La religión y la bondad de las personas.
Toda religión presupone dos, incluso tres elementos en mutua relación: el individuo, la comunidad y el referente universal, el Ser Supremo, llámese como se llame, Dios en la cultura occidental. En todas las civilizaciones y en todos los tiempos se ha dado este conglomerado asociativo. Dada su universalidad, parece que no puede haber sociedad si no existe religión.
Para el individuo la adscripción, primero a la comunidad de creyentes y luego a la “religación” con un Ser que rige nuestro destino, supone vincularse a un tinglado previo, supone también una actitud positiva, implica la aceptación de una doctrina previamente constituida, la práctica de unos ritos… y someterse a una moralidad acorde con lo prescrito. No es religión una vaga creencia en “algo de ahí arriba” ni un panteísmo difuso donde cualquier cosa puede representar a Dios.
Pero a la vez que todas las culturas han desarrollado su propia religión, han surgido en el seno de todas ellas voces que han cuestionado tal situación y se han hecho la pregunta de “religión para qué”. Evidentemente han sido individuos “raros”, heterodoxos, disconformes con el entramado social, calificados por el status como “apóstatas” o cismáticos. La sociedad no soporta bien la disidencia, sea del carácter que sea.
Esa misma pregunta venimos haciéndola en este reducto desde hace ya veinte años, cuando comenzamos a escribir en el “otro” recinto de Religión Digital. Lógicamente hemos recibido las condenas y zurriagazos de quienes “viven bien” dentro del entramado creyente. Pero la pregunta sigue resonando en el etéreo: “religión para qué”, “un Dios por qué y para qué”, “de dónde tales necesidades”.
Nos vamos a quedar en algo de lo que, si ahondamos en las consecuencias, no podemos disentir del influjo benéfico de una en otra: religión y moralidad. De lo otro, aceptación de doctrina y seguimiento de una praxis, no es momento ahora de hablar. Dicho de otro modo: ¿incita o ayuda la religión a ser mejores? A esta primera pregunta hay que asociar otra: ¿es necesario ser creyente para subir en el escalafón de la moralidad?
A la primera pregunta respondo sinceramente que sí. Lo mismo que cualquier ideal empuja a una persona a llevar a cabo las propuestas de acción derivadas (política, literatura, arte, solidaridad, el bien común, etc.), la doctrina moral derivada de cualquier religión sí ayuda a ser mejores personas. Revolver en soflamas de amor no puede por menos de derivar en buenos sentimientos. Y éstos generan a su vez comportamientos acordes.
PERO… el sempiterno “pero”. Todas las religiones han dado prevalencia a la adscripción, a la aceptación de la doctrina y a las prácticas, siendo la prédica de la moralidad una consecuencia de todo lo anterior. El “pero” estriba en que la religión nunca es ni ha sido ni puede ser fundamento de la moralidad. Podríamos decir que en la conciencia de todo hombre radica el comportamiento moral. Esa conciencia es la que fundamenta, por otra parte, el código universal de leyes de que la sociedad se dota. Más todavía, la moralidad religiosa añade elementos crédulos inasumibles por el resto de los humanos, algunos de ellos derivados de “necedades” conceptuales aparejadas a cualquier religión.
Por otra parte, no podemos olvidar que, históricamente, las religiones también han incitado al odio, a la destrucción, al vandalismo, a la persecución y a la muerte. Todo depende de la situación vital en que se hayan hallado, es decir, del poder acumulado. Un ejemplo, la religión católica: hoy se acerca al pueblo con la prédica de la comprensión, el amor, la tolerancia ¡y hasta la democracia y la ecología! ¿Por qué? Porque sienten que su doctrina está desacreditada. No tanto conceptualmente cuando vitalmente. En realidad, el argumento de que la fe hace mejores a las personas o que contribuye a civilizar la sociedad, es el último argumento que les queda cuando han agotado los demás. ¡Si no lo hubiéramos percibido en los últimos sermones de nuestros últimos y bienamados prebostes madrileños hace pocas décadas!
Hasta hemos escuchado a fieles creyentes hacer dejación de los credos para salvar los muebles, haciendo de la moralidad su último argumento: ahora la moralidad salvaría a la religión. “Vale, dejemos a un lado ese Dios tremendo del Éxodo; dejemos la encarnación y la virginidad de María; dejemos la huida nocturna de Mahoma a Jerusalén... Pero ¿qué sería de las personas que no tuvieran fe en un Ser Superior? ¿No se abandonarían a todo tipo de licencias y caerían en el más puro egoísmo?” Esto, sencillamente, es mentira.
O también el otro argumento, que quizá tenga más sustancia porque lo dijo Chesterton: “Si la gente deja de creer en Dios no es que no crea en nada, es que cree en cualquier cosa”. Otra tontería más para quien goza de pensamiento propio.
Veámoslo bajo otro punto de vista: ¿para ser caritativo, para ser justo, para ser honrado, para interesarse por los problemas de los demás... tiene uno que creer que Buda nació de una hendidura en el costado de su madre? Y referido al cristianismo o al islam: ¿alguien con un mínimo de honradez cree que para ser buena persona hay que tragarse que Cristo murió por nosotros o que Mahoma recibió la revelación del arcángel Gabriel? ¡Ni ellos mismos se lo creen!
Ojo que tampoco tenemos que deducir, cuando uno de sus miembros no actúa conforme a sus cánones, que las creencias son perversas “per se”. Es digno de ver cómo en toda el área budista —Birmania, Tailandia...-- los donativos de los fieles caen a chorros en cuencos dispuestos al efecto. ¿Voy a deducir que el budismo es perverso porque uno de sus monjes se apropie de la recaudación del mes?
Pero, aunque no podamos deducir eso, sin embargo también la propia doctrina incita a conductas depravadas o desalmadas. Cuando un sacerdote “se porta mal”, su delito parece todavía más grande, porque, por profesión, él debe ser ejemplo de vida. Evidentemente no podríamos achacar esa conducta pervertida a la doctrina que predican sino a la represión sexual en que vive sumido... ¡Pero resulta que una de las doctrinas que predican es la represión sexual y que el modelo más perfecto de vida cristiana es pobreza, castidad y obediencia! Pues así les va a muchos. En algunos aspectos de la vida, por tanto, también la religión es fuente de perversión.
La gente normal, el pueblo llano, ya ha dado cuenta de tales incongruencias en multitud de chistes y chascarrillos que, en muchos sentidos, al menos en el irónico, reflejan lo que son y viven. En otras palabras. Dicen ellos que el hecho de creer les ayuda a ser mejores. Mentira. No se necesita creer para ser mejor. Si fuera así, España y Europa serían, hoy, territorios habitados por bestias y desalmados: el índice de gente que da de lado los credos supera el 80%. Hoy Europa es una región del mundo con más conciencia de los valores humanos, amante de la paz, democrática, más solidaria con el mundo que antes (esclavismo, colonialismo) ... Con mucha frecuencia el hecho de creer lo que ayuda es a buscar el modo de contravenir lo que creen.
Creo sinceramente que la inmensa mayoría de los consagrados son buenas personas. Sin embargo, todos conocemos y todos tenemos en nuestro entorno conocidos que son piadosos y fervorosos pero que son una ofensa a la convivencia; que enervan a quienes les tienen que sufrir; que destruyen la avenencia familiar; que se erigen insultantemente en modelos de perfección; que reprochan con su mirada y con sus silencios la forma de vivir de los demás; que ni siquiera están dispuestos a ayudar porque el otro no va a misa; que no participan en las alegrías “mundanas” porque eso sería escupir a Cristo; que no van a tal fiesta familiar porque tienen que leer en la novena al Cristo llagado; que confunden un “taco” con falta de principios morales... En definitiva, que asimilan valores con credos y tópicos morales deducidos de ellos. Incluso los hay que añoran y justifican regímenes dictatoriales por haber sido o ser cristianos; que suspiran por políticas represivas; que son verdaderos tiranos para sus subordinados laborales; que... Y todo eso viene propiciado por el credo, que es el que “vivifica” (ironía de la palabra) su conducta.
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