Hazte socio/a
Última hora:
El Supremo valida la regularización de migrantes

Estoy deseando acabar con esto

Esperanza

(Dedicado a la víctima del expediente D94 JRG. Y a todas las víctimas)

Hay frases que una víctima no olvida nunca.

No porque sean crueles.

No porque sean pronunciadas con mala intención.

Precisamente por lo contrario.

Porque nacen del cansancio.

Porque se dicen con naturalidad.

Como si apenas pesaran.

Pero algunas palabras, cuando atraviesan la historia de una víctima, adquieren un peso que quien las pronuncia rara vez imagina.

Abusos

«Estoy deseando acabar con esto»

Aquella frase no fue un insulto.

Ni una amenaza.

Seguramente tampoco una confesión de indiferencia.

Probablemente solo expresaba el agotamiento de quien llevaba meses tramitando un expediente especialmente complejo.

Y, sin embargo, al otro lado del teléfono no escuchaba un funcionario.

Escuchaba una víctima.

Y las víctimas traducen el lenguaje de otra manera.

Donde las instituciones oyen procedimientos, ellas oyen memoria.

Donde los expedientes registran hechos, ellas reviven noches.

Donde un instructor piensa en plazos, una víctima vuelve a atravesar medio siglo de silencio.

Por eso aquella frase cayó sobre un terreno muy distinto del que imaginaba quien la pronunció.

No cayó sobre unos papeles.

Cayó sobre una vida.

Durante décadas aquel hombre había aprendido a convivir con recuerdos fragmentados.

Había reconstruido lentamente el nombre del agresor.

Había buscado documentos.

Había reunido informes médicos y psiquiátricos.

Conchi Neira

Había localizado archivos.

Había sostenido él mismo buena parte del expediente que ahora descansaba sobre una mesa institucional.

Y después de todo ese recorrido escuchó:

«Estoy deseando acabar con esto»

Entonces comprendió que el cansancio también podía tener dos direcciones.

El suyo llevaba más de cincuenta años.

El del procedimiento apenas unos meses.

No eran comparables.

Pero tampoco necesitaban enfrentarse.

Porque la verdadera reparación exige precisamente eso:

que las instituciones aprendan a sostener durante un tiempo el peso que las víctimas llevan soportando durante toda una vida.

Robert Frost escribió que los bosques son hermosos, oscuros y profundos.

Las víctimas conocen demasiado bien esos bosques.

Saben que no se atraviesan deprisa.

Que no existen atajos.

Que algunas heridas avanzan con una lentitud desesperante.

Por eso la reparación no consiste únicamente en resolver un expediente.

Consiste también en acompañar el tiempo humano del dolor.

Con paciencia.

Con presencia.

Con palabras que no aumenten la intemperie.

Porque hay frases que alivian.

Rosa marchita

Y otras que, sin pretenderlo, vuelven a dejar sola a la víctima.

Afortunadamente, esta historia no terminó en aquella frase.

Con el paso de los meses ocurrió algo importante.

La institución siguió escuchando.

Leyó nuevos documentos.

Incorporó nuevas reflexiones.

Comprendió mejor la dimensión humana del caso.

Y finalmente llegó una resolución favorable.

La reparación no borró el pasado.

Eso nadie puede hacerlo.

Pero sí corrigió el rumbo.

Demostró que una institución puede empezar un camino con dudas, atravesar momentos de cansancio y, sin embargo, terminar haciendo justicia.

Quizá esa sea la enseñanza más valiosa.

No exigir instituciones perfectas.

Sino instituciones capaces de escuchar hasta el final.

Capaces de rectificar cuando comprenden mejor el dolor que tienen delante.

Porque la reparación verdadera no empieza el día en que se fija una indemnización.

Empieza mucho antes.

Esperanza

Empieza cuando quien escucha deja de pensar únicamente en terminar un expediente y comprende que, delante de él, no hay un procedimiento.

Hay una vida.

Y esa vida lleva demasiado tiempo esperando para volver a sentirse escuchada.

También te puede interesar

Lo último

Antonio y Ángel ¿turistas o peregrinos? Apóstoles¡

Más de 160 años... apòstoles in vitam aeternam

¿Puede llamarse verdaderamente sinodal una Iglesia en la que las decisiones siguen dependiendo casi exclusivamente de una autoridad jerárquica de clérigos varones?

La sinodalidad avanza, la democracia eclesial sigue esperando