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El curso fluvial de la vida

La simbología de la vida como un camino, que va desde el nacimiento a la muerte, ha sido utilizado desde tiempo inmemorial. También el hecho de que la senda no está trazada y cada persona tiene que encontrar su ruta. Ya lo decía Machado “caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

Al leer a Jorge Manrique, en las coplas a la muerte de su padre, me impactó una frase que habla de que nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir. Su ruta era fluvial y me hizo imaginar esta alternativa que habla de la vida humana como si fuera un río. Algo semejante dice Lorca “Agua, ¿a dónde vas? Voy por el río, a las orillas del mar”. La diferencia con el camino es abismal, porque el río tiene una ruta marcada y sólo podemos parar en la orilla, hasta reanudar el viaje. No hay disculpas posibles, el río somos nosotros. Con aguas cristalinas en la mañana de nuestra vida, pues damos de beber a todas las criaturas que se acercan a nuestra orilla. Con el paso del tiempo nuestras aguas se enturbian y nos salimos del cauce que Dios nos había diseñado para fertilizar los campos y hacemos daño.

El agua que nace y acaba convirtiéndose en un río, es pequeña y débil y puede desaparecer. Una metáfora muy valiosa para la vida espiritual. “Que bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche” nos dice San Juan de la Cruz. Podemos imaginar que de esa fuente nace nuestra vida y crece impulsada por otras aguas que se suman a su corriente. El agua de los padres, de los amigos, del colegio, de tu cónyuge, de la Iglesia… Pero, aunque tengamos muchas personas a nuestro lado en nuestro barco, por el que bajamos la corriente, estamos solos y tenemos que pensar las cosas con las que le cargamos. No pueden pesar ni abultar mucho. Hoy es imprescindible un teléfono. A los amantes de la música clásica les recomendaría el réquiem de Mozart, los cantos de Taizé y el coro de los esclavos de Nabucco. Dan paz, emocionan y acercan a Dios

Navegamos por nuestro primer viaje espiritual llenos de fervor religioso. Desbordados de felicidad queremos que, toda la naturaleza entre con nosotros en este círculo mágico. Pero en otros momentos de nuestra vida aparecen corrientes que nos empujan a las rocas y tenemos miedo de zozobrar. Pasado el miedo entramos en aguas mansas y calmadas, un buen momento para dedicarlo a la contemplación. Sin avisar, el río fue creciendo, se juntó con otros torrentes que bajaban de la montaña y se desbordó destrozando todo a su paso. Fue entonces cuando aparece, ante nuestros ojos, la miseria y las carencias de muchas personas que aparecen en la orilla. Su visión nos obliga a bajarnos de nuestro placentero viaje espiritual y ponernos al servicio de estos hermanos necesitados. Una labor ingente a la que aportamos una simple gota de nuestra agua, pero podemos ser muchos y todas las gotas suman

En un momento dado de nuestra vida podemos ver el mar donde desembocará nuestro río. La primera señal de su cercanía son las gaviotas que vemos volar. Tratamos de bajar la corriente despacio y sin prisa, aunque no le podemos tener miedo al mar. Somos una manifestación de ese océano primordial que es Dios, una pequeña ola que, en el minuto final, se diluirá en una inmensa masa de agua que nos recibirá con los brazos abiertos de una madre. Al fin y al cabo, la ola es el mar

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