Consecuencias de las contradicciones de Dios
El AT y el NT no tienen nada de históricos, pero sí son históricas las consecuencias de lo que en sus libros fundacionales aparece. La promulgación del Decálogo fue algo así como el Código de Hammurabi para los israelitas en el comienzo de su existencia como pueblo. Yahveh, Sinaí, nubarrones, fuego, rayos y truenos, Moisés... El mandamiento central del Decálogo fue aquel apodíctico salido de la boca de Elohim, “no matarás” (Deuteronomio V, 17). Su contenido llega hasta hoy.
Olvidemos que en su aspecto positivo implicaría tal mandamiento un deseo de paz, una propensión al perdón, al amor, a la bondad y la tolerancia. Pues vamos a ver si lo entendemos en su justo sentido: ¿no matar quiere decir no asesinar, no quitarle la vida a alguien? ¿O, como algunos exegetas dicen, que se debe entender como norma aplicable “sólo” al pueblo elegido, que es la realidad?¿Cómo, a partir de tan apodícticas palabras, se llega a interpretar en sentido absolutamente contrario, es decir, que se pueda matar?
En el primer sentido que decimos, recordemos cómo el Evangelio amplía la norma: “Habéis oído que se dijo ‘no matarás’, pero yo os digo...”. Y Jesús extiende la ley al hecho vulgarmente menor, como pueda ser un insulto o una descalificación. ¿Por qué los hechos contradicen de forma tan indiscutible los principios? Porque también en el Evangelio se dice “Por sus obras los conoceréis”.
De tal precepto se desprende que en el Reino de Yahvé-Elohim-Dios Padre no quepan cosas tan flagrantemente contrarias a tal precepto como los ejércitos, las guerras, la violencia; ni la pena de muerte; ni las luchas de conquista; ni la Cruzadas pseudo liberadoras; ni la Inquisición; ni el colonialismo; ni la bomba atómica o las “justicias infinitas” ...
Pero retrotrayéndonos a tiempos más sincrónicos a los inicios del pueblo de Israel, tampoco se entiende bien ni menos se puede admitir lo que sucede en el Libro de Josué. Recordémoslo: en el Cap. VI Josué/Dios ordena que hombres y bestias, mujeres y niños, ancianos, asnos, toros, ovejas sean pasados por la espada.
En la historia que comienza con el profeta Jesús, el cristianismo, no ha habido una sola década en la que éste, de una manera directa o colateral, no haya intervenido matando y destruyendo. Alguna explicación ha de tener esta flagrante paradoja.
Volviendo a los primeros tiempos, más paradójico aún es el hecho de que, a continuación de la promulgación de las leyes fundamentales que se relata en el Deuteronomio, vengan una serie de capítulos donde se justifica el exterminio de poblaciones asentadas previamente en Palestina. ¿Cómo se entiende esa flagrante contradicción?
La relación de hechos genocidas no es tan corta como podría parecer: hititas, amorreos, pereceos, cananeos, gergeseos, heveos y jebuseos. ¡Y es el propio Yahvé el que pronuncia su maldición, el que propugna el racismo, el que prohíbe contratos con ellos; es Yahvé el que les niega la compasión; el que justifica golpear, matar, aniquilar, quemar, desposeer y todos los sinónimos posibles... ¿Razón? Ya la sabemos, ¡qué Dios ya tiene un pueblo elegido!
La explicación lógica, que todos ya conocemos por la exégesis tradicional: que el Decálogo va dirigido nada más a una fracción de los humanos, es decir, es una exhortación localizada para determinada secta o comunidad.
Es decir, se ha de entender como “Tú, judío, no debes matar a otro judío”, que “no quitar la vida” no es un mandamiento universal sino particular. En este sentido, el Decálogo es normativa interna que sirve para estructurar la sociedad a la que va dirigido.
Lo sé, se han dado estas explicaciones y muchas de todo tipo, pero los que leemos las cosas sin atender a tantas aclaraciones y distingos, tenemos derecho a deducir algo claro y, sobre todo, paradójico como que la Biblia es un amontonamiento de relatos y que “eso” tan contradictorio no puede ser ni palabra ni designio de Dios. La historia posterior confirma cómo aprendieron del Libro Sagrado sus piadosos prosélitos. Lo hicieron en otros tiempos y lo siguen ejercitando HOY.