Por ser imagen de Dios, todo ser humano posee un valor absoluto e incondicional, un valor que va más allá de su aparente caducidad, un valor que va más allá de lo que tiene o de su mayor o menor utilidad.
Dios se refleja en cada ser humano; más aún, Dios comparte algo de sí mismo con la criatura, de modo que un atentado contra el ser humano es un atentado contra Dios.
Para cumplir el consejo de Jesús de tratar al padre, al hijo, a la madre, a la esposa, al esposo, al compañero de trabajo, al jefe o al mandamás, no como nos trata, sino como quisiéramos que nos tratara, hay que pasar por la puerta estrecha.
La fe como creencia no comporta la fe como encuentro; la fe como encuentro comporta la fe como creencia. No son dos concepciones opuestas, pero es necesario distinguirlas.
Después de Pentecostés la liturgia presenta cuatro fiestas que recuerdan distintos aspectos del misterio de Cristo: Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, Santísima Trinidad, Corpus y Sagrado Corazón.
La primera obra del Espíritu es santificar a la Iglesia. La Iglesia, formada por personas pecadoras, pero muy amadas por Dios, necesita ser purificada constantemente por el Espíritu, que perdona los pecados.
La Ascensión no es el final de la historia de Jesús de Nazaret, sino el punto de partida de la misión de la Iglesia. La Ascensión no es tampoco la ausencia de Jesús. Es su nuevo modo de presencia.
La figura del padre terrestre no es adecuada para entender la paternidad divina. El Padre celestial es instancia crítica de todas las paternidades (y de paso de todas las maternidades) humanas.
La muerte ha dejado de ser muro, para convertirse en puente por donde se entra en la vida eterna, acompañados por el que murió por nosotros y resucitó para nuestra salvación.
Es posible decir que Jesús es Señor, pero no confesar que Jesús es Señor. Decir es fácil, es pronunciar una palabra. Confesar es algo más serio: es jugarse la vida por lo confesado, es poner la vida en lo que se dice.
¿Cómo se explica, pregunta San Juan Crisóstomo, que aquellos que, mientras Cristo vivía, sucumbieron al ataque de los judíos, después, una vez muerto y sepultado, se enfrentaron contra el mundo entero, si no es por el hecho de su resurrección?
El relato de la pasión, que se lee en la liturgia del viernes santo, tiene una escena en la que queda claro que Jesús entrega su vida para que vivan sus amigos y, lo más sorprendente, para que vivan sus enemigos.
Jesús nos deja en herencia dos realidades inseparables. Una es la eucaristía. La otra, el signo del lavatorio de los pies, donde queda muy claro que el verdadero poder es el poder del amor.
El sufrimiento de Cristo tiene repercusiones en la carne humana del creyente. Pues el cristiano debe conformarse con la muerte de Cristo. Y siempre falta algo en nuestra carne para que se realice esta conformidad perfecta con Jesús
El acontecimiento de la Anunciación tiene tal importancia que la Iglesia invita a los creyentes a recordarlo cada día en lo que se conoce como rezo del “ángelus".
La vida espiritual de José no nos muestra una vía que explica, sino una vía que acoge. Este camino nos invita a acoger a los demás, sin exclusiones, tal como son, con preferencia por los débiles.