Emigración, evangelio, política, y el impactante el silencio de la cúpula episcopal española
La emigración históricamente se ha considerado más como un trágico problema que como un bien para el país acogedor… Aquí la ideología política impera sobre el núcleo ético del evangelio
La emigración históricamente se ha considerado más como un trágico problema que como un bien para el país acogedor. Si echamos un vistazo a la Biblia, aparece un relato llamativo, como es el de Sodoma y Gomorra. Un relato que no puede ser más devastador para la emigración, para los que huyen de la violencia, del hambre, de la opresión antihumana…; un relato, mediante una hermenéutica sesgada, rayana hoy día en el bulo, que cambia totalmente la verdadera realidad, como ocurre ahora en los relatos de los medios de comunicación sobre lo acontecido en Ceuta.
La narración del texto de Sodoma y Gomorra tiene un significado etiológico, es decir, pretende dar una explicación de la destrucción de algunas ciudades y de la existencia de la gran depresión del Mar Muerto; si bien para el científico de la Universidad inglesa de Bristol, M. Hempshell, la trayectoria de un meteorito y su posterior explosión en el año 3123 a.C. podrían explicar la leyenda bíblica de la destrucción de las ciudades de Sodoma y Gomorra, en medio de una lluvia de fuego y azufre. La interpretación homosexual surge en la literatura intertestamentaria del siglo I a. C. En favor de esta interpretación se cita, sobre todo, el hecho de que Lot, para evitar el abuso de sus huéspedes, ofrece la entrega sexual de sus propias hijas a los habitantes de Sodoma. Por el contrario, se insiste en que el verbo hebreo “yadá” –traducido por “conocer”– sólo tiene una connotación sexual en 16 de las 822 veces que se utiliza en la Biblia y siempre se refiere a la relación heterosexual. De ahí que se interprete este relato subrayando que Lot era un extranjero, y que, por ello, era peligroso que alojase a gente extraña en su casa, a los que los sodomitas deseaban “conocer”, es decir, cerciorarse de quiénes eran.
Pero lo más llamativo es que la interpretación que se da de este texto en el Antiguo Testamento no tiene que ver nada con la homosexualidad, sino con la hospitalidad al extranjero, al de fuera. Es significativo lo que dice el profeta Ezequiel al respecto: “Éste fue el crimen de tu hermana Sodoma: orgullo, voracidad, indolencia de la dulce vida que tuvieron ella y sus hijas; no socorrieron al pobre y al indigente, se enorgullecieron y cometieron abominaciones ante mí; por eso las hice desaparecer, como tú has visto” (Ez 16,49-50). Y la de Jesús no puede ser más clara, refiriéndose a Sodoma y Gomorra como ejemplo del no respeto a la hospitalidad: “Al entrar en una casa, saluda. Si la casa se lo merece, que la paz que le deseáis se pose sobre ella; si no se lo merece, vuestra paz vuelva a vosotros. Si alguno no os recibe o no os escucha, al salir de su casa o del pueblo, sacudíos el polvo de los pies. Os aseguro que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra que a aquel pueblo” (Mt 10,12-15). Se puede añadir el texto de Mt25,43, el llamado juicio final, que para José Mª Valverde es un juicio “ateo”: “fui forastero y no me acogisteis” (Mt 25, 43).
¿Dónde está esa acogida del forastero, del emigrante, del extranjero que huye de la pobreza o de la violencia o de prácticas abusivas y explotadoras de su país? Ya conocemos la posición de los partidos políticos cristianos de derecha, cuyo lenguaje es significativo al utilizar el término “invasión” emigratoria, con toda la carga semántica de violencia que conlleva, y no, por ejemplo, “llegada, avalancha” emigratoria. El rechazo total a la emigración, incluidos los niños y niñas no acompañados, es manifiesto y claro. La xenofobia, unida a la aporofobia, es el epicentro de su política social. Es una posición política, aunque no acorde con sus creencias cristianas.
Desde esta perspectiva es impactante el silencio de la cúpula episcopal española, si bien ha habido alguna mínima referencia al respecto y, sobre todo, alguna manifestación clerical, que, como se trata de una invasión, hay que rechazarla con la violencia. Aquí la ideología política impera sobre el núcleo ético del evangelio. De ahí que el “fui forastero y no me acogisteis” del evangelio no tiene que ver nada con la ideología política, con el hooliganismo político, diría yo. A mi modo de ver, aquí está la piedra angular que compromete el silencio de los obispos.
La nueva figura del hooligan político se impone a pasos agigantados y que la discusión política online fortalece considerablemente estas posturas, es un hecho certero según la investigación: Political Hooliganism: Political Discussion Attributes Effects on the Development of Unconditional Party Loyalty, llevada a cabo por el profesor de la Universidad de Pensilvania y catedrático de la Universidad de Salamanca, Homero Gil de Zúñiga y Navajas, con datos de población de democracias establecidas como España, EEUU y Nueva Zelanda. El dicho del hooligan futbolístico, “Viva er Beti manque pierda” lo dice todo, pues es un apoyo incondicional a su equipo por encima de su pésima situación concreta.
¿Dónde está esa acogida del forastero, del emigrante, del extranjero que huye de la pobreza o de la violencia o de prácticas abusivas y explotadoras de su país?
Ante esta realidad de mirar para otro lado, como lo hicieron el levítico y el sacerdote con el samaritano herido en la cuneta, la pregunta que cualquiera se hace, creyente o no, ¿la Iglesia no defiende al emigrante, porque, por ejemplo, no tiene capacidad de acogida? Más de uno dirá que no apoya ni defiende al emigrante por su hooliganismo político y para no poner en evidencia el pésimo comportamiento de los partidos cristianos de derecha. El grave problema de los emigrantes en Ceuta es que, además de algunos miles de adultos aún no devueltos a Marruecos, hay más de un millar de niños y niñas no acompañados, que no pueden ser devueltos por sentencia del Tribunal Supremo y el Gobierno pretende distribuirlos por las Comunidades Autónomas, pero ya de ante mano las Comunidades gobernadas por los partidos cristianos de derecha se han negado a colaborar.
Es aquí, al menos, donde la Iglesia tiene su tarea de llevar a cabo el mandato del evangelio: acoger a los forasteros. La Iglesia, en su trayectoria histórica, siempre ha estado ahí con lo pobres, los hambrientos, los marginados…, sin tener en cuenta si los gobiernos de los países se preocupan o no de los humanos en precariedad. ¿Cuántas órdenes religiosas se han creado para atender las necesidades de los pobres?
La actitud de la Iglesia ante esta situación ha de ser profética, de acogida y no de silencio o de negación de su compromiso con esa realidad trágica y antihumana
La Iglesia española, hoy más que nunca, tiene capacidad de acogida con su capital inmobiliario inmenso mediante donaciones, inmatriculaciones, etc. Y en gran parte vacío o semivacíos: seminarios, conventos, monasterios…
La actitud de la Iglesia ante esta situación ha de ser profética, de acogida y no de silencio o de negación de su compromiso con esa realidad trágica y antihumana, como hicieron los apóstoles ante la multitud que seguía a Jesús varios días y sin alimentos. Pero Jesús los puso en su sitio, reaccionando compasivamente: “Jesús bajó de la barca y vio que allí había un gran gentío. Entonces tuvo compasión de ellos y sanó a todos los que estaban enfermos. Cuando ya empezaba a atardecer, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: -Éste es un lugar solitario, y se está haciendo tarde. Dile a la gente que se vaya a los pueblos y compre su comida. Jesús les contestó: -No tienen que irse. Dadles vosotros de comer. Los discípulos respondieron: -Pero no tenemos más que cinco panes y dos peces. Jesús les dijo: -Traedlos aquí. Luego de ordenar que la gente se sentara sobre la hierba, Jesús tomó los cinco panes y los dos peces, miró al cielo y dio gracias a Dios. Después partió los panes y se los dio a los discípulos, para que ellos los repartieran a la gente. Todos comieron hasta quedar satisfechos. Y cuando los discípulos recogieron los pedazos que sobraron, llenaron doce canastas. Los que comieron fueron como cinco mil hombres, además de las mujeres y los niños”. (Mt 14, 13-21).