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Que acabe ya la guerra

El drama de no ser lo que se era: párrocos rurales.

Pasaron los tiempos en que el sacerdote rural era, con el alcalde, maestro y médico, una de las cuatro patas en que se sustentaba la estructura social campesina. Entre otras cosas porque mal puede incrustarse en tal sociedad rural alguien que ha de atender a cuatro o seis pueblos en la mañana del domingo y no tiene residencia fija en ninguno de ellos.

Ya no es el cura el “centro espiritual” de la parroquia, porque casi no queda ni parroquia. En algunos lugares las misas dominicales han pasado a ser quincenales, con el efecto que eso ha producido en la mentalidad de las gentes.

Faltar a misa el domingo era no hace muchos lustros “pecado mortal”. Ahora son los mismos que curan los pecados quienes los procuran. En muchos pueblos, los pocos feligreses que acuden han constatado que, si un domingo no se acude a misa, “no pasa nada”, no se hunden los cielos, no tiembla la tierra, no se resquebrajan las paredes del templo... Desapareció la conciencia de pecado relacionado con determinadas prácticas religiosas.

Muchas cosas han cambiado para que ya no pueda existir el "Santo Cura de Ars". Antes, la personalidad del párroco quedaba constituida o configurada por su función. Y la función justificaba su presencia y le confería categoría especial; ahora son sus cualidades personales, su trato afable, su capacidad de comunicación las que le hacen aceptable ante la gente o no.

Lo quieran enmascarar o edulcorar del modo que sea, esa gracia especial que dicen que recibe el sacerdote en su ordenación, debe incardinarse y manifestarse en una persona de carne y hueso, en una psicología determinada, no en un ente humano transformado en criatura más o menos celestial.

Si profundizamos un poco en por qué la Iglesia ha visto cómo quedaban socavados sus cimientos sociales y por qué ha desaparecido la popularidad de que antes disfrutaba, encontraremos la razón en el cambio de mentalidad de la sociedad. No es ella, la Iglesia, la que ha cambiado; ha sido la sociedad.

“...es la aversión innata hacia un orden fundado exclusivamente en exterioridades, hacia toda autoridad que no sea internamente creíble y hacia toda forma de religión impuesta por instancias administrativas y que no sea ratificada y llevada a la práctica por la propia persona” (Eugen Drewermann)

Esto ha conllevado un cambio sustancial en la concepción y percepción del problema clerical: ya no es el estamento el que da prestigio y en muchos casos salva a la persona, es la propia psicología del preste la que sustenta al estamento. Y esto no deja de ser un punto de debilidad para la Iglesia porque la función, en la mayor parte de los casos, no llena al individuo sino que lo quema.

Es lo que se traduce en aquello tan repetido de “yo creo en Dios pero no en los curas”. O la defensa que muchos hacen de la Iglesia diciendo que sus siervos “también son humanos”. No parecían serlo en décadas ya muy sobrepasadas. Por una parte, la que hace relación a conductas negativas, esgrimen que son humanos; pero por la otra, la que hace relación a la constitución psicológica del individuo, la Iglesia sigue anclada en conceptos periclitados que tienen que ver con ideas teológicas sin virtualidad alguna para el sustento del individuo, cuando no decididamente trasnochadas: la gracia sacerdotal, la gracia de estado, el concurso del Espíritu Santo, la fuerza de la fe...

Hoy el quehacer del párroco apenas si se aprecia, generalmente no se valora, muchas veces se cuestiona o se rechaza. Ello, a la larga y se quiera o no se quiera, produce en el individuo un desfondamiento social, un vacío ambiental inaguantable, una desestructuración de su psiquismo. De ahí que muchos de ellos cumplan su función a trancas y barrancas y, terminado el oficio, se escondan de la sociedad o se diluyan en el barullo ciudadano.

El cura de antaño, revestido de sotana y tocado con su birrete paseaba su figura por el pueblo, las gentes se inclinaban ante él, los niños besaban su mano, sus paisanos lo veneraban o temían como conocedor de muchos de sus secretos... Hoy el sacerdote se esconde o se diluye en el paisaje urbano como cualquier ciudadano, a veces con el típico alzacuellos si percibe al menos indiferencia en el entorno.

No digamos lo que sucede entre frailes y monjas. Ya muchos de ellos ni siquiera en el interior del convento se revisten de los hábitos propios de la orden o congregación. Los que lo hacen pasan por ser, ante sus conmilitones, más o menos carcamales, integristas o seres fuera de su tiempo.

No parece haber vuelta atrás en esta evolución social. La nostalgia, la melancolía por “cualquiera tiempo pasado fue mejor” sólo conducen a una mayor marginación, primero personal y luego corporativa.

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