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Skomarovskyj: "Los ucranianos no desean nada más que el fin de esta guerra"

El presidente de los obispos latinos en Ucrania comenta el mensaje del Papa para la Jornada Mundial del 1 de enero

Celebracion navideña en Lviv, Ucrania

(Vatican News).- Un mensaje de paz que llega en un prolongado contexto de conflicto. Si esta “guerra no existiera o estuviera lejos de nosotros, creo que la lectura y la percepción de este mensaje serían entonces diferentes”. Sin embargo, el Papa “indica una dirección a seguir”, la de “una paz plena, basada en la confianza y la fraternidad”. Monseñor Vitalij Skomarovskyj, presidente de la Conferencia Episcopal de rito latino en Ucrania, se detiene con los medios vaticanos en el contenido del mensaje de León XIV para la Jornada Mundial de la Paz del 1 de enero. Y afirma que, a pesar de horrores que no perdonan ni siquiera a los niños, el mensaje del Papa lleva consigo también la esperanza de que “el bien al final siempre vencerá, y por eso vale la pena luchar”.

-Excelencia, ¿qué pensamientos le suscitaron las palabras de León XIV?

-El 1 de enero toda la Iglesia católica reza por la paz y no es casualidad que este día caiga al final de la Octava de Navidad, porque Jesús es el Príncipe de la Paz y lleva la paz allí donde no la hay. Ante todo, quisiera decir que el Santo Padre escribió este mensaje en un momento muy difícil, porque —como recuerda citando las palabras de su predecesor— hoy está en curso una especie de tercera guerra mundial por partes: en el mundo hay muchas guerras y conflictos. Sin embargo, quisiera subrayar que el Papa León escribe como pastor, como sacerdote, como autoridad moral. De voces, en efecto, ya hay muchas: los políticos hablan de la paz a su manera. El Santo Padre, en cambio, no quiso que faltara la voz de Dios en este coro.

A mi parecer, al leer este mensaje no debemos olvidar que no se trata de un texto político, sino pastoral: es la palabra de quien escucha la voz de Dios y desea transmitirla, hacerla llegar a las personas. El Papa habla, por ejemplo, de una paz desarmada, precisando que esta paz es la paz de Jesús resucitado. Es una paz posible cuando, todos juntos, acogemos a Jesús resucitado. La paz desarmada nace donde reinan la confianza y el amor entre las personas, y esto se dice de manera muy clara. Cuando todo esto falta, entonces la llamada paz política se funda en el equilibrio de los armamentos y en otras lógicas similares. Debemos comprender, sin embargo, que se trata de una paz frágil, como recuerda el propio Papa.En el mundo de hoy, de hecho, reinan —por usar sus palabras— relaciones irracionales entre los pueblos. Lo vemos y lo sentimos: las promesas y las palabras de los políticos a menudo no tienen valor, el derecho internacional es violado y todo el sistema del derecho internacional, construido con tanto esfuerzo a lo largo del tiempo, queda comprometido por la agresión de Rusia. No sé cómo el mundo podrá ponerle remedio, porque se trata de un precedente que ciertamente tendrá consecuencias a largo plazo. Más aún cuando, con los armamentos actuales, nadie puede ofrecer verdaderas garantías, porque —como vemos— pueden llegar al poder personas distintas, a veces incluso personas que no respetan la vida y son irresponsables.

Guerra en Ucrania

También hay que recordar que nosotros, como ucranianos, leemos este mensaje en una situación de guerra, mientras defendemos nuestra patria. Es una perspectiva diferente de la que tendríamos si, por ejemplo, esta guerra no existiera o estuviera lejos de nosotros. Creo que entonces la lectura y la percepción de este mensaje serían diferentes. En segundo lugar, el Papa indica una dirección a seguir. Aunque la guerra continúa y la situación es difícil, nos invita a no olvidar el camino hacia la verdadera paz. Para ello se necesitan personas como san Francisco, capaces de encarnar las palabras de Dios sobre la paz: una paz plena, basada en la confianza y en la fraternidad entre los hombres.

Por último, algo que he notado en el mensaje es que el Papa observa cómo hoy las palabras y los pensamientos se han convertido en armas, una realidad nueva, sobre todo con las guerras de la información de las que somos testigos. Vivimos, por tanto, un período muy difícil, pero, a mi juicio, este mensaje trae también esperanza: el bien al final siempre vencerá, y por eso vale la pena luchar.

-¿Es posible cultivar esta paz en el corazón, la que viene de Cristo resucitado, incluso en medio de la guerra?

-Ciertamente sí, porque esta paz interior es un don de Dios, y Dios no ha abandonado a los ucranianos. Naturalmente no es fácil: estamos atravesando momentos muy dolorosos, hemos sufrido pérdidas, muchas personas están preocupadas por sí mismas, por sus seres queridos y por su seguridad. Esta situación dura desde hace tanto tiempo que en cada ucraniano está arraigada la conciencia de que en nuestra tierra no existe un lugar completamente seguro. En realidad, no existe un lugar así en todo el mundo, pero en tiempo de guerra se percibe aún más su significado. Lamentablemente, hemos tenido que aprender a convivir con ello.

Esta paz del alma, sin embargo, no depende de las circunstancias externas: es un don de Dios sin el cual vivir sería muy difícil. Se funda en la confianza en Dios, que cuida de nosotros, y también en las relaciones con los demás. Tratamos de evitar que sentimientos negativos como el deseo de venganza, el rencor o el odio prevalezcan en nuestros corazones, y Dios nos sostiene para que el amor por nuestros seres queridos y por la Patria siga siendo más fuerte.

Paz

-En su mensaje, León XIV habla también de los niños, subrayando que “es precisamente el pensamiento de nuestros hijos, de los niños y también de quienes son frágiles como ellos, lo que nos atraviesa el corazón”. Creo que estas palabras valen igualmente para los niños ucranianos.

-Así es, porque los niños no tienen ninguna culpa por los sufrimientos que viven y, sin embargo, sufren inmensamente. Niños que pierden a sus padres durante la guerra: estas pérdidas los marcan profundamente y tendrán consecuencias también en el futuro. Lamentablemente, debemos reconocer que el mal y el pecado existen en el mundo. Vemos, de hecho, que a pesar del sufrimiento de niños inocentes, hay corazones tan endurecidos que no se conmueven en absoluto por lo que sucede. Tal vez por eso la Madre de Dios nos invita a rezar por la conversión de los pecadores, cuyo pecado consiste precisamente en este corazón endurecido que, ni siquiera ante los grandes sufrimientos en Ucrania, hace cesar la guerra. Y los ucranianos, como ya hemos dicho tantas veces, no desean nada más que el fin de esta guerra y la llegada de la paz y la serenidad.

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