Una figura venerada bajo sospecha: la historiadora Regina Heyder exige esclarecer a fondo el caso del fundador de Schönstatt
A cuatro años de la suspensión del proceso de beatificación de Josef Kentenich, una investigadora alemana abre de nuevo el debate sobre los silencios, los archivos y el futuro de una de las comunidades católicas más extendidas del mundo.
El proceso de beatificación del padre Josef Kentenich permanece suspendido desde hace cuatro años. En una entrevista publicada el 19 de octubre por Felix Neumann en el portal alemán katholisch.de, la historiadora de la Iglesia Regina Heyder —que ya había presentado sus hallazgos en la revista Herder Korrespondenz— considera que solo una investigación mucho más amplia permitirá a la Iglesia y a su movimiento enfrentar con honestidad las graves acusaciones de abuso espiritual y violencia sexual que pesan sobre él.
Quién fue Kentenich y qué es el Movimiento de Schönstatt
Josef Kentenich (1885-1968) fue un sacerdote alemán que en 1914 fundó en en Schönstatt —un distrito de la ciudad de Vallendar, cerca de Coblenza, en el estado de Renania-Palatinado—, un movimiento de renovación espiritual centrado en la devoción a María. Hoy el Movimiento de Schönstatt está presente en más de cien países y agrupa a laicos, sacerdotes y varias ramas de vida consagrada, entre ellas las Hermanas de María de Schönstatt. Durante décadas, su fundador ha sido presentado como un modelo de santidad y un padre espiritual de enorme carisma.
En 2022, el obispo de Tréveris, Stephan Ackermann, decidió suspender el proceso de beatificación tras la aparición de documentos que apuntaban a conductas abusivas de Kentenich hacia religiosas. Desde entonces, el asunto ha quedado envuelto en un silencio casi total.
Por qué vuelve ahora al primer plano
Heyder, docente del Instituto Teológico-Pastoral de Maguncia e investigadora especializada en abusos a mujeres adultas y en la historia de las mujeres en el cristianismo, ha examinado fuentes en archivos romanos. El detonante de su interés, según explicó en la conversación con katholisch.de, fue el análisis de una práctica de las Hermanas de María para un congreso sobre liturgia y abusos. Lo que encontró la dejó profundamente inquieta.
«Cuando una científica ve este tipo de cosas y no las nombra, está actuando como espectadora intelectual», afirma. Para ella, la forma en que se tratan las acusaciones contra una figura histórica venerada determina qué se puede decir hoy y a quién se escucha realmente.
Las fuentes: testimonios difíciles de ignorar
Las principales pruebas publicadas hasta ahora proceden de la colección de documentos reunida por la historiadora italiana Alexandra von Teuffenbach, conservada en el archivo provincial de los padres palotinos. Algunos críticos le han reprochado selectividad. Heyder reconoce ciertas debilidades metodológicas, pero subraya que los documentos más antiguos se remontan a los años cuarenta y coinciden con lo que las hermanas ya declararon oralmente durante una visita apostólica entre 1951 y 1953.
«No hay motivos para dudar de la credibilidad de las hermanas. Ninguna habló a la ligera ni con gusto sobre el comportamiento abusivo de Kentenich», sostiene.
Un testimonio especialmente impactante es la carta de la hermana Georgia Wagner a su superiora general. En ella describe cómo las religiosas solo podían hablar a solas con Kentenich de rodillas, y cómo este tomaba ambas manos de la hermana y la atraía hacia sí de forma que se viera obligada a tocarlo. El visitador apostólico Sebastian Tromp llegó a recrear la escena arrodillándose ante una de las religiosas para mostrar lo inaceptable de la situación. La superiora envió la carta al propio Kentenich, quien interpretó el reproche de abuso sexual como signo de enfermedad o posesión diabólica de la hermana.
Además, el historiador estadounidense Steven Avella documentó hace tres décadas que Kentenich desobedeció de forma reiterada las órdenes del Santo Oficio —hoy Dicasterio para la Doctrina de la Fe— que le prohibían todo contacto con las hermanas y el movimiento mientras permanecía en Milwaukee (Estados Unidos). Se reunía con ellas en un cementerio cercano, recibía visitas en la residencia de los palotinos y utilizaba direcciones postales interpuestas.
¿Bastan las pruebas actuales para cerrar el proceso?
Heyder no reclama personalmente el cierre definitivo de la causa de beatificación —esa decisión corresponde a las autoridades eclesiásticas—, pero considera que las pruebas existentes son suficientemente claras y que una beatificación resultaría sorprendente. Recuerda que tanto el obispo Ackermann como el entonces prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, el cardenal Angelo Becciu, afirmaron que el procedimiento terminaría si las acusaciones no se despejaban.
La historiadora insiste, no obstante, en la necesidad de ampliar la base documental con investigaciones en diversos archivos: los del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, archivos diocesanos y, por supuesto, los de las propias Hermanas de María. Solo sobre esa base más sólida podrá dictarse un juicio definitivo.
El silencio dentro del propio movimiento
Uno de los aspectos que más llama la atención a Heyder es el desconocimiento generalizado que hay entre los miembros de Schönstatt. Según su impresión, muchas personas del movimiento no saben nada de las acusaciones porque los responsables las mantuvieron deliberadamente alejadas de la base. «Me resulta muy irritante», confiesa.
Enfrentar la figura de Kentenich es un proceso doloroso, reconoce, porque está profundamente unido a la identidad del movimiento. Sin embargo, advierte que no aclarar ni reparar los abusos puede poner en peligro la supervivencia de una comunidad. Cita casos recientes como el del Instituto del Verbo Encarnado, cuyo fundador fue declarado culpable de forma póstuma por el Vaticano, o el de Jean Vanier, fundador de L’Arche, cuyos abusos provocaron una profunda crisis de confianza entre quienes habían encontrado en su obra un sentido vital.
«El abuso siempre genera división: unos son las víctimas y otros no deben saber nada. Cuando se descubre, surgen comunidades de memoria rivales», explica. Por eso es necesario un proceso laborioso de esclarecimiento que reconozca la verdad de las distintas experiencias y, sobre todo, la injusticia cometida.
El peso de un tabú que todavía pesa
Para Heyder, el caso Kentenich ilustra con especial claridad el poder de la tabuización. En los años cuarenta y cincuenta del siglo XX, ni las hermanas ni los visitadores disponían de un lenguaje claro para nombrar los abusos sexuales. Afirmaban que Kentenich era moralmente íntegro y, al mismo tiempo, describían agresiones concretas a su integridad corporal. Esa falta de palabras ha perdurado y ha impedido a la propia comunidad entender las medidas disciplinarias que se tomaron contra el fundador.
Hoy la sensibilidad ante el abuso varía según las culturas, pero la Iglesia universal está haciendo progresos. Todos los nuevos obispos deben formarse en salvaguarda en el Instituto de Antropología de la Universidad Gregoriana de Roma, y en África, América Latina y Asia se multiplican las investigaciones y las iniciativas de protección.
Una lección para toda la Iglesia
La conclusión de Heyder es clara: la escucha, la transparencia y la rendición de cuentas no son opcionales. «Debemos tomar en serio las acusaciones de abuso y trabajarlas a fondo; de lo contrario, no cumplimos con nuestro deber como cristianos».
