El desfalco de los credos
Nadie que haya paseado sus ocios por la historia puede negar las "valiosas" aportaciones que la "sociedad" crédula, la Iglesia, ha procurado al mundo, sobre todo el occidental, aunque en esto, como en muchas otras cosas “en este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”, como decía Gómez de la Serna, .
La afirmación primera, que no se puede desmentir, también tiene su lado paradójico. Porque nadie que se haya topado con el valladar de la “creencia asistida de poder”, podrá dejar de “admirar” el inmenso vacío de ciencia y humanismo que ella misma se ha encargado de rellenar con visiones, miedos, presiones y muertes.
La Iglesia Católica está hoy pronta y presta para recoger los frutos de simientes arrojadas al erial de la historia: el dominio y control de las actividades sociales, el acopio de lugares y edificios, el monopolio y la explotación en exclusiva de las minas del sentimiento, el hacer negocio con la credulidad, el inmenso daño producido en las mentes vírgenes de niños y vírgenes, el expolio de las conciencias, de las ciencias y de las haciendas, el divertir –del verbo “divérgere”-- por caminos torcidos la cura del sentimiento y conducirlo por donde no debiera...
Admiramos, sí, las catedrales y demás, pero las modas estéticas pasan o se completan con otras y hoy el turismo tanto se extasía con una catedral –hay ciudades donde no hay otra cosa que admirar— como goza de un placentero paseo por un pueblo renacentista. Ya lo dice el pensador de siempre: “Cuando el pueblo, harto de ignorancia, buscó las cátedras del saber, se encontró con catedrales”. ¿No da que pensar que haya tantas ciudades donde lo único a visitar sea religioso, iglesia, ermita, museo catedralicio, cenobio o corazón de Jesús que otea desde el otero? ¿No es esto un desfalco de la productividad del pueblo?
Esta afirmación es, para mí, más seria de lo que parece. ¿Es que no había vida civil en esos lugares? La pregunta conduce a un hecho, el del inmenso y descomunal expolio cometido en el pasado sobre vida y bienes del pueblo por parte de la Jerarquía Crédula: para hacer la catedral de Burgos y palacios arzobispales anejos, Burgos entero era un pueblo de adobe.
¿Cómo sería hoy con casas todas de piedra, medievales pero eternas, bellas y ornamentadas, decoradas con primor, ornadas con estatuas en parangón con las de la catedral, trazada con el urbanismo de lo perdurable...? Y así toda la cristiandad. La vida diaria de bienestar se la llevó la creencia.
Quienquiera que lea cómo era la vida cotidiana, por ejemplo, en el Madrid de 1624 –lo digo porque tal día, 21 de enero, la Inquisición achicharró en Madrid a un profanador--, percibirá de qué manera tan absoluta estaba regido y controlado todo por la Religión.
¿Que la gente quería eso? En absoluto. Es seguro que el hombre del Barroco hubiese preferido el modo de holganza nuestro y, en vez de tener que ir por obligación a tanto acto de culto, seguro que hubiera querido pasar sus ocios, los pocos que tenía, en las bodegas con sus amigos.
Nadie niega la belleza de una catedral, pero ¿merecía la pena tal desfalco? ¿Era necesaria para dar culto a Dios? ¿No estaba Dios en todas partes? ¿Por qué se dio pábulo a la megalomanía de reyes, obispos con sede, canónigos enriquecidos o familias nobles con afanes de eternidad? ¿No pudo haber algún papa que hubiera puesto coto a tanto despilfarro? Ya, sí, por supuesto… pero la eternidad del cielo era para ellos sentirse eternos en la tierra: “Yo construí esta catedral”.
No arguyan que era el pueblo el que lo quería: si al mísero labriego le hubieran dado a elegir entre donar su saco de trigo –los diezmos y primicias de que nos hablan nuestros abuelos-- o quedárselo para alimentar a sus hijos, ¿qué habría elegido? Y una sola gárgola de la catedral ¿cuántos sacos de trigo se tragó? Y tampoco digan que eran otros tiempos, porque sigue habiendo muchas personas culturalmente menesterosas que hoy entregan sus bienes para el mismo botafumeiro.
Aunando éste y los secuestros del pensamiento y la conciencia, ¿se extrañan de la vesania, injustificable por otra parte, de la Guerra Civil española o de la Revolución rusa? En esto de las persecuciones las cosas han cambiado mucho, a mejor, porque esta misma sociedad, la civil, la que empieza a despertar de la somnolencia de las quimeras, se resarce pensando con los pies de la desafección. Las religiones oficiales se consumen en su propia combustión y nadie se preocupa del incendio. Bien es verdad, y triste es reconocerlo, que muchos hay que compran sucedáneos en la almoneda de las credulidades más zafias.
Confiemos en que, huérfana de fábulas y ahíta de credos, escoja el resarcimiento más efectivo y gratificante, la vuelta al hombre, la construcción de un mundo festivo salido de la imaginación poética o literaria o el alivio sus dolencias mentales en las clínicas de la ciencia.
Dicho lo dicho, alguien podrá pensar que nuestro pensamiento sea el de la defenestración de todo cuanto huela a religioso. Digamos como principio elemental de convivencia que la persona merece un respeto absoluto, aunque se discrepe de sus ideas. Y, sobre todo, que nadie pueda ser perseguido por practicar determinados ritos. ¡Cuántos católicos fueron asesinados durante la Guerra Civil sólo por ir a misa! No, nunca jamás esto.
Contradecir como sea el mundo crédulo no es sinónimo de odiar: yo estoy convencido de que la credulidad debe desaparecer –la que sea— y debe ser sustituida por un mundo más humano, racional, psicológico y ético, pero eso no implica odio alguno. ¿O es cuestión de palabras? Utópico de mí, este cambio supondría una revolución en la evolución del hombre, por el momento inimaginable.
Por ahora me remito a un plano más prosaico y cotidiano, el de las tertulias de bar, foros digitales o tertulias de amigos debatiendo sobre asuntos religiosos, aunque es muy difícil que, en opiniones sobre religión, haya dos que discutan a la misma altura. Es imposible un diálogo productivo si uno se sitúa en el plano de la creencia y otro en el plano racional.
En todo caso, no es argumento que a uno le digan de manera conmiserativa algo así como “mejor te valiera rezar un poco y amar a Jesús”. Contestaría con una argumentación en el mismo plano de la credulidad: “A Dios y sus consecuencias sólo se accede por la fe, pero la fe es un don de Dios”. Yo, mísero e “infelice”, no sé cómo salir de este círculo vicioso, porque si por no tener fe, la realidad “Dios” ha dejado de existir para mí, ¿a quién se la voy a pedir?
¡Y esto es incontestable! Tampoco digan de modo lacrimógeno: “Pobrecillo, ha perdido la fe”. En el orden de cosas en que lo humano prima sobre lo crédulo, me gustaría oír algo así como “Vaya, uno más que desprendió de su epidermis el chapapote de la credulidad. Y, sobre todo, ¡que no le ha pasado nada ni ha perdido nada!”.