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La Asunción, los emigrantes y el cielo que no tiene fronteras

"Quizá la Virgen, este agosto, nos esté preguntando algo muy sencillo: ¿A quién has dejado fuera? ¿Quién está llamando? ¿Quién no tiene posada? ¿Quién espera detrás de una frontera? ¿Quién se ha quedado sin nombre?"

Virgen de los emigrantes

Agosto huele a fiesta, a pueblos que vuelven a llenarse, a campanas que suenan con una alegría antigua, a calles engalanadas, a procesiones, a reencuentros, a mesas largas donde alguien pregunta por los que faltan. Porque agosto es también el mes de los que regresan. Y quizá por eso la Virgen de la Asunción, en medio del verano, tiene algo que decirnos sobre los emigrantes.

Asunción de la Virgen. Bartolomé Esteban Murillo

María sube al cielo. Los emigrantes cruzan mares. Y nosotros, mientras tanto, ponemos fronteras. Qué extraña contradicción.

La Asunción celebra que María no queda atrapada en la muerte, que la vida tiene la última palabra, que el cuerpo humano —tan frágil, tan herido, tan vulnerable— está llamado a la plenitud. La Iglesia proclama en María una promesa: ningún cuerpo humano está hecho para ser descartado. Ninguno. Tampoco el cuerpo mojado de quien llega exhausto a una playa, abandonando neumáticos y creyendo que con ellos se van las penas. Tampoco descarta el cuerpo adolescente que tiembla después de atravesar una frontera, ni el cuerpo sin nombre que el Mediterráneo devuelve cuando ya no pudo más.

Y estos días, en torno a las celebraciones de la Virgen de Agosto , vuelven a golpearnos las noticias de la frontera. Ceuta sufriente. Otra vez Ceuta.

Una frontera que parece pequeña en el mapa y gigantesca cuando la contemplamos desde el agua. Una frontera donde caben muchas cosas: miedos, intereses políticos, estrategias internacionales, controles, acuerdos, cifras. Pero donde, sobre todo, ¿caben personas? Personas que quieren vivir. Eso es lo primero. Antes de cualquier estadística, antes de cualquier debate, antes incluso de nuestras legítimas preocupaciones sobre cómo gestionar los flujos migratorios, hay una persona que huye y que no empieza por preguntarse qué partido gobierna en Europa. Empieza por preguntarse si mañana podrá seguir viva.

Es el viejo instinto. El instinto de vida. Y junto a él, las ansias de libertad.

Lo escribí hace tiempo al recordar aquella imagen quijotesca de Goytisolo: el caballero andante acercándose a las fronteras para socorrer a quienes, a nuestros ojos acomodados, parecen haber cometido el delito de querer vivir. Sigo pensando que aquel “delito” es hoy uno de los grandes escándalos de nuestro tiempo.

llegada de migrantes a Ceuta. Captura

Porque hemos conseguido convertir la desesperación ajena en un problema administrativo. Hemos aprendido a hablar de “presión migratoria” con una facilidad pasmosa. Presión. Como si fueran números que empujan una puerta. Como si detrás de cada cifra no hubiera una madre, un hijo, un hermano, una historia, un miedo, una esperanza. Como si el mar no supiera distinguir entre un expediente y una vida.

Y mientras tanto, en agosto, nuestras imágenes de María recorren las calles. La Virgen asciende. Asciende llevando consigo la carne de la humanidad. No asciende dejando atrás a los que sufren. No se va al cielo para olvidarse de la tierra. Precisamente por eso me pregunto si nuestras procesiones serían verdaderamente marianas si no fueran capaces de detenerse ante quienes llaman a nuestras puertas.

María sabe de caminos. Sabe de desplazamientos. Sabe de fronteras. Sabe lo que significa ponerse en marcha cuando la vida obliga. Sabe también lo que significa buscar refugio. Por eso quizá el 15 de agosto deberíamos mirar de otra manera a los emigrantes: no como una amenaza que llega, sino como una humanidad que llama.

No para ingenuidades. No para negar la necesidad de ordenar las migraciones. No para convertir la política en sentimentalismo. Un Estado tiene derecho —y obligación— de organizar sus fronteras y establecer vías legales y seguras. Pero una frontera nunca puede convertirse en una excusa para olvidar la dignidad. Ni un acuerdo internacional puede comprar nuestra indiferencia. Ni una cifra puede sepultar un rostro. Porque la compasión no puede quedarse en un deseo: necesita decisiones realistas, vías seguras y responsabilidades compartidas. Por ejemplo, ampliar los cauces legales para quienes buscan protección o trabajo, reforzar la cooperación con los países de origen y tránsito y repartir de manera más justa , dentro y fuera de los países en este caso europeos – pero no solo-, la acogida de quienes llegan.

Estos días se habla mucho de Ceuta. Se habla de llegadas, de seguridad, de Marruecos, de presión, de respuestas políticas. Y está bien hablar de todo ello. Pero me gustaría que, en medio de tantas palabras, consiguiéramos pronunciar una más sencilla: hermano. Hermana. Porque ahí comienza el Evangelio. Y quizá ahí comienza también la verdadera política: la que sabe administrar sin deshumanizar, la que sabe proteger las fronteras sin blindar el corazón, la que sabe decir “hay límites” sin decir “tú no importas”, la que busca caminos legales porque sabe que, cuando se cierran todos los caminos seguros, la desesperación abre otros.

María de los emigrantes

Y esos otros caminos pasan muchas veces por el desierto, por las mafias, por las pateras, por el miedo, por el hambre. O por Ceuta.

Por eso este agosto quisiera hacer una pequeña provocación. Mientras nosotros levantamos los ojos para contemplar a María asunta al cielo, levantemos también los ojos para mirar a quienes todavía no han podido alcanzar la tierra firme. Porque la Asunción no puede ser una fiesta de evasión. Es una fiesta de esperanza. Y la esperanza cristiana no consiste en mirar al cielo para olvidarnos de la tierra, sino en mirar al cielo para aprender a transformar la tierra.

Quizá la Virgen, este agosto, nos esté preguntando algo muy sencillo: ¿A quién has dejado fuera? ¿Quién está llamando? ¿Quién no tiene posada? ¿Quién espera detrás de una frontera? ¿Quién se ha quedado sin nombre?

En muchos pueblos españoles, estos días, los emigrantes de ayer volverán a casa. Llegarán con sus hijos nacidos lejos. Traerán acentos nuevos. Recordarán fotografías antiguas. Se abrazarán a las mismas fachadas que un día dejaron atrás buscando trabajo, dignidad, futuro. Porque nosotros también fuimos emigrantes. Y tal vez esta memoria debería hacernos más humildes.

No hay pueblo que pueda escribir su historia solamente con los que se quedaron. La escribieron también los que se fueron. Y hoy otros vienen. Traen sus propias maletas, sus propias fotografías, sus muertos, sus canciones, sus dioses, sus sueños. Traen, en definitiva, lo mismo que llevábamos nosotros cuando partíamos: el deseo de que la vida pueda ser vivida.

El 15 de agosto, cuando suenan las campanas, quizá podamos pedir a María que nos enseñe a mirar. A mirar sin miedo, a mirar sin convertir al otro en amenaza antes de conocer su nombre, a mirar con ese instinto de vida que Dios puso en todos nosotros y con esas ansias de libertad que ninguna frontera debería conseguir borrar.

Porque si María está en el cielo, no es para que nosotros construyamos cielos privados en la tierra. Es para recordarnos que el cielo de Dios no tiene aduanas. Y que quizá el verdadero milagro de la Asunción no sea solamente que María haya llegado al cielo, sino que nosotros aprendamos, por fin, a hacer un poco más habitable la tierra.

Para todos. También para los que llegan. También para los que esperan. También para los que todavía vienen cruzando el mar. Olvidamos pronto las necesarias prevenciones y las respuestas y medios adecuados (promoción del desarrollo en los países de origen por ejemplo) antes de tantos días y años como ellos están buscando el salto a la valla. Desde lugares mucho más lejos del Tarajal y Europa 

La Asunción de María, signo de esperanza

Feliz fiesta de la Asunción.

Y que la Virgen nos encuentre, al menos esta vez, mirando hacia el lado correcto de la historia. Sin manipulaciones

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