La fe en Cristo nos une como hermanos
Hay muchos elementos y razones para pleitear, pero Cristo nos invita a tratarnos con amor fraterno: ámense los unos a los otros como yo los he amado
En este tercer domingo del tiempo ordinario recordamos la llamada de Jesús a sus primeros discípulos, los hermanos: Simón(Pedro) y Andrés; Santiago y Juan.
Desde el inicio de su predicación, Jesús pone de manifiesto la importancia de nuestra fraternidad.
Superar y resolver nuestros conflictos y darle una conducción de paz a nuestras diferencias, son de las tareas que se realizan, desde nuestra fe en Cristo, para poder vivir en la armonía de un amor que comprende la individualidad de cada uno, pero también de la importancia de una comunión que hace fecunda la vida.
Hay muchos elementos y razones para pleitear, discutir, para reclamarnos unos y otros nuestros errores, fallas, nuestras diferencias en el pensar, pero Cristo nos invita a tratarnos con amor fraterno: ámense los unos a los otros como yo los he amado.
Ciertamente no es fácil hacer vida de fraternidad, pero lo que si sabemos y experimentamos es que el amor nos acerca, nos une, nos relaciona, nos permite compartir y crecer al relacionarnos entre nosotros.
Nuestro centro es Cristo. En Él nos confesamos y creemos. Él es la palabra, que al reinar en nuestro corazón, nos guía en nuestros pasos, acciones y nuestro interior.
Como ya san Pablo en sus cartas nos recuerda: que debemos llevar unos las cargas de los otros, como lo hace Cristo con nosotros.
Cristo lo soporta todo por amor a nosotros para que tengamos vida en Él. En Cristo somos reconciliados, llamados a formar una sola familia, como hijos amados de Dios.
Por eso, en este tercer domingo del tiempo ordinario, en la segunda lectura de la carta a los Corintios, san Pablo nos exhorta a tener un mismo pensar y un mismo sentir que funda sus raíces en Cristo, cuya palabra debe reinar en nosotros por la fe que profesamos y vivimos en Él.
Para estar unidos unos y otros y compartirlo todo como hermanos, debemos tener un corazón abierto en el amor, que sabe ser paciente, se bondadoso, corregir y hacer crecer en la verdad, que sabe limpiar las heridas, que ahuyenta las murmuraciones y el veneno de la lengua que sólo destruye.
Un amor que sabe siempre ser compasivo y a su vez pone los límites del respeto porque el otro es sagrado como hijo de Dios, como lo eres tú y lo soy yo.
Un amor que se viste de respeto y compasión por el otro, que no se atreve a juzgar porque se sabe hermano con el otro y no encima del otro.
Un amor que libera y trae esperanza, que une familias, pueblos y naciones.
Esa es la luz del amor que camina por el territorio de Neftalí y Zabulón, por la orilla del mar de Galilea, como nos recuerdan en este domingo tanto el profeta Isaías como el evangelio de Mateo.
Los que caminaban en tinieblas y vivían en sombras de muerte se ven iluminados por la presencia y palabra de Jesucristo.
Una presencia que siempre nos trae paz y curas todas nuestras enfermedades.
Las habilidades de los hermanos: Simón y Andrés; Santiago y Juan, quienes han sido pescadores, ahora en Cristo irán en busca de los hombres hasta los últimos rincones de la tierra para descubrir y conocer a Cristo quien es la novedad de vida que estamos llamados a experimentar y conocer para proclamar la verdadera libertad que en Él vivimos por el Espíritu Santo que nos es comunicado como don de vida eterna.