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Antonio Aradillas: "Zafarrancho canónico"

La barca de Pedro española navega lento...

"Gracias sean dadas a Dios, los obispos dejaron de ser reconocidos a perpetuidad, y algunas brazadas de luz se cuelan por las vidrieras de iglesias-catedrales, cuentas bancarias y Curias y palacios episcopales"

"Pero en la España episcopal hacen falta fuertes sesiones de zafarranchos 'coronavíricos' y de los otros. La lentitud es mala –malísima- consejera en cuanto tenga relación con la limpieza"

"El prototipo de obispos imperiales, alejado del pueblo y hasta en contra y con el rechazo del mismo y aún de sus curas, no "pasó ya a mejor vida". Perdura. Sigue siendo todavía el ideal para muchos"

"Da la impresión de que las mascarillas ampliaron su radio 'sanante' de acción y hasta les llegaron a tapar los ojos, limitando la función de sus órganos de relación solamente a seguir oliendo las nubes de incienso…"

"Zafarrancho canónico"

Comprendo que a algunos el término “zafarrancho”, con su adjetivo canónico- episcopal, pueda parecerles al menos estridente. Pero “irreverente”, jamás. Es palabra registrada con todos los honores en el léxico marinero, con referencias penitenciales a “limpieza general” de barcos y barcas pertenecientes a tan sagrada institución tanto militar, como laboral y de ocio. Si hay algún signo, instrumento, lugar o personas elegidas por Jesús con preclara instancia adoctrinadora, fueron precisamente el mar, quienes los surcaban, pescaban, pasaban sus noches y salvaban sus vidas solo con creer que Jesús era Jesús y no un fantasma, procedente de “allende los mares”.

La Iglesia es mar. Es el mar. Es la “barca de Pedro” y de quienes lo siguen e imitan. “Mar”, “barca” e “Iglesia” se identifican en la variedad de expresiones, situaciones y parábolas en el santo Evangelio.

Y en el mar, en la Iglesia, tienen relevancia singular Pedro, los Apóstoles y sus sucesores y sucesoras. Es decir, “apóstoles” y “apóstolas”, aunque estas, por aquello de “sin contar las mujeres y los niños”, también se hallaran presentes, pescaran y cocinaran los frutos del mar y de la palabra de Jesús, el Salvador”

Tal y como se van desarrollando últimamente las cosas dentro de la Curia Romana y del resto de las diócesis, gracias sobre todo a la tarea-ministerio encarnado en el papa Francisco, con dolorosa mención mayoritaria para los “Apóstoles-obispos- del mar y de los “males”, solo con visitar la cubierta de la barca-institución y sin necesidad de tener que meterse en profundidades mayores, los comentarios de desconfianza y desolación con muchos y fáciles.

En la España episcopal “rodeada de mar por todas partes, menos por una”, pero con diócesis- islas, hacen falta fuertes sesiones de zafarranchos “coronavíricos” y de los otros. La lentitud es mala –malísima- consejera en cuanto tenga relación con la limpieza. En la Iglesia lo es mucho más. La renovación del episcopado precisa ritmos más acelerados que los que puedan marcar, y marcan, los años. Y además, de estos –en la medida de los tiempos- no siempre son referencias claves las fechas de los DNI episcopales respectivos. Lo es la disponibilidad en el proceso de la adoración a Dios que “pasa” de los ritos y las ceremonias y se detiene, se posa y se manifiesta con el testimonio en el servicio al prójimo.

Gracias sean dadas a Dios, también los obispos dejaron de ser reconocidos a perpetuidad, y como obispos, como “santos” e “intocables”. Los medios de comunicación entreabren de vez en vez las puertas sagradas de historias presentes y pasadas, con documentación y transparencia evangélica, y algunas brazadas de luz se cuelan por las vidrieras de iglesias-catedrales, cuentas bancarias y Curias y palacios episcopales.

El prototipo de obispos imperiales, alejado del pueblo y hasta en contra y con el rechazo del mismo y aún de sus curas, no “pasó ya a mejor vida”. Perdura. Sigue siendo todavía el ideal para muchos. Los no “normales”, son los comprometidos con el Vaticano II y menos si son “franciscanos” por convencimiento, por teología pastoral y por evangelio.

En España faltan obispos a los que se les pueda obsequiar con el diploma de “reformadores”. Son de por sí, “conservadores”, con todas sus consecuencias, por nombramiento y por vocación, invocando algunos, con falacia, la anuencia y la rúbrica del mismo Espíritu Santo.

Los obispos españoles precisan mirar más, por ejemplo, a los de Alemania, que a los que pululan por las estancias vaticanas, aún no “franciscanizadas”, sin dejar de prestarles sacrosanta atención a los que configuran las Conferencias Episcopales de las áreas de las Amazonías y de territorios y ámbitos similares. Con títulos o sin ellos, la Conferencia Episcopal Española está falta de líderes.

Da la impresión de que las mascarillas, de obligado cumplimiento sensato y legal, –que por cierto resultan más litúrgicas que las mitras-, ampliaron su radio “sanante” de acción y hasta les llegaron a tapar los ojos, limitando la función de sus órganos de relación solamente a seguir oliendo las nubes de incienso…

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