Yo dejaré en medio de ti, un puñado de gente pobre y humilde que confiará en el nombre del Señor
En este domingo 4º del tiempo ordinario, san Pablo nos recuerda en la segunda lectura que Dios ha elegido a los ignorantes, a los débiles, a los insignificantes y despreciados del mundo para humillar a los soberbios, a los que desprecian a los demás.
Jesús lo dirá: el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.
San Pablo dice: para que nadie pueda presumir delante de Dios.
Ya lo dirá Jesús a Simón Pedro: dichoso tu Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado hombre alguno sino mi Padre Celestial.
En otro pasaje Jesús dice a los discípulos: a ustedes se les dará sabiduría a la que no podrá resistir ningún adversario de ustedes.
De tal manera podemos entender que el elegido por Dios está llamado a esa renuncia de sí mismo que lo haga capaz de vivir la primera bienaventuranza: dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de Dios.
¿Quién de nosotros le abre todo su ser a Dios para que Él actúe plenamente en nosotros? como lo dirá san Pablo: ya no soy el que vive, es Cristo quien vive en mí.
Dejar que Dios actúe en nosotros, es experimentar nuestra pequeñez, las maravillas que Dios hace y quiere seguir haciendo en nosotros, de tal manera que nuestra experiencia profunda de fe nos lleve a ver y sentir Su presencia en medio de nosotros. Así lo dice María en el magnificat: proclama mi alma la grandeza de Dios por que ha mirado la pequeñez de su esclava.
Cuando María dice al ángel Gabriel: hágase en mi según tu palabra, estamos viendo que en María se hace realidad la primera bienaventuranza: dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de Dios.
Muchas veces queremos experimentar la grandeza y la belleza de Dios, pero aún no hemos trabajado en nuestra humildad que nos permita ver nuestra propia verdad.
Una verdad que sea capaz de limpiar nuestro propio corazón para poder ver con claridad y asumir una actitud humilde de ver quiénes somos, de donde venimos, con quien nos relacionamos y ubicarnos en nuestra propia realidad temporal, necesitada, limitada, frágil que en cualquier momento puede terminar, no poder con la vida por alguna situación de pérdida de algo o de enfermedad.
Por eso la pobreza y humildad nos colocan en el punto de partida para experimentar siempre la grandeza de Dios, una humildad y pobreza a la que siempre debemos volver y que es capaz de purificarnos de cualquier soberbia para confiar sólo en Dios.
Dios nunca deja solos a sus elegidos y a los que acuden a él, pero la pobreza y humildad es algo necesario para poner la confianza en Dios.
Los pobres de espíritu confían siempre en Dios y por eso son poseedores del Reino de Dios, del actuar y manifestarse Dios en sus vidas y por eso al luchar en justicia, en misericordia, aunque sufran injurias, sean perseguidos y se digan cosas falsas de ellos, su fuerza y corazón es la confianza en Dios, quien siempre ilumina con la verdad que vence cualquier tiniebla.
Por eso, el pobre y humilde, al caminar en esa verdad, en la que confía, sabe quitar cualquier engaño de mentira y falsedad, sabe esperar y tener paciencia, y es alguien en quien se puede confiar, aunque parezca frágil, pequeño, insignificante porque su vida y corazón es transparente.