Jesús nos llama a ser hermanos
Jesús nos llama a ser hermanos, a formar comunidades que sean sal de la tierra y luz del mundo en gestos de amor que hagan visible nuestro hogar fraterno
En este V domingo del tiempo ordinario se nos recuerda que somos sal de la tierra y luz del mundo.
Todos los gestos y palabras de Jesús son Espíritu y son vida.
Nuestra fraternidad no nos puede dejar indiferentes ante el dolor y la necesidad de los que padecen y sufren.
Dios nos trata a nosotros como hijos y se ilumina nuestra fraternidad humana y cristiana desde Cristo que ha querido asumir nuestra naturaleza para enseñarnos un camino de vida.
El amor con que Cristo nos ama y nos lo hace sentir es como descubrimos el sentido de nuestra existencia, que aún en medio de luchas, de esfuerzos, de caídas, de enmiendas; ese amor es una luz de gran esperanza.
El amor nos ayuda a sentir profundamente al otro y ve todas las posibilidades de cómo podemos comunicar vida y hacer felices a los demás.
El amor comparte con la alegría de dar porque entiende de la felicidad que se experimenta al comunicar vida.
La luz se manifiesta en la vida que se comunica y la sal en el amor que se transmite.
Podemos tener muchos gestos al querernos relacionar y comunicar, pero si falta el amor nos está faltando la sal, y eso lo siente nuestro espíritu.
Cuando nos conectamos en el espíritu todo toca profundamente nuestro ser y se ilumina la mente y nuestro sentir, es un sentir pleno.
Por esos los gestos de amor son capaces de despertar el gozo, la alegría y la felicidad, comunicando verdadera esperanza con esa luz que comunicamos a los demás.
Eso es lo que Jesús nos comunica con su presencia en sus palabras, en la eucaristía, en la comunión de la oración, cuando compartimos al estar juntos, cuando damos calor de hogar al otro que esta sin techo y sin hogar.
En el amor se experimenta la pertenencia del hogar, los hijos necesitan siempre del hogar, del pan, del trabajo.
El enfermo, el desnudo, el hambriento, el huérfano necesitan de la ternura y los gestos del amor que son propios de una familia y de un hogar donde reina la fraternidad.
Jesucristo nos llama a ser hermanos, a formar comunidades que sean sal de la tierra y luz del mundo en gestos de amor que hagan visible nuestro hogar de fraternidad.
Nosotros siempre tenemos necesidad de un hogar donde podamos cultivar y alimentar el amor que nos da vida, donde haya techo, cobija, alimento, donde nos curemos nuestras heridas y donde reine la luz de la compasión, que sabe decir con la mano extendida aquí esta lo que te da vida: toma y sigue adelante. Así lo hace Abraham con quien Dios le envía; así lo vive el profeta Elías; así lo hace Jesús con los pescados y panes de sus discípulos.
La misión de cada uno se realiza, cumpliendo la voluntad de Dios, cuando hay hogares con techo, cobija, alimento, agua, fraternidad; hogares que restauran nuestra vida para seguir nuestro caminar.
Así es Jesús quien extiende sus manos al pobre y necesitado dando siempre vida. Así forma Jesús a sus discípulos, primero a ser hermanos, donde lo primero es la sal del amor entre ellos.
A nosotros nos gusta estar donde nuestra existencia tiene sentido porque hay la sal que la da el sabor para vivir con plenitud.
Esta es la sabiduría con la que Pablo de dirige a la comunidad de Corinto y de la que nos habla Isaías en la primera lectura en el evangelio de Mateo de este domingo.