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El perdón no arregla el pasado pero mejora el futuro

La Palabra de este domingo nos habla de la experiencia cristiana del perdón:

+     Perdona a tu prójimo (1ª lectura: Eclesiástico)

+     Jesús en el evangelio nos llama a vivir perdonando en la vida. Perdonad setenta veces siete, siempre, (Evangelio)

       

01.  El odio siempre al acecho.

La ira, el odio, la venganza son pulsiones -pasiones- siempre presentes en la historia de la humanidad: desde Caín y Abel hasta las ideologías y racismos de hoy en día.

Tal vez en nuestra pequeña historia personal podamos experimentar viejos rencores y heridas no o mal curadas, rupturas familiares, conflictos provenientes de herencias, desavenencias, problemas laborales, viejas cuestiones sociopolíticas, provocaciones y odios eclesiales, etc.

02. una memoria dañada.

Tenemos -más bien somos- una memoria dañada. A duras penas podemos encajar y sobrellevar nuestra propia historia. Muchas veces no nos sentimos con ánimo para asumir nuestro pasado y reconciliarnos en la vida.

A veces vivimos hurgando en viejas heridas que dañan nuestra existencia bloqueando nuestra mente y nuestro corazón.

 Creo que muchos de los paralíticos del evangelio somos cada uno de nosotros mismos a quienes viejos conflictos y encontronazos en nuestra historia familiar, afectivo, religioso, moral, eclesiástico, político, nos tienen paralizados, nos enquistan y encierran en un bunker del que no podemos, no acertamos a salir.

03. perdonar. Per donare.

       El perdón es un don, un “regalo”, que hace bien al que lo concede y a quien lo recibe.

       Cuando no perdonamos, permanecemos en “etapas” primitivas de la condición humana. En la selva no perdona nadie. Es “natural que no perdonemos”. A veces vivimos las relaciones humanas como en una selva.

El perdón es de una gran calidad humana -humanista- y espiritual. Ello no quiere decir que el perdón sea para gente de élite, ni mucho menos… Personas humildes y sencillas perdonan de corazón en la vida y acogen también el perdón.

       

04. Dios y Jesús perdonan siempre.

       En la “trastienda” de nuestra mentalidad subyace la imagen de un Dios justiciero, que tiene la mecha corta y explota pronto. Nos han enseñado que Dios es muy justo y que “no tiene más remedio que condenar”: He pecado, no me he confesado[1] por lo que Dios no tiene más remedio que mandarme al infierno. Eso es una barbaridad y es falso.

Pero el Dios de Jesús y el mismo Jesús son otra cosa. Dios es gracia, gratuidad y perdón, Alianza, reconciliación, misericordia. Dios no se hace respetar a golpe de condenación, sino de perdón. Dice el salmo 129,4: de Ti procede el perdón, y así infundes respeto.

       Jesús desde el comienzo de su predicación (vida pública) hasta su muerte, siente misericordia, lástima, compasión, perdón.

He sido enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva ... y proclamar un año de gracia del Señor. (Lc 4,18-19).

       Jesús pasó su vida perdonando y murió perdonando. El último gesto del Señor en la cruz. Jesús murió con el perdón en sus labios y en su corazón: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. (Lc 23,34). Finalmente Jesús le dice al ladrón crucificado con Él: Hoy estarás conmigo en el Paraíso, (Lc 23,43).

       Un Dios justiciero y vengativo no es el Dios de Jesús. Nuestro Dios es acogedor, perdonador siempre para con todos.

05. El perdón un camino de sanación. 

En el perdón entran en juego todas las facultades psíquicas, afectivas, espirituales, que tratan de ver desde otra perspectiva al odio la realidad sufriente en la que se está viviendo.

El perdón, probablemente, es un tejido (texto) un entramado de integración de conflictos y pulsiones psicológicas, es la sanación de viejas heridas.

Una situación de rencor, de odio, de venganza no es que sea mala moralmente, sino que hace daño a todos, daño social, daño incluso psico-físico. El odio no es solamente algo religiosamente malo, sino que crea situaciones y personas psíquicamente enfermas.

Cuando las heridas continúan abiertas, mal cerradas o cerradas en falso, es muy difícil una vida sana, sea familiar, religiosa o cívica. Coexistiremos, pero sin perdón, la vida será difícil, ¿o no lo está siendo en tantos aspectos de la vida: en la propia familia, en el orden político y eclesiástico?

El perdón hace bien, sana. El perdón es un proceso que comporta un cambio radical de las actitudes humanas.

Lo que pasó no tiene vuelta atrás. Lo que pasó, pasó. Tal vez tenga alguna reparación, pero lo que pasó, queda incrustado en nuestra existencia.

Se trata, pues, de sanar -sanear- viejas afrentas, rupturas, emociones con benevolencia y compasión.

El que perdona, los que se perdonan recuerdan lo que pasó, pero lo recuerdan desde otra profundidad y de otra manera.

10.  Sin perdón no hay comunidad, ni eucaristía.

       La Eucaristía es la asamblea de los que nos sentimos reconciliados y con la buena voluntad de perdonar

No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete


[1] No reduzcamos el perdón de Dios a la confesión.

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