Cuando las palabras matan
¡Es tan grande el poder de la palabra! Las palabras aniquilan. Con solo una palabra, se puede defenestrar una idea. Qué bien saben esto determinados personajillos que creen regir la sociedad, considerándose a sí mismos “progresistas” siendo sus opositores “fachas” o “ultraderechistas”.
El que domina la palabra domina los conceptos y tiene un poder mágico sobre acontecimientos y personas, sobre la sociedad y las cosas. Una de las consecuencias del robo de la palabra es el recubrimiento de las ideas con connotaciones propicias.
También inventar palabras es sinónimo de inventar cosas. ¡El misterio de las cosas! Tenemos las palabras para romper el misterio encerrado en la naturaleza. Todo lo que constituye y roza el mundo de la credulidad está revestido de un halo de santidad, bondad, virtud y ejemplaridad; no admite que pueda haber magia, sinrazón o lavado de cerebro. Escarbamos en varios diccionarios de sinónimos.
Para la palabra ATEO encontramos los siguientes: incrédulo, impío, irreligioso, escéptico, librepensador, antirreligioso, pagano, profanador, indiferente, indevoto, teófobo, profano, laico, irreverente, irrespetuoso, apóstata, relapso, infiel, heterodoxo, sacrílego, blasfemo, impenitente, incluso inhumano (¿?). ¡Y quizá todavía se puedan encontrar más! ¿Puede alguien pensar el porqué de tamaña desmesura lingüística?
Para expresar un hecho o nominar una cosa, debería bastar una palabra, aunque haya otras para resaltar matices del mismo hecho. ¿Pero tantas? ¡Cuántos términos peyorativos han acuñado las religiones para desvirtuar la esencia de lo que se entiende por "hombre que vive según los dictados del sentido común, de su razón"!
Las palabras, además, tienen otros componentes añadidos, los de provocación, defensa o sugestión. Un detalle: al que cree en Dios se le llama “creyente” y al que no, “in-crédulo” pero no “increyente”. Si cambiamos las tornas se apreciará un “leve” e “incómodo” matiz diferenciador: “crédulo”, al que cree y “no creyente” al que no cree. Matiz despectivo frente a matiz apreciativo. Pero el paso no debe ser ése, sino algo más sustancial. ¿A qué nos referimos? Al hecho sustancial de que las personas son todas iguales y todas razonan y, sin embargo, hay algunas que, o dimiten de razonar o añaden algo a su pensamiento, la credulidad.
Entre los creyentes se da una apreciación perversa respecto a sus congéneres, que relacionan a TODAS las personas con la creencia. Si creen son creyentes y si no creen son incrédulos. Por eso la dualidad no debe situarse en esos términos de oposición. El que “no cree en todo eso” ha de tener denominación positiva y no negativa como “personas” a secas, pensadores, personas normales, razonantes frente a denominaciones crédulas ofensivas de “ateos, incrédulos, agnósticos”, etc. Dentro de su propio ámbito, hay otro término peor que incrédulo, más ofensivo todavía, el de hereje que proviene de un vocablo griego, “aíretikós”, “el que opta por, el que escoge, apto para elegir”.
Así pues, es preciso inventar vocablos adecuados. Al instalarse en la mente, y en el uso, y ser de dominio social, desvirtuarían todo el poder de ensoñación que tienen las palabras. Podríamos aplicar su propia medicina, la que han aplicado a las personas normales: llámese al creyente, crédulo; al devoto, santurrón; al místico, iluminado o pirado; al conventual, misántropo; al espiritual, espiritista... Incluso definiciones: la así denominada por ellos “Iglesia como comunidad de todos los creyentes y santos”, degeneraría en “Iglesia, comunidad de todos los crédulos y santurrones entregados de forma fanática a prácticas mágicas”.
No es de recibo ser nominados con términos negativos quienes, positivamente, se desenvuelven y discurren por la vida usando el sentido común y la razón, los que llaman las cosas por su nombre, los que perciben el engaño donde está, los que no tienen tragaderas para ruedas de molino... No son admisibles las locuciones “anti”, “a” “des”, “in” porque la persona que piensa no está “contra” nada, sino “por encima” de todo eso. El a-teo, a-gnóstico, in-crédulo etc. no es sino pensador, docto, consciente, humanista, razonador, o quizá metodísofo, sofístrico, andrólogo, sofiólogo, cienciófilo, etc. Son los crédulos quienes mantienen posturas i-rracionales, anti-humanas, in-sensatas, des-atinadas...
¿Se da cuenta alguien cuán difícil es dar nombre a la persona limpia de credos? Sigue sin haber palabras adecuadas porque de todas las relevantes se ha apropiado la creencia.