Elizalde hizo justicia con “la homilía del 3 de marzo”, (en 1976 el funeral fue el 5 de marzo)
50 años del 3 de marzo de 1976. Un funeral para la memoria
A la misa le faltó el arropo y la presencia del clero alavés en el presbiterio como ocurriera el 5 de marzo de 1976
El Memorial garantizará el recuerdo de las víctimas de esta masacre. Pero el 3 de Marzo ha tomado un nuevo rumbo para dar paso a las reivindicaciones de la izquierda abertzale principalmente
A los 50 años de la masacre perpetrada por la policía, los “grises”, en la parroquia de San Francisco todavía se sigue esperando un mea culpa al menos del Estado y de todos los agentes que no estuvieron a la altura en aquellos momentos. En la mañana de 3 de marzo de 2026 sí hubo, dentro del acto institucional con las autoridades políticas, un reconocimiento de la responsabilidad del aparato institucional, “la policía armada” en los asesinatos que acabaron grabando este día para la historia.
Han pasado 50 años para que aquellas grabaciones que se obtuvieron “clandestinamente” se escuchen con toda su crudeza y responsabilidad. Gracias a que los radio cassettes Philips de la época iniciaban su banda de frecuencias en la 87.5 y permitían escuchar la frecuencia de la policía en la 87.7.
Desde una tienda de Vitoria, donde se vendían estos aparatos recogieron las conversaciones desde la que en la cinta Scotch se hicieron cientos y cientos de copias me llega la imagen de la radio y la cinta que hizo de máster para aquellas copias.
Aquellos sonidos dejaban claro que las órdenes habían sido claras y concisas. Cada uno tendría sus motivos, sus argumentos, sus miedos o sus convicciones para actuar como actuó. Pero se actuó mal y el día del funeral había varios féretros y muchas víctimas en los hospitales.
Junto a los actos civiles organizados por la Asociación 3 de Marzo/ Martxoak 3 y los actos privados de partidos y sindicatos y otras organizaciones, la Diócesis organizó una misa “In Memoriam”, porque como dice el obispo en su carta: “Recordar y rezar por quienes perdieron injustamente la vida es un acto propio del cristiano y que habla de humanidad.”
No era fácil encajar la misa dentro del programa de actos previstos para este día, y aunque se hizo sin consensuar con la Asociación 3 de marzo, lo que fue entendido por parte de esta asociación como una “contraprogramación”, la verdad es que, aunque con calzador, se valoró que podría ser el horario más favorable para facilitar la asistencia de la gente, entre el acto ante el monolito situado frente a la iglesia de San Francisco, previsto para las 17:00 y la manifestación que partiría de la Catedral Nueva de María Inmaculada pasadas las 18:30 de la tarde dado que hubo que esperar la llegada de la convocatoria juvenil. En esa franja horaria se entendió que, a una hora inusual, las 17:45 se podría dar inicio a una misa para la que se estimaría una duración de entre 30 y 40 minutos.
Puntualmente partió el cortejo procesional del pequeño grupo de sacerdotes que acompañaban al obispo. La nave central de la Con Catedral de María Inmaculada vió ocupadas casi todas sus bancadas con algo más de 300 fieles que acudieron a la convocatoria.
El obispo eligió para la ocasión recuperar la lectura del texto original, sin suprimir los párrafos censurados por su predecesor, Francisco Peralta. Por el valor del texto lo voy a adjuntar marcando en cursiva las frases que fueron eliminadas y que Elizalde ha conservado en un gesto de justicia hacia sus curas. Algo que hizo antes de finalizar su homilía reconociendo y agradeciendo la labor tanto de los sacerdotes de Zaramaga y de otras parroquias como de aquellos agentes pastorales y grupos de Iglesia implicados en la lucha obrera, HOAC, Cáritas y Secretariado Social.
Agradezco a Félix Placer que me ha facilitado el texto que se recogió en un libro titulado: “Vitoria. De la huelga a la matanza”.
(En cursiva los párrafos suprimidos por monseñor Peralta)
“Una violencia ciega ha arrojado el peso de un dolor insoportable sobre unas familias de Vitoria y sobre este pueblo nuestro: las familias de Pedro María, obrero de Forjas Alavesas; de Romualdo, obrero de Agrator; y de Francisco, obrero de Panificadora Vitoriana, muertos insensatamente sobre nuestras calles. Violencia también, sobre este pueblo nuestro, incapaz de comprender por qué nos han sido arrebatados y que quisiera acercarse a sus familiares para compartir tan gran sufrimiento y para mostrarles, en esta tragedia sin sentido, su propia dolorida compasión, esta compasión de que solo el pueblo es capaz.
No quisiéramos tocar, siquiera, ese dolor con palabras de falso consuelo, palabras que serían una verdadera profanación. Pero el dolor que se expresa, sobre todo, en el silencio, debe encontrar también una voz que lo muestre y lo grite para que se sepa que las cosas ya no son como antes de estos hechos y para que las cosas no sean nunca jamás, para ningún otro, lo que ahora han sido y son para nosotros.
Y entre las demás voces del pueblo no queremos que falte la nuestra, la de la Iglesia de Cristo, que vive en este pueblo, que con él llora y que en él quiere ser, hoy y cada vez más, trabajadora de la paz, constructora de la justicia, en la búsqueda de la libertad. Todo ello en el amor de este pueblo del que nos sentimos también parte.
1.- Aunque no fuera más que, porque dos de los que han muerto, han sido prácticamente muertos en uno de nuestros templos, tendríamos que decir, no con odio, pero si con clara firmeza, una palabra de condena.
Habíamos abierto las puertas de este templo, como las de otros, al pueblo que lo necesitaba, para comunicarse a diario sus trabajos, sus luchas y sus angustias; que se reunían en ellos para crecer en unión y servir cada día con más fuerzas al ideal, que es el nuestro, de la creación de un mundo justo y fraternal. Y el pueblo ha aceptado nuestra buena voluntad y ha encontrado en nuestras iglesias, junto con nuestra acogida, un lugar, que, por ser de Dios, es de todos y para todos, una especie de casa común y de refugio al que acudir con todo derecho.
Pero este carácter de refugio, capaz de amparar en el pasado hasta la vida de auténticos criminales, no ha sido ahora suficiente para garantizar las vidas de estos hombres. Y no eran criminales, y no estaban perturbando la paz pública, ni siquiera faltaban al respeto debido a nuestro templo porque somos testigos – y debemos proclamarlo – de la plena corrección de su comportamiento.
¿En virtud de qué derecho y en nombre de qué justa finalidad puede nadie y menos quienes se arrogan para sí la misión de defender el orden y la justicia, penetrar violentamente, sin consentimiento de nuestro obispo, en uno de nuestros templos y disgregar por la fuerza la ordenada reunión que en él se celebraba? ¿Con qué derecho pudieron hacer uso en la iglesia, contra toda razón y necesidad, de unos medios que, si hubieran de ser alguna vez empleados, ciertamente no pueden serlo de la forma en que lo fueron, de una forma indiscriminada, contra una multitud de personas pacíficas, de toda edad y condición, como es la que llenaba nuestro templo?
¿Es que ni siquiera en las iglesias va a poder encontrar el pueblo un refugio y un amparo contra la violencia brutal? No lo encontraron para sus vidas aquellos cuyas muertes son la causa de nuestro dolor y de nuestra angustia.
La actuación de las fuerzas de la policía que causaron tales muertos, constituye así, y en un grado que resulta hasta impensable, una verdadera profanación de uno de nuestros templos, de la que son responsables tanto los individuos que la perpetraron, cuanto, y más, aquellos que con su autoridad la ordenaron o consintieron.
2.- Pero no es la profanación de un recinto de cemento y de hierro, aunque sagrado, lo que ahora nos duele. Es la profanación de algo más sagrado, como es el sagrado derecho de la vida, de lo que para un discípulo de Cristo es lo más sagrado: un hombre, unos hombres. Todo ello nos obliga a pronunciar, tampoco con odio, pero con mayor firmeza, palabras de absoluta condena que hoy siente todo hombre digno de tal nombre, todo aquel que no haya llegado, movido por un odio fratricida, a ser lobo bestial para su hermano.
No es lícito matar, no es lícito matar así. Lo dijo Dios: No mataras. Y esta palabra, palabra sagrada de nuestro Dios, ha sido cruelmente profanada en las muertes absurdas de estos hermanos nuestros.
No hay derecho a matar, no hay derecho amatar así. Las muertes que hoy angustiosamente nos conmueven – queremos decirlo con toda claridad – son absolutamente injustificadas y han de ser entendidas, por lo tanto, en su verdadera condición de homicidios. Porque no existe para ellas ninguna excusa. Quizá alguno encuentre, para sus autores materiales, atenuantes; pero para ellas nadie, nadie podrá encontrar justificación.
-No hay justificación en la ley, que a nadie permite, en ningún caso, el tomarse la justicia por su mano, ni menos esa terrible “justicia” de la pena de muerte, buscada u obligatoriamente previsible en un tiroteo a mansalva o discreción. Los que se dicen guardianes de la ley han resultado, en este caso, sus más graves violadores.
-No hay justificación en una pretendida legítima defensa; cuando la fuerza ha utilizado medios mortíferos, en una abundancia absurda, de forma absolutamente irracional y sin ningún previo aviso, contra una multitud indefensa que había evitado toda forma toda forma de provocación.
-No hay, por último, justificación, en nombre de la defensa del orden público, el cual, por el contrario, resulta lesionado y gravemente quebrantado por el empleo injustificado de una violencia extrema, y más si esta proviene de los obligados a custodiarla.
-(1) Estos tres párrafos señalados fueron suprimidos por el obispo y en su lugar se dijo: “… todo lo que se había hecho no tenía justificación ante la ley, ni en una pretendida legítima defensa, ni como justificación de la defensa del orden público…”
En nombre pues de nuestra ley cristiana y en nombre de la más elemental justicia, debemos proclamar y proclamamos, no con odio, y sí con consternación, la gravedad del atentado cometido contra el pueblo en las personas que ya son sus mártires.
3.- Estas muertes, por tanto, están reclamando, lo exigen imperativamente el ejercicio de la justicia para castigo legal de sus autores y reparación de los daños con ellas causados, si bien la muerte misma solo en Dios, que es vida eterna nuestra, puede obtener reparación.
- Por ello emplazamos desde ahora a la justicia para que se inicie la investigación de los hechos, se proceda a la identificación de sus autores, se determinen las responsabilidades ahí involucradas y se proceda a la detención de los culpables.
Solo una rápida, clara y eficaz intervención podrá hacernos esperar en un futuro en el que se impere, sobre todo, la fuerza de la ley y no la ley de la fuerza de unos pocos.
En esta tarea se impone ante todo, una rigurosa clarificación de los hechos. Solo así se evitará la ocultación, tergiversación y manipulación de la verdad, tanto en las fuentes oficiales de de información como en los medios de difusión. Y solo la verdad hará inocentes o culpables. A tal fin, y sin pretender suplantar competencias ajenas, el equipo que, ya desde el comienzo de los conflictos, presta un servicio de información y orientación, se brinda, una vez más, a cuantos quieran suministrar todos aquellos datos que permitan elaborar una versión fidedigna de los hechos. Creemos que este servicio a la verdad es un servicio que nuestra iglesia puede prestar al pueblo en estos momentos.
4.- No tenemos palabas de consuelo para los que tenéis el corazón particularmente dolorido y desolado con las muertes absurdas de los vuestros.
Quisiéramos que esta tragedia que os aflige no hubiera sucedido; queremos que no pueda repetirse para otras familias de nuestro pueblo. Vuestro especial dolor pudo haber sido – las balas son ciegas – el dolor particular de cualquiera de las familias de los que con los vuestros estaban en la iglesia de San Francisco de Asís. Nada de esto disminuye, sin embargo, vuestra pena; no tenemos palabras de consuelo.
Pero quisiéramos tener una palabra de misericordia en nombre de Jesucristo que es la misericordia de Dios para los hombres, una misericordia que quiere manifestarse en nuestra plegaria común, en nuestro propósito de ayuda, si la necesitáis y en nuestro entrañable acercamiento.
Y en nombre de Jesús, de aquel Jesús que murió perdonando a los que injustamente le sacrificaron, nos atrevemos a pediros la misericordia de vuestro perdón para los que os lo han arrebatado. Este Jesús que en la Cruz cumplió lo que nos mandara: “Amad a vuestros enemigos…” Os ayude a decir con Él: “Padre, ¡perdónales!”, para que nuestra vida no se haga estéril en el odio sino fecunda en el perdón.
También esa misericordia, de la que somos humildes mensajeros, se la ofrecemos a quienes, considerándose cristianos, han sido los autores, en cualquier forma o grado, de esas muertes; les exhortamos vehementemente y les suplicamos, en nombre de Jesucristo, a que, si se sienten capaces, soliciten de Dios el perdón de su pecado y el perdón de aquellos a quienes han causado tanto daño. Sin esto no sería posible el perdón de Dios.
Este suceso, que tanto nos conmueve, tiene su origen y marco en un conflicto laboral; con daños difíciles de medir, ha durado ya demasiado; pero no se puede terminar con el simple terror impuesto. Ha de concluir en un acuerdo justo como el que buscaban aquellos cuya muerte recordamos.”
Pasadas las 18:30 los fieles que habían acudido al funeral pudieron sumarse al acto civil que se iniciaría con una marcha encabezada por una pancarta donde, como siempre se pedía justicia, una justicia que se concreta en tres palabras: “Verdad, Memoria y Reparación”.
La comitiva llegó hasta las escalinatas de San Miguel desde donde, y a los pies de la misma fueron interviniendo varias personas, entre ellas la periodista Amparo las Heras que leyó un manifiesto donde se recogían prácticamente todas las reivindicaciones que más concretamente se irían desgranando en otras voces mientras caía la tarde.
Imágenes retrospectivas, un aurresku sobre la kutxa (el cajón), el canto de la internacional interpretado en euskera o el “Eusko Gudariak”, además de otras intervenciones completaron el programa.
Esta es la crónica de los actos de recuerdo del 3 de marzo en su 50 Aniversario.
Non solum sed etiam
No solo … lo que vimos y escuchamos… sino también una lectura más allá de lo evidente.
Empecemos por la Misa Funeral. Una lástima que tras el gesto del obispo de dar lectura a la homilía sin recortar aquellas frases y párrafos que en su día se censuraron este gesto no se hubiese correspondido con la presencia de los protagonistas de los hechos. Creo que fue un gesto de justicia hacia los sacerdotes diocesanos de aquellos años. Lástima que los supervivientes, y la mayoría de sacerdotes diocesanos, no estuviesen ayer en el presbiterio. Algunos se hicieron presentes entre la feligresía y otros estaban de camino tras el acto en Zaramaga. Y otros, simplemente decidieron no estar por otros motivos.
Imagino que nadie esperaría este 3 de marzo un lleno absoluto como el del 5 de marzo de 1976. Los tiempos han cambiado, la sociología religiosa de la población vitoriana también. Y a las nuevas incorporaciones en la pastoral lo del 3 de marzo ni les suena ni les motiva para nada, por eso en su peregrinar por la diócesis de Vitoria no se hicieron presentes lógicamente. Todo esto explica que el aforo de María Inmaculada no se cubriera ni de lejos.
Pero me quedo con el gesto del obispo de recuperar la homilía original y no la censurada.
En otro orden de cosas y en un análisis más social y sociológico creo que ayer asistimos al "entierro" del 3 de marzo de 1976 y a la puesta de largo del Martxoak 3 (Hiru) que a partir de ahora será algo diferente. Y si no es propiamente el entierro sí a quedar en un segundo plano con el tiempo.
Siempre quedará la imagen de los cinco o los siete trabajadores asesinados,pero como el póster en la pared del que no nos queremos desprender. Ayer quedó de manifiesto que el 3 Martxoak será el día de las reivindicaciones de la izquierda abertzale: será el día para hacer reivindicaciones obreras, salariales, de justicia social, pero también feministas, contra el fascismo, contra el imperialismo, contra las brechas salariales, contra la desigualdad, a favor del euskera, y con el tiempo se irán incorporando seguramente reivindicaciones contra el Estado Español y a favor de la independencia del País Vasco o de Euskal Herria.
Y todo desde la óptica de la izquierda abertzale, porque "otras izquierdas" hace tiempo que se descolgaron de algunos actos del 3 de marzo. Esto se ha venido madurando poco a poco.
Y a las víctimas les salvará el Memorial. Ahora más que nunca tiene sentido para las familias el Memorial 3 de marzo de la Iglesia de San Francisco, como a mi juicio debería llamarse. Porque ya hay gente que cuando se refiere a la Plaza de la Virgen Blanca, se detiene en la palabra “plaza” como si la Virgen Blanca le produjera urticaria.
Me imagino futuros 3 de marzo donde a las víctimas se les recuerde en el Memorial y el Gran Acto se celebre en la Plaza (de la Virgen Blanca) donde se boten todas las reivindicaciones como si de un cajón de sastre se tratara en el que de fondo, como se hacía antes, se haya colocado una hoja de periódico, en la que se hable del 3 de marzo de 1976.
Pero lo que se empieza a celebrar desde 2026 es el Martxoak 3 (Hiru), una jornada para la reivindicación y la protesta desde la izquierda abertzale.
Otro detalle que llamó mi atención fue la ausencia absoluta de ningún cuerpo policial. Policías de paisano los habría no cabe duda. Pero la seguridad estaba garantizada por los organizadores del Martxoak 3 (Hiru).
Agur 3 de marzo / Ongi Etorri Martxoak 3 (Hiru)