos, se torna inevitable. Hechos violentos han provocado reacciones desmesuradas que siempre sufren quienes menos implicados estaban en ellos.

Y si añadimos que estamos “gobernados” por un presidente del mundo proclive a tales concepciones (si realmente tiene alguna), pues nada, lo único que resta es aprovechar el parón que la destrucción de los medios de vida ha generado y, ahora, a conseguir dinero para reconstruir.

¿Y las vidas perdidas, quién las devuelve? ¿El dios judío Elohim, Alah?

También te puede interesar

Lo último