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El deseo no crea la realidad

Aparte de otras muchas cosas, la religión se vacía en sus propios deseos.

La realidad es la misma para las personas normales, racionales, que para las creyentes: la sociedad hinduísta es igual de pobre que la sociedad musulmana; las venganzas chiitas son las mismas que las venganzas católicas; los ladrones son los mismos en Arabia que en Alemania (quizá la única diferencia estribe en que en uno de los dos lugares les cortan la mano y en otro no)...

Deseos de santidad, deseos de justicia, deseos de felicidad; deseos de fraternidad y amor universales; deseos de que la justicia, algún día, impere en el mundo; deseos, en fin, de un bien que no aparece... todo son deseos. No hay realidad entre tanto deseo.

Lo mismo que no hay realidad tras el “deseo” de Dios –mi alma está sedienta de ti, Dios mío—, ni hay realidad tras la “providencia” divina –hágase tu voluntad, donde ha habido un fallo médico o un accidente de automóvil—, ni hay realidad en el “deseo” de vida tras la muerte.

Siempre terminamos, por caminos distintos, en lo mismo: de un deseo no se deduce la existencia de su contenido.

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