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Contar con presbíteros extranjeros y extradiocesanos. Dos asuntos finales

Con lo anotado hasta ahora, se podría dar por acabada la presentación y evaluación de esta estrategia pastoral. Pero, si lo hiciera, quedaría fuera la mención de algunas semillas de futuro, que, a pesar de todo, es posible que también estén surgiendo

Semillas de futuro

Con lo anotado hasta ahora, se podría dar por acabada la presentación y evaluación de esta estrategia pastoral. Pero, si lo hiciera, quedaría fuera la mención de algunas semillas de futuro, que, a pesar de todo, es posible que también estén surgiendo. 

En efecto, conozco una diócesis cuyo obispo parece haber decidido contar con sus propias fuerzas ministeriales, tanto presbiterales como laicales, entre otras razones, porque además de seguir siendo cierto que “no hay mal que dure cien años”… también lo es que se puede estar asistiendo -al menos, en este caso y tras una penosa historia-a una reconfortante recuperación de la “normalidad eclesial” y a implementar una pastoral “integral” o articuladora.

Entiendo que son dos asuntos que merecen ser expuestos, aunque sea brevemente, antes de dar por finalizado este capítulo dedicado a “contar con presbíteros extranjeros y extradiocesanos”, más allá de que la voluntad y el proyecto propuesto acaben contaminados o diluidos en otras opciones más propias de otros tiempos y con escaso o muy limitado futuro pastoral. 

La complicada recuperación de la "normalidad eclesial"

Como he indicado, existe una diócesis en la que, finalizada la presidencia de un obispo que decidió, en su día, someterla a la estrategia pastoral contrarreformista y tridentina contando con presbíteros extranjeros y extradiocesanos, su sucesor ha tomado la decisión de desentenderse de tal estrategia y del modelo de Iglesia favorecido y recuperar al presbiterio diocesano y al pueblo de Dios que todavía se encuentre en disposición de caminar hacia una iglesia de pequeñas comunidades vivas y con futuro, es decir, ha decidido contar con las propias fuerzas y, luego, una vez acordado el diseño de futuro y vistas las disponibilidades, solicitar, si se ve necesario, ayuda.

Comunidad

Es una estrategia que está ensayando a la espera de que sea posible salir, cuanto antes, del atolladero pastoral y eclesial recibido de su predecesor; algo en lo que se ha implicado personalmente teniendo muy en cuenta, en primer lugar, que es necesario ir recolocando a una buena parte -o a la totalidad- de los presbíteros, laicos, laicas, religiosos y religiosas extradiocesanos y extranjeros en sus diocesis originarias; en particular, a los que han manifestado -de una u otra manera- una singular sintonía estratégica, espiritual y teológico-pastoral con su predecesor; y más, si ha sido “apasionada”. 

En un momento posterior, ha acompañado esta primera decisión de otra, consistente en recuperar a algunos de los presbíteros extranjeros y extradiocesanos en consonancia con los objetivos propios de la colaboración entre iglesias hermanas del programa “Fidei donum”, así como de los que son específicos de la “cooperación misionera”.

Y, sobre todo, ha propuesto una estrategia y un plan de actuación pastoral presididos por la firme voluntad de contar con los posibles “restos parroquiales” o “rescoldos comunitarios” que todavía tengan voluntad de ir adelante

Y, por supuesto, con los presbíteros diocesanos -sin descartar a los extradiocesanos y extranjeros- que tengan fuerzas para seguir adelante con la nueva estrategia pastoral que se está diseñando y que, obviamente, sintonicen creativamente con la espiritualidad y teología del ministerio ordenado aprobadas en el Vaticano II y tímidamente implementadas en el postconcilio hasta el Sínodo mundial de obispos de 1971; o que, al menos, estén en disposición de ponerse, eclesiológica y pastoralmente, al día. 

Por tanto, se ha propuesto contar con aquellos presbíteros dispuestos a promover y acompañar tales parroquias en caída libre (o no) sintonizando -de manera clara y explícita- con la identidad y espiritualidad del ministerio ordenado aprobadas en el Vaticano II. Y, por ello, atentos a cuidar la unidad de fe, la misión evangelizadora y la comunión eclesial de las parroquias que se les puedan encomendar con las restantes que forman parte -y puedan existir- de la diócesis.

No se trata, de ninguna manera, de un modelo de sacerdote tridentino o unidimensionalmente cultual, sino de un presbítero que, de acuerdo con una “pastoral integral” y articuladora, sea, a la vez, itinerante, apostólico y “barquero” (Christoph Theobald), es decir, dispuesto a ayudar a pasar de la orilla de la minoría de edad a la de la mayoría de edad eclesial a los que se le encomienden y que estén dispuestos a realizar dicho tránsito.  

Corresponsabilidas

Se entiende, a la luz de estos criterios y objetivos, que el nuevo obispo busque recuperar y activar los protocolos de relación con los presbíteros extranjeros, tanto en los términos propios de la “cooperación misionera” como en los del programa “Fidei donum”. Y que, en coherencia con tal voluntad, clarifique los términos de la colaboración y las obligaciones contraídas tanto por la diocesis de origen como por la de acogida y, obviamente, por el presbítero en cuestión, así como el tiempo de estancia, las obligaciones o servicios ministeriales que es posible solicitar a los presbíteros extranjeros y la fecha previsible de regreso a sus respectivas iglesias locales. 

Y se entiende, igualmente, que concrete el número de presbíteros y seminaristas a los que la diócesis está dispuesta a acoger, ayudar y acompañar anualmente con el fin de que puedan completar su formación teológica; nunca para solucionar problemas pastorales domésticos de la diócesis de acogida ni para acabar siendo piezas de una estrategia pastoral que se preste, por ejemplo, a instrumentalizarlos y, por ello, victimizarlos. 

Estas pinceladas -y otras posibles, de parecido estilo- evidencian con toda fuerzala importancia de contar con un obispo que apueste y se comprometa con el futuro de la diócesis que se le ha encomendado y que lidere -de manera sinodal y corresponsable- la estrategia que se estime mejor y el oportuno plan de actuación. 

Por tanto, para que las parroquias que se encuentran en caída libre puedan llegar a ser algún día comunidades vivas y con futuro no solo es imprescindible contar con la voluntad de los bautizados y bautizadas de un lugar que estén dispuestos a implicarse en dicha tarea. También se requiere un nuevo modelo de presbítero -da lo mismo que sea diocesano, extradiocesano o extranjero- que se implique en la tarea de caminar con tales parroquias en caída libre (o no) para que puedan llegar a ser comunidades vivas y con futuro. 

Y, sobre todo, se necesitan obispos casados con las diocesis que se les han encomendado y que, por ello, estén dispuestos a ir revisando la mediación absolutista, monárquica y medieval con la que viene revestida la teología actual del episcopado y, particularmente, su autoridad en favor de otra deliberativa y co-decisiva. 

Una pastoral integral o articuladora

Pero existe, además de esta “recuperación de la normalidad diocesana” una segunda cuestión referida a lo que he denominado “pastoral integral” o articuladora como criterio de dicha “recuperación de la normalidad”. 

Entiendo que se ha de implementar no solo para salir al paso de una carencia manifiesta de seminaristas y de presbíteros autóctonos, sino también para superar la promoción de una espiritualidad, de una teología, de un modelo eclesial y de unos movimientos laicales y religiosos que tienen dificultades para articular la vida cultual (que, por cierto, es más que la celebración de eucaristías) con el anuncio o la evangelización, con el cuidado de la caridad y de la justicia y con la promoción de la ministerialidad y corresponsabilidad bautismal.  

En el caso de que se intentara recuperar la vida diocesana concediendo desmedida centralidad al culto, se estaría llevando a que las parroquias en caída libre (o no) tuvieran gravemente hipotecado su futuro; y, con ello, quedaría seriamente cuestionado el mismo futuro de la iglesia local. Y eso es lo que, de hecho, viene sucediendo cuando se encomiendan parroquias a presbíteros extranjeros y extradiocesanos sin el debido acompañamiento o cuando se cuenta con diocesanos que se ponen de perfil ante lo que es una pastoral integral y se refugian, igualmente, en el culto y solo en el culto o, como mucho, amplían su tarea a funciones administrativas. 

Y también cuando no se cuenta con un proyecto y con un plan pastoral presidido por la firme voluntad de acompañar las parroquias en caída libre (o no) que decidan serlo para poder llegar a reconocerse y ser reconocidas, cuanto antes, como comunidades vivas porque articulan el anuncio o la palabra, la celebración y la liturgia, la caridad y la justicia con la corresponsabilidad ministerial, bautismal u ordenada.

Iglesia de todos

De ello -de cómo implementar una pastoral integral y articuladora- habrá que hablar más adelante, cuando se aborde la estrategia pastoral que tiene como razón de ser la promoción y el acompañamiento de los posibles restos parroquiales y rescoldos comunitarios.  

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