Rafael Morales 2. EL CORAZÓN Y LA TIERRA

Nido de poesía: Nicolás de la Carrera
04 abr 2013 - 08:11
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Me informan de que acaba de fallecer en Madrid el pasado día 6, a sus 91 años, la bilbaína Concha Barba, viuda de Morales, que había sobrevivido al óbito del poeta talaverano a lo largo de siete años y medio. Licenciados ambos en Filología Románica, fue Conchita profesora de Instituto en Madrid a lo largo de treinta años y experta en la obra de Cervantes.

Podría ser un buen ejercicio de evocación de tan notable pareja releer su obra. Por eso seguiremos investigando los primeros poemarios del joven escritor. Al tiempo que Morales iba redactando "Poemas del toro" (1943), de unidad temática y composición fija (soneto), daba alas el lírico al viento de su inspiración escribiendo, variados en fondo, forma y calidad literaria, inquietantes poemas que publicaría, en ediciones "Halcón", tres años después, bajo el título "El corazón y la tierra". En la solapa de esta primera edición se facilitan ciertas claves de lectura del poemario. Conozcamos alguna de las valoraciones: "Su poesía es, en general, serena, reconcentrada, al mismo tiempo que diáfana y armoniosa. En ella se canta la vida, la naturaleza, el amor, con acentos tan personales que el milagro poético se produce como una consecuencia natural y sencilla..."

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TIERRA, AMOR, SOLEDAD, MISTERIO

Dividido el libro en cuatro secciones, introducimos muy brevemente a cada uno de ellas:

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1. Madre tierra. “A un niño recién nacido” vincula al amor de pareja la fuente original de la nueva vida: “Rama del beso tú, que, leve y pura, / tienes raíz en la pasión amante, / en una humana y sideral locura.” Pero la humana vida, si tiene un origen, tiene también un final: “Tibia luna rosada y palpitante, / dulce vuelo parado en la hermosura / que ha surgido del cielo de un instante.” Veremos a continuación el más admirado poema de Rafael Morales: “A un esqueleto de muchacha”.

2. Esto es amor. Sección de gran belleza de la que seleccionamos dos títulos, para leerlos seguidamente: “Primavera” e “Instinto”. También facilitaremos, con imagen y sonido, “Deseo”, que así se cierra: “que solo anhelo / hallar a Dios en tu abrasada boca” (pulsar).

3. Soledad. Lo opuesto al amor sería la soledad. Destacaría los tiernos versos de “Recuerdo”, vivo resol en la piel del poeta de calor y la luz de las caricias de la amada. Se abrasa el amante en un sinfín de recuerdos... “Celestes, locas, mis manos / buscan en el aire oscuro / tu oculto cuerpo lejano. / Mas tú no estás. Yo me muero, / terca llama hacia lo alto.”

4. Misterios y fantasías. La primera edición titulaba con acierto: “Paisajes en el alma”. El poema “Los amantes”, de 52 versos, describe apasionadamente la celebración del misterio del amor, cuando un tenaz sol les dora y “les convierte / en dioses, en poderosos dioses, en dioses torturados y locos, brillantísimos...” El poeta barroco, Góngora y Quevedo le hacen sitio, nos sorprende con un elegíaco final: “También mueren los bellos y dorados amantes, / puros y transparentes, cenitales, divinos, / mientras giran eternos, impasibles, los astros / por un helado cielo desolado y tranquilo.”

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Y AQUÍ EL CABELLO UNDOSO SE VERTÍA

Los populares versos de “A un esqueleto de muchacha” ofrecen una descripción lírica de la belleza y armonía que habían sustentado unos huesos de esqueleto. Los enumera en sentido descendente: frente, mejillas, pecho, mano, pierna, pie..., enriqueciendo el inventario, en el primer terceto, con un breve registro ascendente (cuello, cabeza, cabellos). Es curiosa la insistencia del poeta talavereño en resaltar la materialidad sustentadora del cuerpo vivo (huesos, esqueleto), sobre todo en sus primeros libros.

Escribe Morales el poema en “Homenaje a Lope de Vega”, aludiendo, sin duda, al soneto lopeño “A una calavera” (podéis conocerlo pulsando aquí). Sería también interesante asomarse a otro poema funerario, “Al que tenga en sus manos mi calavera”, de Rafael Sánchez Mazas (pulsar).

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A UN ESQUELETO DE MUCHACHA

En esta frente, Dios, en esta frente

hubo un clamor de carne rumorosa

y aquí, en esta oquedad, se abrió la rosa

de una fugaz mejilla adolescente.

Aquí el pecho sutil dio su naciente

gracia de flor incierta y venturosa,

y aquí surgió la mano, deliciosa

primicia de este brazo inexistente.

Aquí el cuello de garza sostenía

la alada soledad de la cabeza,

y aquí el cabello undoso se vertía.

Y aquí, en redonda y cálida pereza,

el cauce de la pierna se extendía

para hallar por el pie la ligereza.

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MI CORAZÓN PERDIÓSE EN EL ESPACIO

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La naturaleza se despereza y estalla la vida en Primavera. También el poeta se descubre uno con el cosmos, y florecen sus manos como los rosales. Se disuelve la frontera de su piel, y se pierde el soñador, y se encuentra, por los espacios infinitos. ¿Éxtasis místico? Abierto al corazón del mundo, se siente el visionario palpitando por el universo “como un tremendo arcángel derramado”. Lo que más me llama la atención del poema es que se lo está contando, presente ya en el tercer verso, a alguien importante, a una “muchacha”, Concha, supongo, con quien formará hogar dos años después de la publicación de estos versos.

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PRIMAVERA

Era una noche azul; la primavera

inundaba mis sienes y mis manos,

y era el mundo, muchacha, un fruto inmenso,

cálido, abierto, mudo y entregado.

Sentí mi carne desprenderse, irse

por el paisaje misterioso y claro;

mi sangre fue con los arroyos lentos,

mi corazón perdióse en el espacio.

Era hermoso en la piel sentir el roce,

hecho leve suspiro, de los astros,

y tener en la mano, dulcemente,

un murmullo de nubes y de pájaros.

Me fundí con el aire, con las cosas,

sentí el fondo del mundo entre los labios

y palpité, en la noche inmensa, grande,

como un tremendo arcángel derramado.

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NO SÉ QUÉ FUERZA ME CONVOCA EN TU ENTRAÑA

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Hay mucho de animal en el instinto, también en el “humano instinto”, como se titulaba el soneto en su primera edición. Por eso no debe asustar la primitiva poderosa llamada al encuentro íntimo cuando, dirigiéndose a la amante, el poeta exclama sorprendido: “No sé qué fuerza, con tenaz porfía, / me convoca en tu entraña.” Claro que a continuación enriquece la hoguera de ese fuego pasional con otra llamarada más tierna, el sentimiento: “voy desde el corazón a tu figura.” Al final, todo queda más claro en expresión del amante, que suplica: “Llena mi soledad...”

Incluso se plantea el difícil diálogo con un Dios cruel o mudo, que tanto me recuerda el poema de Vicente Gaos que se inicia, gimiendo desde el desamparo: “¡Qué negación de Dios, qué noche oscura...!” Y se cierra, implorando a la amada: “¡Existe al menos tú si Dios no existe!”

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INSTINTO

He de sembrar tu tierra, amada mía,

de esta semilla amante, huracanada,

que me duele en el alma, aprisionada

por esta piel, o cárcel, o agonía.

No sé qué fuerza, con tenaz porfía,

me convoca en tu entraña. A su llamada

marcha hacia ti mi sangre enamorada,

increíble, ancestral, cálida, umbría.

Ciego de amor, en proceloso anhelo

voy desde el corazón a tu figura,

delirante de instinto y de desvelo.

Llena mi soledad, mi noche oscura

y el cósmico silencio de este cielo

que amenaza mortal desde la altura.

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RAFAEL MORALES

Premio Nacional de Literatura 1954

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1. Poemas del toro

CHOTO

A UN TORO VIEJO

2. El corazón y la tierra

A UN ESQUELETO DE MUCHACHA

PRIMAVERA

INSTINTO

3. En este valle de lágrimas

LOS ABANDONADOS

LAS AMANTES VIEJAS

LOS NIÑOS MUERTOS

4. Canción sobre el asfalto

CÁNTICO DOLOROSO AL CUBO DE LA BASURA

CANCIONCILLA DE AMOR A MIS ZAPATOS

SONETO TRISTE PARA MI ÚLTIMA CHAQUETA

5. De pronto, el barro fue vivificado

ADÁN

TENTACIÓN

COMO EL CHOPO

6. Dos árboles y un gato

LA TRANSFIGURACIÓN

EL ÁRBOL DE LA CLÍNICA

GATO NEGRO EN EL PASEO DE LAS DELICIAS

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