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María en su sitio

Hago un recuento de festividades anuales dedicadas a la Virgen María. Aparte de las “vírgenes locales”, muchas y numerosas, la Iglesia celebra a lo largo del año estas veinte: Madre de Dios, Lourdes, Anunciación, Fátima, Mater Domini, Visitación, Madre de la Iglesia, Corazón de María, Virgen del Carmelo, Sta. Mª la Mayor, Asunción, María Reina, Natividad, Nombre de María, Virgen de los Dolores, Virgen del Rosario, Presentación, Inmaculada, Virgen de Loreto y Virgen de Guadalupe.

Mi libro de cabecera donde “hace siglos” entendí quién era para mí María es el Tratado de la Virgen Santísima, de Gregorio Alastruey Ed. BAC. 1956, que por ahí duerme el sueño de los justos. A este propósito, el de la Virgen María, una pregunta inocente: ¿Se puede analizar cualquier asunto que tenga que ver con el hombre, con sus creaciones, sus inventos, sus prácticas y sus creencias? Pues hete aquí que el asunto “María” huele demasiado como para que tal fragancia no suscite las dudas, incertidumbres y perplejidades. Siento el clamor y admito el dolor:

"Lo" de María es un asunto más de incongruencia entre la doctrina y la práctica, entre lo que dicen y lo que hacen, entre lo que dicen que es histórico (es decir, real, comprobable, razonado, ocurrido) y lo que todos entendemos por mito. Para ello es necesario retrotraer el asunto a sus inicios, sabiendo de antemano que se ha desmadrado su culto de tal modo que María ha devenido una diosa a la altura no ya del Hijo de Dios, sino del mismo Padre Dios. Sabemos que los evangelios no son documentos históricos y en el asunto de María hay mucho de recopilación de mitos femeninos. Aun así ¿qué dice el Evangelio de María? ¿Cómo se fraguó su divinización?

Las citas evangélicas son bien escasas: vivía en Nazareth (Lucas 1, 26); ascendencia davídica, algo extraño entre los judíos, porque la ascendencia siempre es por vía paterna (Lucas 2, 4); encarnación y nacimiento, presentación en el templo y extravío entre los doctores (Lucas 1 y 2); en Marcos, primer evangelio escrito, las citas son breves: 3, 31-35; 6, 1-3, con copia en los otros dos, donde Jesús se desliga de sus padres y hermanos (Mt 12, 46-50) y citando a sus padres más bien como iletrados (13, 53-57) pasajes paralelos a Lucas 8, 19-21; 4, 22. Similar aportación la del evangelista Juan --no es el discípulo de Jesús-- al hablar de sus padres (6, 42). Por cierto, nunca cita el nombre de María. Es este evangelista el de las bodas de Canaán (Juan 2, 1) y el que presenta a María junto a la cruz (Juan 19, 25-2).

Estas referencias evangélicas en modo alguno son testimonios históricos. Si de alguna manera se les puede calificar, lo correcto sería decir que son “anecdóticos”, que no desmerece en modo alguno su validez. A partir de ellos se han escrito cientos de miles de folios y se ha alzado toda una teología –perdón, mariología— digna de las más grandes fauces crédulas.

La realidad actual es el final de una progresión geométrica de invocaciones y títulos que parece haber remitido, aunque de vez en cuando surgen apariciones para seguir manteniendo el tinglado. Los hechos no se pueden rebatir: ahí están los innumerables santuarios, templos, denominaciones, festividades, cantos, títulos y, sobre todo, apariciones.

“Lo de María” no surge tanto de los Evangelios cuanto de una tradición que arranca en el siglo IV, porque durante unos dos siglos, María es un silencio paradigmático. Hay una progresión dogmática y "lógica" (la deducción de si esto, también lo otro) de los cuatro dogmas marianos: María madre de Dios – María virgen – María sin pecado original – María asunta al cielo. El origen de la mariolatría está en su definición como “madre de Dios”.

El cómo de tal dogma merece consideración aparte y cómo el “bueno” de Cirilo consiguió --con sumas sustanciosas de dinero y joyas, presiones y algaradas, chantajes y ausencia de opositores-- que se la proclamara “zeotokos”, madre de Dios (Éfeso, 431; Calcedonia, 451 y Constantinopla, 553).

Revelador puede ser, para quien quiera pensar, que la Reforma protestante pusiera a María en el lugar que le corresponde según el Evangelio y según el pensamiento de los primeros siglos del cristianismo: veneración, pero no hiperdulía y menos la mariolatría actual. Pero los hay que quieren ser más que los anteriores en cuanto a veneración de la diosa María.

Dado que las reflexiones anteriores devienen del enjundioso libro El mito de la diosa, de Anne Baring y Jules Cahford (Ed. Siruela. 47 €), mejor será aportar dos citas que aclaran algo el asunto:

En cuanto a las connotaciones psicológicas que el mito de María conlleva, dicen estas autoras:

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