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Entendiendo la sexualidad como amor

Continuamos de algún modo con el asunto que esbozábamos el día pasado: la “casi” perversión como enfocaban los clérigos moralistas del XIX la sexualidad dirigida exclusivamente a la procreación

No podían percibir la otra cara, la verdadera y auténtica, de la sexualidad. Vivida en la plenitud de la pareja, capaz de adivinar el ser del otro y, si es preciso, ayudar a restaurarlo; por ella, el yo del otro se manifiesta con nitidez y con toda su riqueza; es capaz de presentir lo que se esconde en la sonrisa y en la tristeza; genera una forma “sim-pática” [sün pazos griego] de ver al otro; percibe el ser del compañero entre esperanzas rotas, secretos, disimulos, miedos; rompe los falsos pudores tras los que el mundo ha querido esconder la relación sexual.

Es un compendio de ternura, donación, búsqueda, satisfacción; es capaz de encontrar, entre las “rarezas” que se ocultan en el otro, signos de magia cubierta de realidad, sueños, sentimientos nuevos y fuerza vital para la acción; en definitiva, es la suprema manifestación, hablando en términos no aceptados en este “manifiesto”, de la unión entre cuerpo y alma.

La sexualidad humana exclusivamente reproductiva no encuentra sentido alguno en la sociedad actual. Para nuestro tiempo éste es ya un axioma incontestable. Lo otro, tiempo pasado. El goce de la vida también debe invadir el terreno de la procreación o el campo más amplio de la sexualidad, con el aliciente de que la naturaleza “ayuda”. ¡La nueva cultura resurgente hace tiempo que impuso otra relación entre sexo masculino y femenino, con una derivación hacia el encuentro gozoso de las personas!

Hablar de celibato como camino de perfección, cuando a través de la sexualidad las personas se encuentran en el mundo de la ternura, de la satisfacción, de la fantasía, de la vivencia participada del otro, es ofensivo hasta pensarlo. La Iglesia se ha situado en otro estrato de intelección de la vida: si de este modo quieren dirigirse a fantasmas, hipogrifos, centauros o sirenas... que no los confundan con las personas.

¿Qué se puede entender por amor “angélico” cuando hablan del casto amor de los esposos? ¿Qué grado de tiranía han ejercido durante siglos sobre tanta mujer crédula y bienintencionada que se acercaba al confesionario a tener que oír estupideces y sandeces sacadas de libros escritos por seres que buscaban el deleite inquiriendo sobre aquello que reprimían?

Porque, además, se sentían en el derecho, y quizá obligación, de preguntar sobre su conducta matrimonial: Nonne aliquid fecisti cum conjuge tuo praeter ea quae in matrimonio permissa sunt? [¿Hiciste por casualidad con tu cónyuge actos distintos a aquellos que están permitidos en el matrimonio?]

De mi anecdotario infantil recuerdo aquel exabrupto de un vecino del pueblo hablando con otro. Según dijo, no volvería a confesarse nunca más: “¡Pero no te j… Resulta que me pregunta el cura por lo que hacía con mi mujer. ¿Pero qué se había creído, que yo le iba a contar mis intimidades?” O algo así.

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