Tambores de guerra no tan lejanos (o cómo la guerra siempre comienza lejos de quienes la deciden)
"Hoy golpean en Irán. Ayer resonaban en Gaza. Mañana podrían sonar en cualquier otro lugar. Y entonces todos comprenderemos que la verdadera patria del ser humano no es solo la tierra donde nació. Es también la paz que aún no sabemos construir"
Mientras los tambores de guerra resuenan en el mundo, siento que también en nuestras comunidades debemos recordar insistentemente el valor de la paz. Desde hace algunas semanas, al celebrar la Eucaristía, he comenzado a introducir de un modo más consciente el rito de la paz. Antes de intercambiar el gesto fraterno, invito a todos los participantes a recitar juntos la antigua invocación: una sencilla súplica por la paz. Es un momento breve, casi silencioso. Pero en medio del ruido del mundo adquiere una fuerza inesperada. Alguno me dice que cuando da la paz al vecino siente que se la está dando al lejano de Oriente Medio.
Mientras fuera retumban los discursos y las amenazas, dentro del templo un pequeño grupo de hombres y mujeres pronuncia al unísono una palabra que parece frágil y, sin embargo, es profundamente poderosa: paz.
Tal vez sea un gesto pequeño frente a las grandes decisiones de la historia. Pero la paz siempre comienza también en lugares pequeños: en la conciencia de las personas, en las palabras que pronunciamos juntos, en la convicción de que la humanidad no puede acostumbrarse al sonido de los tambores de guerra.
La guerra siempre comienza lejos de quienes la deciden. Empieza en mapas extendidos sobre una mesa, en discursos pronunciados desde tribunas iluminadas, en cálculos estratégicos donde los países parecen piezas de ajedrez. Pero la guerra nunca se queda en esos mapas. Tarde o temprano atraviesa océanos invisibles y llega hasta la vida concreta de los hombres y mujeres que viven lejos de su patria.
Eso es lo que hoy sienten millones de emigrantes mientras la guerra entre Estados Unidos e Irán sacude el Oriente Medio. Para ellos la guerra no es una noticia: es una herida que vuelve a abrirse.
Los misiles caen sobre ciudades donde aún viven sus padres. Las explosiones sacuden barrios donde quedaron sus recuerdos de infancia. Y aunque estén a miles de kilómetros, el corazón sigue viviendo allí. Porque el emigrante nunca abandona del todo su país. Solo aprende a vivir con la mitad del alma en otra parte.
Desde que comenzaron los bombardeos y los ataques cruzados, con miles de víctimas y ciudades golpeadas por la violencia, el miedo se ha extendido entre la diáspora iraní y entre muchas comunidades migrantes de la región.
El teléfono se convierte entonces en una cuerda frágil que une dos mundos. “¿Estáis bien?”. “¿Se escucharon explosiones?”. “¿Hay electricidad?”. Cada llamada es una oración. Y cada silencio es una angustia.
Muchos emigrantes descubren en estos días una forma particular de dolor: el dolor de no poder hacer nada. Están lejos cuando sus ciudades tiemblan, lejos cuando sus padres envejecen en medio de la incertidumbre, lejos cuando la historia vuelve a golpear la puerta de su casa. Es el sufrimiento del espectador involuntario.
Mientras tanto, dentro de Irán y en países vecinos millones de personas viven desplazamientos forzados por la guerra. Cada familia que huye es también una historia que se rompe. Una casa abandonada. Una tienda cerrada. Una escuela vacía.
Pero los emigrantes viven otra dimensión de la tragedia: la del desgarro interior. Muchos habían salido de su país hace años buscando una vida mejor. Trabajaron, estudiaron, construyeron hogares en ciudades extranjeras. Aprendieron otras lenguas. Criaron hijos que ya hablan con otro acento. Y sin embargo, en días como estos, descubren que su identidad sigue atada a esa tierra lejana. La guerra los devuelve a sus raíces con una fuerza brutal.
En ciudades como Los Ángeles, Londres, Berlín o Toronto —donde vive gran parte de la diáspora iraní— se han visto manifestaciones, vigilias y debates apasionados. Algunos emigrantes ven la guerra como una tragedia que amenaza a sus familias; otros la miran como una posible liberación política para su país.
También España tiene su pequeña cuota de esta diáspora silenciosa: alrededor de ocho mil personas nacidas en Irán viven hoy en nuestro país. Algunas han echado raíces en Madrid o Barcelona, han aprendido nuestra lengua, han abierto negocios, han criado hijos que ya sienten esta tierra como propia.
Pero cuando suenan los tambores de guerra, algo se remueve dentro de ellos.
Porque incluso lejos del frente, la guerra divide los corazones. Hay quienes lloran por las víctimas. Hay quienes esperan un cambio político. Hay quienes solo desean que el ruido de las armas termine. Pero todos comparten la misma inquietud: el futuro de su tierra. Porque cuando una guerra estalla, el emigrante vive suspendido entre dos incertidumbres.
La primera es la del país que dejó. ¿Seguirá existiendo tal como lo recuerda? ¿Seguirán en pie las calles donde jugó de niño? ¿Seguirán vivos los rostros que ama?
La segunda es la del país donde vive ahora. Las guerras también transforman la mirada de las sociedades hacia los migrantes. Crecen las sospechas, los discursos políticos, las preguntas incómodas sobre identidades y lealtades. Algunos emigrantes sienten que, de pronto, su origen vuelve a convertirse en una etiqueta pesada. El mundo globalizado, que parecía haber acortado las distancias, revela entonces sus fracturas.
Mientras tanto, miles de extranjeros que vivían en Oriente Medio han tenido que ser evacuados o repatriados por la inseguridad y el cierre de espacios aéreos. Profesores, trabajadores, ingenieros o comerciantes que habían construido una vida lejos de su país, vuelven a convertirse en viajeros forzados.
La guerra produce así un extraño movimiento de mareas humanas. Unos huyen hacia fuera. Otros regresan para proteger a sus familias. Otros quedan atrapados entre fronteras.
Las guerras afectan de un modo tan profundo a quienes viven lejos de su patria. No solo amenazan a sus seres queridos: también despiertan la memoria del exilio.
Las guerras afectan de un modo tan profundo a quienes viven lejos de su patria. No solo amenazan a sus seres queridos: también despiertan la memoria del exilio. El emigrante sabe lo que significa partir. Sabe lo que cuesta abandonar una casa, despedirse de una lengua, dejar atrás un paisaje que parecía eterno. Por eso, cuando las guerras empujan a otros a huir, comprende ese dolor de una manera visceral. Lo lleva inscrito en su biografía.
Porque los tambores de guerra nunca están tan lejos como creemos. Hoy golpean en Irán. Ayer resonaban en Gaza. Mañana podrían sonar en cualquier otro lugar. Y entonces todos comprenderemos que la verdadera patria del ser humano no es solo la tierra donde nació. Es también la paz que aún no sabemos construir. Desde este rincón que me aloja, renuevo la invitación: ¡Daos fraternalmente la paz!