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Recompensa del ciento por uno

¿Qué es esto que dice el Evangelio de Marcos, reproduciendo, supuestamente, palabras de Jesucristo? (Marcos, 10.28-30)

Recompensa del ciento por uno.

Pedro tomó la palabra y dijo: Mira que nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido. Le respondió Jesús: De verdad os digo: ninguno que por amor a mí y por el evangelio haya dejado casa, hermanos,hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno ahora en este tiempo, en casas, hermanos, hermanas,  madre,  padre,  hijos y hacienda, con persecuciones; y en el tiempo venidero, la vida eterna. Pero muchos pasarán de primeros a últimos, así como de últimos a primeros.

¿Cómo interpretar este texto que también recoge Lucas (18.29) y que, con seguridad, Marcos no calibró en toda su complejidad y consecuencias? Si, como es lógico,  no quiso decir lo que literalmente dice, ¿pueden recibir otras interpretaciones las palabras que Marcos pone en boca de Jesús?

Tomado en su absoluta literalidad, este texto resulta hasta escandaloso. ¿Quién no dejaría todo y seguiría las sendas de Jesús a la espera de lo prometido? Vista la deriva posterior y en lo que resultó el cristianismo, nunca una profecía tuvo tan clara realización, tanto en una consideración más loable como en otros aspectos no menos productivos.

En nuestros días, en que ya la Iglesia ha rebajado sustancialmente su patrimonio, hemos visto cómo una orden religiosa o congregación, el OPUS DEI por proximidad, lo ha cumplido al pie de la letra en bienes materiales, y también en hijos, pues aparte de las riquezas que ha generado y arracimado, se dice de las familias opus deístas que son prolíficos a la hora de cumplir con el precepto de creced y multiplicaos.

No hay que llevar a la ironía el asunto ni tomar a broma ni como algo simbólico lo que evangelios o cartas de San Pablo dicen. Recordemos en su semejanza aquello de “las mujeres callen en la asamblea” de Pablo de Tarso, que supuso la exclusión del elemento femenino de todas las ceremonias cristianas durante siglos y de la organización de la Iglesia. También merece atención ese “ciento por uno”.

Volviendo al pasaje de referencia, bien sabemos el modo como hizo realidad la Iglesia esta perícopa evangélica, multiplicando por cien su patrimonio y expandiéndose merced a la represión total del resto de religiones del Imperio. Sin embargo ya hubo Padres de la Iglesia, siglo IV, como Basilio, Jerónimo o Crisóstomo que denunciaban determinados excesos: “No es cristiano tener sobrantes mientras otros no tienen lo necesario”.

En sus principios, la Iglesia entendió este pasaje no de manera literal, por supuesto, sino como multiplicación de la hermandad de creyentes, porque los primeros cristianos encontraron en el seguimiento a Cristo una comunidad donde ponían las cosas en común y nadie padecía necesidad (Hechos 2, 44). Los misioneros como Pablo o Pedro vivían literalmente de los demás, hospedados por familias cristianas en cada ciudad: Lidia en Filipos, Priscila y Áquila en Corinto, Filemón en Colosas, etc. 

A lo largo de la historia, miles de seguidores de Jesús dejaronpatria, bienes, familia, proyectos personales para anunciar el Evangelio. Y recibieron “cien veces más” en forma de comunidades que los recibían, apoyo material, afecto, sentido de vida y estabilidad espiritual.

Pero también llegaron los excesos. Seguir a Jesús unos lo entendieroncomo encerrarse en cenobios y monasterios, otros como ponerse al servicio del culto y la predicación o regir los destinos burocráticos de la Iglesia. Ya casi desde el principio, ambos “procuraron” llegar a ese ciento por uno. Los primitivos centros de reunión de los cristianos se convirtieron en iglesias y basílicas, muchos de estos centros erigidos sobre edificios paganos, y éstas en suntuosas catedrales; los monasterios, superpoblados, hubieron de disponer de medios bastantes de subsistencia así como de alojamientos, no dignos y sí dignísimos.

Fue a partir de la Edad Media, siglos X y siguientes, cuando esto se convirtió en desmadre. Donde en un principio se entendió que Jesús se refería a personas, la Iglesia lo extendió a instituciones. Muchos monasterios, catedrales y diócesis llegaron a poseer extensiones enormes de tierras, diezmos, derechos señoriales, rentabilidades agrícolas, inmuebles urbanos, hospitales, escuelas, universidades, etc.

Como ejemplo y paradigma de monasterio inmensamente rico se cita el de Cluny, en la Borgoña (s. X y XI), con su red de prioratos. Llegó a poseer miles de hectáreas de tierras de labor, cientos de aldeas enteras, rentas de casas y tierras, ganadería, molinos, bosques, viñas, donaciones de reyes y nobles. Era tan rica que construyó la iglesia monástica más grande del mundo antes de San Pedro de Roma. Muchos monjes vivían con desmedido lujo, vajillas caras, ropas finas, liturgia muy ornamentada.  Contra tal desmesura, Bernardo de Claraval fundó el Císter (XII) que, oh paradoja, llegó a sobrepasar en riqueza a Cluny.

Como visita turística, sugiero examinar los monasterios de Admont en Austria, el de Eberbach en Alemania o el ortodoxo ruso de Sovoletsky. En España hubo monasterios muy longevos que emularon a los citados, cuyo patrimonio fue creciendo exponencialmente durante siglos.  Citamos el de San Lorenzo de El Escorial (Jerónimos) porque fue uno de los complejos monásticos más ricos y arquitectónicamente ambiciosos del mundo. Este enorme complejo palaciego y monástico poseyó muchísimas  tierras, bosques, molinos y recursos otorgados por Felipe II. Gozaba de rentas enormes procedentes de aldeas y heredades. Todavía se puede admirar, entre otros bienes, su riquísima biblioteca (manuscritos, incunables). Fue una de las instituciones religiosas más ricas y poderosas de España. En el siglo XVII se decía: “Los Jerónimos gobiernan como príncipes bajo el manto del Rey”.

Pero había muchísimos más: monasterio de Guadalupe centro económico extremadamente poderoso en Extremadura;  Cartuja de Miraflores;  San Millán de Yuso y Suso;  Oseira en Orense; San Zoilo en Palencia; Cartuja de Granada; Poblet y Santas Creus, etc. Y dado que muchas órdenes disponían de multitud de monasterios, preciso es señalar las más ricas de todos los tiempos: Jerónimos, Jesuitas, Franciscanos, Dominicos.  

Siendo honestos, hay que reconocer la labor social que los monasterios cumplieron a lo largo de los siglos: todos ellos dedicaban gran parte de su riqueza a crear y mantener hospitales, dar limosnas y alimento a los pobres, alojar peregrinos, educar, alimentar a regiones enteras en tiempo de hambrunas, copiar manuscritos, mantener obras de arte, archivos y bibliotecas...      Era la función social y cultural que no cubrían los estados.

Este verano he visitado el que fuera gran monasterio cisterciense, Santa María de Rioseco, en el valle de Manzanedo, Burgos, junto al río Ebro (visitar la WEB monasterioderioseco.com). En su recinto llegaron a residir más de 100 personas, entre monjes y legos. Su “coto redondo” (dominio monástico) disponía de múltiples bienes agrícolas, ganaderos, hidráulicos e industriales (molinos, batanes) así como residencias diferenciadas dentro del monasterio y fuera de él, hospedería y hospital. Disponía de tierras en renta a más de 200km. Su cabaña ganadera, según el Catastro de Ensenada, constaba de 2.000 ovejas, 200 carneros, 16 vacas, 70 cabras, 31 chivos y 12 cerdos.

Es triste recorrer España y comprobar la ruina económica y cultural que supusieron tanto la invasión francesa de 1808 como las sucesivas desamortizaciones del siglo XIX, comenzando por la del ministro Mendizábal. Fue inmenso el patrimonio que salió de España, que nutrió museos y bibliotecas de medio mundo  y que finalizó en ruina y expolio de edificios, que sirvieron de cantera para los pueblos de alrededor. Pero de nada sirve lamentar el pasado: “sic transit gloria mundi”, cuando la Iglesia no presuma de “gloria mundi”.

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