¿Qué sabía Pablo de Jesús?
Es de suponer que Pablo de Tarso fuera una persona como nosotros, nacido de padre y madre, niño como los demás, posiblemente despierto y revoltoso, que estudió lo que en ese tiempo se enseñaba, que trabajó, según dice él mismo, en la industria del cuero --fabricante de tiendas-- (Hechos, 18, 1), que experimentó las mismas necesidades nutricias que nosotros…
A fuerza de encumbrarlo con santidades y fiestas, a fuerza de hacerle decir en las iglesias las mayores burradas conceptuales que imaginarse puedan, a fuerza de colocarle el epíteto de apóstol de la Iglesia… parece que Pablo no era igual que nosotros, no era hombre, no era persona, era algo más. De lo que se deduce que sólo podía ser o un héroe como Heracles o Ulises, héroe de la palabra, o un semidiós, un Apolo redivivo.
Pero sigo pensando que SÍ era como nosotros, que entendía, razonaba, pensaba y sentía como nosotros. Que sus conocimientos provenían de fuentes como las que nosotros disponemos, exceptuando la Wikipedia: la educación recibida, la experiencia sensible, las lecturas, el contacto social. Un hombre apasionado, erudito, hombre culto, políglota, fiel observante de las leyes civiles y religiosas.
Pues pensemos en consecuencia: ¿qué podía saber de Jesús? ¿Qué sabía Pablo de aquello en lo que creían quienes él perseguía, antes de caer del caballo y estar tres días cegado? ¿Qué sabía de su vida? ¿Qué sabía de la predicación directa, realizada en tiempo y lugar, de Jesús?
La respuesta que se deduce de sus escritos es… nada. En sus escritos más originales y propios nada dice sobre hechos biográficos de Jesús. Tampoco habló en años con personas que sí habían conocido, seguido o escuchado a Jesús. Quizá durante los tres días de ceguera física y de ejercicios espirituales regenerativos, su cuidador Ananías, cristiano, le puso al día de la esencia del mensaje de Jeús. Tras su sanción, y según parece en los años 38-39, se dedicó a esparcir su nuevo credo y a revelar su conversión milagros. Así consiguió atraer a algún que otro discípulos. Tras esto viajó por Arabia (¿reino nabateo?) dando a conocer sus revelaciones. Su viaje a Jerusalén no fue para recabar doctrina, más bien para confirmar la suya: fue para discutir sobre la predicación a los gentiles con los capitostes de la naciente herejía judía (Pablo nunca renegó de su condición de judío).
El conocimiento que Pablo podía tener del Jesús de carne y hueso sólo podía ser superficial --es también un suponer--, de aquello que los cristianos a los que perseguía decían de él: que había sido un gran profeta, que era el mesías, que había muerto (y no por nuestra culpas, sino por inquina de los judíos o por revolucionario según los romanos) y que, como decían sus seguidores, había resucitado. Que era lo que él, a fuer de buen judío, negaba en su interior con ira y saña en su etapa persecutoria.
¿Qué sucedió entonces con Pablo de Tarso para cambiar tan radicalmente de posición y elaborar doctrina tan elaborada sobre Jesús?
Hablemos como si fuera igual que nosotros y conjeturemos hipótesis: por efecto del calor del verano en esas tierras desérticas, por falta de hidratación, por un ataque epiléptico o por hipotensión, sufrió un desvanecimiento y cayó del caballo. En su desvarío de tres días, el remordimiento de su conciencia por perseguir a gente que en el fondo era buena, le llevó a pensar si no tendrían razón en aquello que creían. Podría haber otras hipótesis, pero no es cuestión de abundar en exceso. ¿No es esto más admisible, por razonable, que apariciones e inspiraciones?
Dice Pablo en sus cartas que todo lo que sabe de Jesús le ha sido revelado, que lo sabe por inspiración divina. Y otros dicen: auto engaño, forma de hablar, auto convencimiento… Persona lista como era, persona cultivada como se sabe que fue, le bastó poner en correlación textos del A.T., creencias paganas, bien de la religión Egipcia, bien grecorromana, incluso creencias provenientes de la lejana India y esparcidas por creyentes hinduistas… para deducir que todo ello se resumía en la figura de Cristo.
¿De dónde recibe su inspiración? Nadie que sea persona normal puede creer que el Espíritu Santo, que no existía por entonces en ese entorno paulino, le dictara enseñanzas y pensamientos “cristológicos”. Más lógico es pensar que todo surgía de su propio acervo cultural.
Su conocimiento del A.T. era profundo, como se demuestra en sus cartas; el pensamiento imperante en ese tiempo, lo que conocemos como helenismo, se había depurado mucho de creencias fantasiosas para adquirir tintes más espirituales y, sobre todo, éticos. Precisamente la mitología imperante se había trocado en doctrina salvadora. Las religiones de los misterios, de Persia, de Egipto, incluso de la India, tenían enorme predicamento. Y, finalmente, es lógico suponer que en el entorno donde él se encontraba hubiera judíos cristianizados que le hablarían… Lo unió todo y hete aquí que surgió el cristianismo como es hoy día. Construyó el personaje que a su vez le inspiraba lo que tenía que predicar y escribir.
Apareció el “apóstol” (del griego apó stello, enviar lejos). Como mucho, todo lo que posteriormente supo de Jesús eran dichos, expresiones y sentencias que corrían de boca en boca entre los primeros cristianos (todavía no se llamaban así, pero es lo mismo) que, en cuanto a moralidad, en poco diferían de las enseñanzas neotéricas o estoicas.
Y Pablo empezó a comunicar sus deducciones entre los más cercanos. Y fue adjuntando acólitos y fue formando escuela. Y comenzó a escribir. ¿Cuándo? Muy pronto, desde luego mucho antes de que otros, como dice Lucas en su proemio, pusieran por escrito los dichos y hechos de Jesús para que no cayeran en el olvido o fueran tergiversados. Primero las Cartas, luego los Evangelios.
Es importante hacer notar este hecho: los primeros escritos “cristianos” fueron algunas cartas de Pablo. Los evangelios se escribieron después. Todas las, por así decir, creencias circulantes de Jesús y sobre Jesús eran “ágrafas”, eran orales. De ahí que cobre suma importancia el hecho de que alguien consignase por escrito doctrina más profunda sobre él.
Insistimos en que es de suma trascendencia, porque los escritos que vinieron después de Pablo NECESARIAMENTE tenían que estar en consonancia con aquello que éste había predicado, difundido y sobre todo escrito. No es aventurado decir que muchas afirmaciones de los Evangelios pueden estar escritas precisamente para confirmar lo que Pablo dice en las Cartas. Añadidos y absurdos para que los hechos coincidieran con las enseñanzas de Pablo.
El cristianismo de Jerusalén, comandado por Santiago, feneció. En su lugar se alzó el de Pablo de Tarso. Nadie entre los cristianos de Jerusalén se hubiera atrevido a difundir la doctrina de Pablo, que no casaba con lo que el Maestro enseñó en vida. Pero… Jerusalén fue arrasada por los romanos y las pequeñas comunidades primitivas de cristianos por el ecumenismo de Pablo de Tarso.
Respecto a los que elaboraron las cartas hoy claramente fuera del catálogo paulino –Hebreos, II Tesalonicenses, Efesios, Colosenses, Timoteo I y II, Tito--, la pregunta se torna reiterativa: ¿también los que escribieron dichas cartas recibieron la inspiración del E.S.? Uno se atreve a pensar de manera más humana y lógica, a saber, que seguían el estilo de Pablo, como ocurre en la pintura, escultura e incluso literatura cuando se habla de “escuela de”; que escribieron al dictado, cuando no copia de conceptos, de lo que veían en su maestro Pablo.
En siglos algo alejados de la tiranía doctrinal cristiana, mucha gente versada en estos asuntos comenzó a rebuscar en Cartas y Evangelios, vio las contradicciones, dedujo los añadidos, expurgó originales, señaló adiciones e interpolaciones… De todas formas, cualquier profano por poco que haya leído sus cartas ve la enorme diferencia que hay entre Gálatas, auténtica, y I Timoteo, adjudicada.
A despecho de lo que ahora se sabe, todavía hoy vienen los pazguatos de la doctrina inamovible a desbarrar contra aquellos que han dedicado sus esfuerzos y sabiduría a estudiar los escritos neotestamentarios. Los métodos son los sabidos, comparar lengua, formas literarias, contenidos, palabras y giros de frases, etc. No digamos nada del pueblo fiel ignaro: “Lectura de la Carta de San Pablo a los Efesios… Palabra de Dios. Te alabamos Señor”.