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Un siglo de decadencia religiosa

Las religiones, tanto para crecer como para diluirse en el tiempo, no siguen el curso de los sistemas políticos al uso, cuyo ascenso o ruina son a veces instantáneos, proclives a revoluciones, levantamientos, pronunciamientos, conquistas o, incluso, desastres naturales. En las religiones no suele haber revoluciones, como mucho, concilios. Tienen una vida más longeva, pero al fin, como hechos humanos, todas siguen procesos similares. Es la vida, nacer, crecer, desarrollarse y morir.

¿Qué vemos en nuestros días en la Iglesia Católica, la que es nuestra religión, la verdadera? No se puede decir que sean sus mejores tiempos, pero tampoco podemos decir que sean de declive y menos que sean agónicos. Sus más de mil millones de fieles lo testifican y su estructura sigue siendo sólida como la roca que Jesús puso en Pedro. Podemos afirmar que es la religión más refinada y pulida de las que existen. 

Muchos, sin embargo, afirman que la Iglesia camina hacia la futilidad, la irrelevancia, primero en el próspero mundo occidental y, llegará por simbiosis, en otros países hoy muy católicos. Dos son los motivos que aducen, la ausencia de vocaciones y, por tanto, de repuesto en su rectoría, y la desafección del pueblo hacia los oficios y ritos religiosos. Eso en lo que hace relación a las bases sociales de que se nutre. Pero “parece” que hay algo más.

Recojo unas expresiones un tanto crípticas de Pablo VI, el papa que concluyó en 1965 el concilio iniciado por Juan XXIII. Este papa buscaba que la Iglesia fuera más atractiva, quiso ponerla al día, que no pareciera una sociedad inmovilista y que se adaptara a los avances sociales.  ¿Se refería Pablo VI, pasados los primeros años de euforia propiciados por el Concilio Vaticano II, a los efectos y sus consecuencias prácticas?

Ya el historiador Arnold Toynbee en su libro Estudio de la Historia hacía alusión a cómo estructuras políticas o religiosas habían sucumbido no tanto por causas exógenas cuanto por crisis internas. Algunas sociedades, también empresas, no suelen sucumbir por enemigos que las combaten cuanto por propia demolición interna.

La Iglesia ha venido padeciendo acometidas de muy diverso signo, comenzando por las tan sobredimensionadas persecuciones de emperadores romanos. Las herejías, que más bien eran manifestación de vitalidad desatinada, fueron todas ellas raídas de su seno. En un momento de cambio de ciclo histórico, supo incorporar dentro de su seno el dinamismo del humanismo renacentista. La Iglesia salió triunfante en la época de la Ilustración por el inmenso poder económico y político que ostentaba, por el control social que ejercía y por el respaldo del pueblo ignorante, mantenedor de las tradiciones religiosas arraigadas de forma inalterable en su seno.

Sin embargo, no pudo imponerse a la imparable ola de contestación que supuso el Modernismo o, en términos generales, la modernidad que llega a nuestros días. El libre examen protestante del XVI llegó a capas populares en el XIX cuando gentes que habían accedido a la cultura pusieron en solfa la doctrina católica y los discursos de la jerarquía; se relajó la moral cristiana, tan coercitiva en tantos aspectos de la vida; frente a la ascética cristiana primó el hedonismo, la permisividad sexual, el feminismo. Como epígono, las dos grandes guerras mundiales supusieron una de las mayores crisis del cristianismo respecto a la existencia de un Dios providente y paternal. Ya Benedicto XVI, sin pretenderlo, lo expresó con aquel “¿Dónde estaba Dios…?” en su visita a Auschwitz

Lo que fue una mera corriente intelectual en su principio, ha supuesto un tsunami en las últimas décadas. Todo ello ha supuesto la mayor desafección de los siglos con relación al cristianismo (católicos y protestantes). Las estadísticas no mienten y se manifiestan en muchos aspectos: espantada en las órdenes religiosas, rechazo laboral en la elección de profesión, carencia acrecentada de repuesto (vocaciones), cierre de seminarios, iglesias desatendidas, vacío de los ritos y vulgarización de los mismos, peligrosa deriva filo comunista en algunos teólogos (teología de la liberación o expresiones ambiguas de “un tal” Francisco), relajación en la disciplina del clero, escándalos financieros y de conducta y detalles menores como la consunción del prestigio de los sacerdotes y párrocos al confundirse con el pueblo llano (traje talar).

Hay ligeros “detalles” en alusiones y silencios de determinados papas que dan que pensar. Comenzando por el que inició el concilio Vaticano II, Juan XXIII. Siendo el comunismo el mayor enemigo de la Iglesia y de la civilización occidental, después de los acuerdos con la URSS imperó el silencio por no herir susceptibilidades. Aquí, ni cortesía ni valentía: silencio.

¿Y qué decir del desaparecido Francisco, al que tildaron de izquierdista y filo comunista?  Afirmó que Cristo quería una sociedad similar a la que prometió el marxismo bajo su yugo. O aquel exabrupto de “son los comunistas lo que piensan como los cristianos”. ¿Y León XIV? En España habló y habló y expresó su “amor” por los desplazados. Muy bien. ¿Entiende realmente lo que puede ser una quiebra económica y social? Bienvenidos todos, venid a gozar del bienestar… que así podréis destruirlo. ¿Qué piensa ahora de lo ocurrido en Ceuta? Los demás decimos: 1uiebra de una sociedad, la ceutí, por invasión de los desheredados de la Tierra. Así no se solucionan las cosas porque esa sociedad termina como la aborigen.

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