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A 50 años del golpe militar, los obispos argentinos aportan valentía y claridad

"Nunca más tiranos, siempre más justicia. Esta es la idea motora del mensaje de los obispos argentinos con motivo de cumplirse, el 24 de marzo, los cincuenta años del golpe militar que ocupó a sangre y fuego la suma del poder público durante siete años"

Golpe militar en Argentina 1976

Nunca más tiranos, siempre más justicia. Esta es la idea motora del mensaje de los obispos argentinos con motivo de cumplirse, el 24 de marzo, los cincuenta años del golpe militar que ocupó a sangre y fuego la suma del poder público durante siete años, con el argumento de que todo vale para combatir el comunismo.

Estas afirmaciones parecen exageradas y extemporáneas, pero lamentablemente no lo son. En esos tiempos de mediados de la década del 70 llega a Latinoamérica la garra de los Estados Unidos (¡cuándo no!) de alimentar totalitarismos en nombre de la paz para eliminar otros totalitarismos que, según sus teorías siempre económicas y de poder, garantizaban el mal absoluto.

Como si cantar el Himno Nacional en posición de “firme” garantizara justicia y dignidad. El Himno Nacional se canta con la convicción que en el país al que representa se ejerce la justicia y se resguarda la dignidad de todos… Y estos valores no incluyen nunca la violencia de ningún tipo.

El mensaje episcopal (“Nunca más a la violencia de la dictadura y siempre más a una democracia justa”), firmado por la veintena de obispos que conforman la Comisión Permanente, merece ser leído con atención y sólo se le hará justicia si se lo aborda sin prejuicios ideológicos. Comienza citando al Beato Fray Mamerto Esquiú en razón de la muy conocida homilía del 9 de julio de 1853. Toda una perla preciosa.

“Oscura noche en nuestra historia”

Con la constante de resaltar el valor fundante de la democracia bien entendida –no la que lleva al poder a tiranos totalitarios visceralmente antidemocráticos, por ejemplo- califica el período 1976-1983 de “oscura noche en nuestra historia”. Saben los obispos que no pocos reaccionarán ante tal afirmación, impensable hasta hace poco en boca de la Iglesia por aquello de lo “políticamente correcto”.

Con ese fundamento el mensaje hace aportes cargados de sentido común y realidad en referencia a dos valores fundamentales: la memoria íntegra y luminosa y la necesidad de trabajar por una comunidad de hermanos. Aún hoy se escuchan voces que llaman a olvidar lo que pasó y apostar por un tiempo nuevo. La derecha española es un ejemplo: no cesan en aquello de “Franco ya pasó, hay que mirar hacia adelante”.

Esa idea se convierte en política y en un sofisma tramposo. Se extiende por doquier y pretende disolverse en la realidad como el veneno en el agua: parece potable, pero beberla mata.

El patio de armas de lo que fuera la Escuela Mecánica de la Armada Argentina | C5N

La memoria es fundamental para construir identidad, pero solo cuando es “íntegra y luminosa”, consigna el texto, que citando a Francisco en Fratelli Tutti replica: “Necesitamos mantener viva la llama de la conciencia colectiva, testificando a las generaciones venideras el horror de lo que sucedió que despierta y preserva de esta manera el recuerdo de las víctimas para que la conciencia humana se fortalezca contra todo deseo de dominación y destrucción”. “Hacer memoria –continúa el documento- nos permite comprometernos con los desafíos del presente y orientarnos hacia un futuro mejor”.

Al referirse al valor de la verdadera libertad, lejos de generalizar en un falso alcance general, los obispos dicen: “La libertad para una nación nunca se construye por la vía de la violencia y la violación de los derechos humanos de otros hermanos y hermanas. La memoria del terrorismo de Estado ha de conducirnos hacia una vida democrática más justa”.

El llamado a trabajar por la construcción de una comunidad de hermanos identificados por el sentimiento de la Patria, constituye el segundo punto del mensaje que a esta altura derrocha claridad y valentía.

En otra cita a Francisco sostiene que la amistad social va más allá de grupos que piensan diferente, sino que exige un encuentro con los sectores más empobrecidos de la sociedad. Es allí donde, a mi juicio, resuena una de las afirmaciones más lúcidas del documento: “El desarrollo humano integral es hoy el nuevo nombre de los derechos humanos”.

La lucidez consiste en darle dinámica de acción para desarrollar a quienes ven postergados sus derechos; los de antes y los de ahora.

Además de rescatar el valor del trabajo como fruto de la verdadera democracia y destacarlo como uno de los ejes centrales de la cuestión social, deriva en el valor de la dignidad de cada ciudadano que de esa manera pone el hombro para construir una patria fraterna y equilibrada.

Del valor del diálogo como vehículo de crecimiento pasa a denostar el insulto como método: “Del insulto de cada día al que piensa distinto, líbranos Señor!!!”.

La cita al papa León XIV cuando llama a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato y a hablar mal de quienes no pueden defenderse, encamina el mensaje hacia la conclusión, que exige “una presencia inteligente y eficiente del Estado que vele por la dignidad de las personas”.

El texto, más extenso que lo habitual, resalta el valor supremo de la Constitución Nacional, que si fuera respetada garantizaría la base de todo proyecto de Nación donde entren todos “privilegiando a las puntas de la vida: los ancianos y los niños”, concluye.

Es de fácil suposición que a algunos prelados argentinos este mensaje caerá gordo. ¡Y eso que se suavizó el comienzo del texto original! Pero ya era hora: que los obispos sobrevuelen los temores terrenos con las alas del Evangelio.

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