Testimonio de un "ex"
Hace más de sesenta años, un hombre, aún joven, criado en el catolicismo y viviendo en un entorno católico practicante, educado en colegio religioso, deseaba profundizar en su fe. Y, además, por aquel entonces, estaba de moda en los seglares.
Fue en Salamanca, allá por los años del Concilio Vaticano, (el segundo, ¿eh?, porque el primero...) cuando la Iglesia vivía en ascuas. Todavía este ahora “viejoven” recuerda, hoy, los enfrentamientos dialécticos entre el profesor de Dogmática (tridentino berroqueño como las columnas del Vaticano) y el de Biblia, (un escriturista muy preparado que sabía interpretar las Escrituras como Dios manda, y que rechazaba los argumentos bíblicos para explicar ciertos dogmas.)
Ya esto me abrió la mente. Terminé sacando la licenciatura en Sagrada Escritura, pero fue entonces cuando aconteció la ruptura. Esa ruptura vino "no repentinamente" (como a san Pablo), ni por un acontecimiento concreto, sino a medida que "más" me iba formando en Teología: el descubrimiento personal, racional, entre otros temas y otras consideraciones, de que los Evangelios no son más que una "acomodación" de las “profecías” a la persona de Jesús de Nazaret. Cuando no “invenciones” de hechos ocurridos en culturas aledañas.
Doctrina, posteriormente (¿o anteriormente?), muy bien elaborada y ajustada por Pablo de Tarso, el fariseo más “fariseo”, y que fue el “verdadero fundador” del Cristianismo. Tan inventor de doctrinas como sus seguidores “evangelistas” (no olvidemos que los Evangelios son escritos posteriores a las Cartas).
La Historia post paulina ha venido demostrando suficientemente que la Iglesia cristiana, desde los primeros tiempos, ha "abducido" los ritos profanos, no sólo "sacralizándolos", que ya encerraban todos algo de "mistérico", sino que, para evitar magias y nigromancias, los "divinizó". Por eso, quien mezclaba lo "profano" con lo "sagrado" cometía una profanación, un "sacrilegio".
La prueba más contundente la tenemos en los "sacramentos" y sus rituales. La Iglesia "divinizó" ritos profanos de la mayoría de las civilizaciones que marcaban las diferentes etapas de la vida de una persona: nacimiento, mayoría de edad, bodas, ritos curativos... Lo que se suele llamar en psicología “ritos de paso”.
Lo mío fue todo un proceso, y no corto ni fácil; tampoco traumático. Lo demás vino de la mano. Y precisamente, como trayectoria de “la propia coherencia”, no basado en la incongruencia ajena. Y sucedió lo mismo que haces cuando te decepciona tu pareja o tu mejor amigo: abandonarlo.
Luego, ese joven maduro tomó contacto con el mundo de la psiquiatría, y así ha terminado de “chalao”. Aquel joven, hoy “en senectud”, goza de la vida con sus recuerdos, con sus opiniones que no han variado, charlando distendidamente con quien quiere poner en orden sus ideas y que todavía mantiene viva la nueva fe en lo humano que vive.
Si lo pensamos seriamente, el "problema" no está en “la fe", sino en la "credulidad". Respetamos las creencias de nuestros convecinos que defienden sus principios, su fe. Pero los que ya en su momento tomamos otro rumbo, que fue la nueva deriva de nuestra fe, es “intentar" inducir a los "creyentes o crédulos" no a que "no crean", por supuesto, sino a que "no crean", en lo que sea “increíble”. Para esto, hay que reconocerlo, no basta con actitudes, hay que tener una base doctrinal que dé consistencia a una “actitud”, la de buscar la verdad. Lo otro, lo que ocurre con la mayoría, es no acudir y olvidar los ritos. Pero no piensan.
Y, a partir de nuestra experiencia, creemos que es honrado intentar abrir los ojos a otras personas que pueden estar viviendo, sin darse cuenta, las mismas "ficciones" que yo me creía a pie juntillas como dignas de fe (dogmas) y como doctrina divina. Sin traumas ni excoriaciones espirituales.
Respetemos las vivencias, pero aclaremos las ideas.