¿Envidioso yo? La emoción que enferma las relaciones y deshumaniza el cuidado
Humanizar desde dentro
La envidia, una emoción silenciosa que deteriora la salud emocional, debilita los equipos y desafía la verdadera humanización del cuidado.
Es el título del libro de mi compañero Luciano Sandrin, que tiene la habilidad de “ir por delante” en la reflexión y escudriñar dinámicas humanas que inciden significativamente en la humanización de la salud. El camino propuesto por quienes abogan por crecer en inteligencia emocional se queda, con frecuencia, en palabras o en pocas propuestas de no moralización sobre los sentimientos. Insuficiente a todas luces.
La humanización de la salud puede tener mucho que ver con la gestión de los sentimientos. No significa que esta sea la clave fundamental. ¡Ay, si no invocamos los valores! Pero, en efecto, cuando los sentimientos no están encauzados saludablemente, los equipos hacen aguas y los enfermos son mirados como casos clínicos, cuando no como objetos de análisis e intervención. Y es que la salud es más que el equilibrio de las funciones biológicas y más que el silencio del cuerpo.
Paseo por las definiciones
Daría para un estudio sesudo y en profundidad. No lo haremos. Pero algunas definiciones recogidas de aquí y de allá presentaremos.
Salleras Sanmartí la definía así en 1985: «El logro del más alto nivel de bienestar físico, mental y social y de capacidad de funcionamiento dentro de los factores sociales en los que vive inmerso el individuo y la colectividad». Sanmartí se refiere a capacidad de funcionamiento y reclama la dimensión social de la experiencia de bienestar.
Ivan Illich, en Némesis Médica, la define como «la capacidad del individuo y del grupo de ejercitar el arte de vivir, con sus lados oscuros —los del arte de sufrir— y con sus lados luminosos —los del arte de gozar—». No es poco referirse a la salud como un arte, y no solo relacionado con el bienestar, sino también con el sufrimiento.
En el Congreso de Médicos de Perpiñán (1978), la salud fue definida como «un modo de vivir autónomo, solidario y gozoso». Se pasa así de la salud entendida como estado a la salud entendida como modo de vivir.
No menos interesante resulta la definición de Tremblay Jean Claude al referirse a la salud como «estado de bienestar resultante de una armonía física, psicológica y espiritual del ser humano». La categoría central es la armonía entre las diferentes dimensiones de la persona.
Diego Gracia Guillén se refiere a la salud como «capacidad de posesión y apropiación por parte del hombre de la propia corporeidad». Es una clara referencia al protagonismo biográfico de la persona sobre su propia vida.
Todo ello nos ayuda a comprender que la salud no puede reducirse al simple funcionamiento de los órganos. Reclama considerar lo emocional, lo social, lo valórico, la autonomía y la responsabilidad.
Responsabilidad ante las emociones
Promover la salud se convierte así en una responsabilidad de cada uno de nosotros para con nosotros mismos, para con los demás y para con el entorno que construimos.
Muy lejos de este planteamiento quedan aquellos estilos relacionales donde el profesional se limita a controlar parámetros y restaurar averías biológicas. Es una visión reduccionista que deja fuera la experiencia humana de quien sufre.
Las relaciones de ayuda no pueden consistir únicamente en la aplicación técnica de procedimientos. Son, ante todo, diálogo auténtico, conocimiento de la persona y encuentro con su mundo emocional. Han de ser, en definitiva, relaciones sanas.
El lugar de la envidia
Y es aquí donde aparece la envidia como una de las dinámicas humanas más corrosivas.
La envidia es como la carcoma. La mirada negativa —in-videre—, acompañada de malevolencia y maledicencia, resulta profundamente destructiva. Como auténtica «polilla del alma», erosiona tanto a quien la padece como a quienes la sufren.
Cuando no se transforma en una sana emulación positiva, el envidioso necesita destruir al otro por aquello que posee o representa. La envidia se convierte así en una de las grandes enemigas de la convivencia y del crecimiento personal.
Por la envidia entró el mal en el mundo, y por ella vivimos menos sanos. Como pasión triste, posee una extraordinaria capacidad destructiva, generando conflictos y deteriorando la calidad de las relaciones en equipos cuya misión, paradójicamente, es trabajar por la salud.
Si la salud tiene que ver con las emociones, también debe recorrer el camino de integrar los valores capaces de transformar y orientar esas emociones. Solo así es posible impedir que la envidia despliegue todo su potencial destructivo.
Quien quiera crecer en salud integral haría bien en examinar también sus sentimientos. Porque la verdadera humanización pasa por la educación emocional, la responsabilidad ética y el cultivo de aquellas virtudes que hacen posible relaciones más sanas y más humanas.