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Entrevista a Luis Argüello

La deformación de Jesús cuando lo hicieron Cristo.

El Jesús que Pablo de Tarso y que los Evangelios transmiten… ¡no es creíble! Si se quieren inventar un dios a imagen y semejanza de los dioses precedentes o de su entorno llamándolo Cristo, nada que objetar. Pero ese “dios” no se puede asimilar a Jesús.

Si Jesús era hombre --y a eso conducen las investigaciones sobre su realidad histórica-- su origen, sus palabras y sus acciones debieron estar en consonancia con los hechos y acontecimientos normales de la vida. No sufriría en nada su mensaje al mundo. Incluso sería más convincente.

Si Jesús, convertido en Cristo, era dios, en tal categoría son admisibles los portentos y milagros, las transfiguraciones y resurrecciones y las apariciones y ascensiones. Las dos cosas a la vez, y dentro de un contexto humano, no son admisibles.

Esa mezcolanza entre lo divino y lo humano, que saltó al primer plano cuando los de la II Iglesia se pusieron a pensar, es lo que produjo el engendro que hoy es Jesús-Cristo: basta pensar en los encendidos debates, con aquella piara de monjes enardecidos y perdularios rondando y blandiendo palos, ocurridos en concilios primeros.

Quisieron engrandecer tanto al hombre que éste desapareció. Quisieron los cristianos ofrecer al mundo un dios a la vez hombre, cercano por tanto a los hombres, histórico, nacido en el tiempo y a la vez dios. Lo que han logrado es que los humanos, siempre necesitados de magia y de portentos, olviden al hombre para hacerlo dios.

Y la Iglesia tan contenta, porque así ella maneja al Cristo como quiere. Fue la Iglesia la que propició y alentó tal transformación. No le fue fácil, si paramos mientes en las trifulcas de los primeros siglos, porque al contrario que ahora, había gente con dos dedos de frente que se oponía a las monstruosidades mentales que luego vinieron. Ahí están Agustín de Hipona o Cirilo de Alejandría, por más que los suyos les aúpen sobre pedestales, como muestras de perversión mental.

Buda y Confucio, grandes creadores de grandes religiones, fueron hombres y en todo momento aparecen como tales, aunque luego les adornen de cualidades o hechos que superan lo humano. Transmitieron un mensaje para su tiempo pero que ha resultado universal. Jesús, sin embargo, pierde su humanidad para convertirse en lo que han querido que sea. Ni siquiera híbrido, sólo una humanidad subalterna, subsumida por la deidad, con todo el ropaje mitológico que pudieron reunir en la subasta de credulidades.

Situado Jesús en el contexto judío –hijo de padre y madre, hermano de sus hermanos, circuncidado, adoctrinado por rabinos, lleno del espíritu de Yahvé contra los poderosos… -- uno se pregunta, aunque la respuesta la tiene Pablo de Tarso, el porqué de tal transfiguración. Sí, la respuesta es la ruptura con el incipiente cristianismo de la matriz judía, sobre todo a partir del año 70. Y la necesidad de salir del reducido ámbito judío, para hacerse universal, católico.

Es decir, después de Pablo de Tarso, que puso los cimientos de lo que debía ser la creencia cristiana, la razón de la transmutación de Jesús en Cristo es que nació la Iglesia.

Después de que Constantino la declarara religión oficial, lo importante era la organización. Y esta organización necesitaba un “éidolon”. No podía ser un Jesús que, según los deslices de los evangelistas, había clamado contra la hipocresía de los rezadores vacíos, había expulsado a los mercaderes del Templo, había clamado contra los ricos, se había posicionado en favor de los pobres...

Necesitaban un dios a la altura de Apolo. Y una diosa en consonancia con la diosa Cibeles, venerada precisamente en Éfeso, donde dijeron que vivió la Virgen y donde se celebró el famoso concilio de su deificación. ¡El cristianismo no podía ser menos que las otras religiones!

¿Traición al Evangelio? ¡Qué va! El pueblo necesita placebos, doctrina sublimada con que enjuagar penurias, que “no sólo de pan vive el hombre”. El Evangelio, primero, fue escrito bajo ese punto de vista. Pero cuando se colaron de rondón frases con seguridad dichas por Jesús, hay que interpretarlo, se dijeron; no se puede tomar eso al pie de la letra; casi todo es alegórico.

Por ejemplo, respecto a los ricos todos son hijos de Dios, también ellos. A la autoridad competente hay que obedecerla porque toda autoridad proviene de Dios. Cristo necesita un representante en la Tierra, que no es otro que el papa de Roma. La Iglesia tiene un componente humano que es preciso atender; necesita una liturgia para hacer descender a Dios; necesita presentarse al mundo nuevo con una distinción que es preciso hacer visible con ornamentos y templos…

O sea, “igualico” que lo que se desprende de la enseñanza evangélica, muy depurada, por cierto por correcciones de correcciones posteriores.

El mensaje de Jesús es aceptado por cualquier persona de bien. Difiere poco de las enseñanzas fundamentales de Buda, Confucio o Mahoma. Es, en realidad, el mensaje que tiene impreso en su conciencia cualquier persona buena y honrada, resumido en lo que han venido en llamar “regla de oro” (Compórtate con los demás como quisieras que se comportaran contigo).

¿Qué añadía a su mensaje de paz, amor, concordia, aceptación de los demás, lucha contra la pobreza, amén de otras enseñanzas, el hacerlo resucitar? ¿Era necesario para confirmar tal mensaje de confianza en el Padre hacerlo ascender a los cielos? ¿Añade algo a su mensaje toda esa parafernalia, que es puro folklore y que hoy se ha traducido en consumismo puro y duro de la Navidad?

Jesús, en el contexto judío en que se movía, hubiera pasado por un gran predicador… pero lo importante a partir del siglo IV era la Iglesia.

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