Francisco: ¡Cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres!
" Gracias hermano y amigo Francisco, gracias por tu vida, gracias por tu entrega y gracias por tu “frescura evangélica”, gracias por decirnos con tu vida que todos somos hermanos, que todo nos merecemos lo mismo, y que el único honor es el del servicio a los hermanos y hermanas desfavorecidos"
Se cumple un año de la marcha hacia el Padre de nuestro papa Francisco, un año en el que, como casi en todos los años, han pasado muchas cosas, a todos los niveles, a nivel mundial, a nivel de Iglesia, y seguro que también en las vidas de cada uno de nosotros. Un año en el que algunos de nosotros nos hemos sentido y nos sentimos “un poco huérfanos”. Para algunos de nosotros la partida de Francisco fue “un gran mazazo”, del que aún nos estamos todavía recuperando, un mazazo que nos dejó casi sin palabras y sin saber casi qué hacer. Sabemos que Francisco ahora está junto a Dios y sigue velando por nosotros, como tantos otros seres queridos, creemos en esa “comunión de los santos” que hace que podamos ahora decirle que sea él el que rece por nosotros, como tantas veces nos pidió él a nosotros, mientras nos acompañaba en esta vida. Sentimos su presencia, después de este año de ausencia, en todo lo que hacemos y en todo lo que vivimos, tanto a nivel de Iglesia particular como a nivel de Iglesia universal.
Francisco desde el principio “peleó” por esa Iglesia especial con la que él siempre soñaba, una Iglesia ciertamente “pobre y para los pobres”. Una Iglesia en la que los que no cuentan fueran siempre los primeros, como en el mismo evangelio de Jesús. Una Iglesia no de poder, sino de servicio, una Iglesia especialmente “que lavara los pies” a todos, pero especialmente a aquellos más injustamente tratados y maltratados por la vida. Para Francisco, sus preferidos eran los que estaban en la cuneta, “los descartados”, que él llamaba, entre los que estaban sobre todo los inmigrantes y los presos que llenan las cárceles del mundo. Y eran sus preferidos, no porque para él fueran los más importantes, sino porque ellos eran los preferidos y más importantes para el mismo Jesús de Nazaret. Dedicó todo su pontificado a ponerles en primer lugar, donde nadie los ponía, tanto que como siempre los poderosos, a todos los niveles, incluso dentro de la misma Iglesia, no lo entendían. Porque ciertamente el poder también está en nuestra Iglesia, y el papa Francisco también desde el primer momento luchó contra él, desde el mismo tiempo en que salió al balcón vaticano, en aquella tarde del 13 de marzo de 2012, recién elegido, “no pontífice máximo”, como rezan todos los bustos y tumbas de los papas en Roma, sino como servidor, como el que entendía que solo lavando los pies de los hermanos y hermanas más descartados estaba “siendo de los de Jesús”.
Esa Iglesia de los pobres que vivió también de su propia casa en Santa Marta, porque su renuncia a vivir en los palacios vaticanos tampoco fue una “mera casualidad”, sino una opción. El papa Francisco quiso hacer visible su opción por los más castigados, al estilo de Francisco de Asís, no solo por su nombre, sino especialmente por sus acciones concretas y su modo de vivir especial y revolucionario para algunos, pero evangélico para él y para los que pensamos que los papas también tienen que dar testimonio, incluso en su estilo de vivir, y hasta en dónde vive. Nos pareció algo muy importante, no un gesto simplemente simbólico, sino una auténtica opción de vida. Todavía recuerdo la primera vez que me dijo por teléfono que podía ir a visitarlo. “¿Puedes venir el día de la Virgen a las 9 la mañana a mi casa?”, y me quedé sin palabras, que el papa me dijera, así, sin más que fuera a visitarlo y a su casa. Y al preguntarle que si en Santa Marta, su respuesta fue enseguida: “claro, donde vivo”. Y así fue, acudí, “a su casa, a Santa Marta”, a la residencia donde él por opción personal decidió vivir y estar hasta el final de sus días. Una residencia donde podía ir a alojarse cualquiera, y donde de hecho él compartía su vida no solo con los curas que allí se alojaban, sino con el resto de la gente que también se alojaba allí.
Hizo suyo el consejo que desde el primer momento le susurró al oído el cardenal brasileño Claudio Hummes, recién elegido papa, y desde ahí dijo Bergoglio que enseguida le vino a su corazón la figura y el nombre de San Francisco de Asís, pobre entre los pobres y hermano de toda la creación. Su primer viaje apostólico de hecho fue a la isla de Lampedusa, precisamente para dignificar y honrar la vida de los ahogados en Europa, y desde el comienzo de su pontificado fue esa una preocupación fundamental: los que se ahogaban en el mar, tanto que llegó a afirmar incluso que “el Mediterráneo era el mayor de los cementerios”.
Este papa, venido del fin del mundo, como él mismo dijo nada más salir al balcón del Vaticano, para presentarse al mundo, fue además el que invitó a todo el pueblo de Dios a rezar por él, porque esa era otra de sus “obsesiones”. Nos pedía siempre a todos que rezáramos por él, que le tuviéramos presente en sus oraciones. “Ruego por vos, por favor hácelo por mí”, me decía siempre al terminar sus cartas. Y como digo al comienzo invitó también a rezar al pueblo por él, no fue el papa el que primero bendijo a los fieles, a su pueblo, sino que él se dejó bendecir por ese pueblo, con una actitud de especial humildad y confianza en el pueblo de Dios. Esa oración que pedía siempre por él era lo que le hacía confiar de modo especial en la Iglesia de Jesús, convencido de que él no era el importante, sino que era “uno más”, y él también necesitaba de las oraciones y de la cercanía espiritual del pueblo.
Desde ahí, el papa Francisco tuvo una especial predilección por el mundo de la prisión, por las personas privadas de libertad y por todas sus familias, pero además decía que los presos eran “los preferidos de Dios”, y “nos van a juzgar por si fuimos o no fuimos a verles, decía. Su cercanía fue tan especial que cada jueves santo, como ya es conocido, acudía a las cárceles de Roma a “lavar los pies a los presos”, diciendo que era también lo que hacía Jesús de Nazaret. Y lo hizo hasta en su último jueves santo, cuando ya su salud no se lo permitía apenas, pero quiso pasar ese último jueves santo junto a esos preferidos de Jesús, que son humillados y despreciados por casi todos. El jueves santo del año pasado visitó la cárcel de Rebbibia en Roma, y el lunes de pascua, nuestro hermano Francisco fallecía. No quiso marcharse sin darles su último aliento, su último encargo. A todos los que estábamos vinculados a la cárcel nos lo decía siempre, y a mí en particular, siempre era su consejo cada vez que nos veíamos o m escribía: “por favor, cuida a los presos”. Y lo decía desde el convencimiento de que ellos eran los últimos, que eran los que la sociedad, precisamente por lo que habían hecho, dejaba en la estacada, no contaban y no cuentan porque “son malos”, porque su vida no es como la de los que supuestamente “somos buenos”.
En la cárcel de Navalcarnero nunca olvidaremos los gestos de cariño y de cercanía que tuvo para con nosotros, nunca olvidaremos sus palabras, sus cartas, sus videos… siempre me decía que les apoyara, que les ayudara, y de hecho en las eucaristías que tenemos todas las semanas en la cárcel, los sábados, el papa Francisco tenía y tiene un puesto muy especial. Francisco para Navalcarnero, como para mí, no era el papa, no era “el jefe”, era el hermano y el amigo que siempre vela por cada uno de nosotros, y está cercano a todo lo que nos pasa. En la visita que le hicimos hace dos años, nos prometió que vendría a vernos si venía a España, un sueño que no pudo ver cumplido, pero una presencia que sin embargo nosotros sí sentimos casi a diario. Francisco no se nos ha ido de la cárcel, sino que continúa a nuestro lado, y nos sigue diciendo lo que tantas veces nos repetía: lo importante no es caer, sino no permanecer caído, lo importante es ser capaces de mirar siempre hacia adelante y continuar, por encima de todo, porque “Dios perdona todo, lo que pasa es que a veces nosotros no sabemos pedir perdón”, nos decía también. Un papa pastor, un papa hermano y amigo en el que muchos de nosotros encontramos al Jesús del Evangelio, y al Dios de la vida que cada día la comparte con nosotros, que nos cuida y que está siempre a nuestro lado.
Un papa que creía profundamente en el ser humano y en todas sus posibilidades, donde para él lo único importante era preocuparse por los demás. En muchas ocasiones me decía que todos podemos pensar como queramos, vivir como queramos y practicar la religión que queramos, siempre y cuando nos preocupáramos por los demás, y que los tratáramos como hermanos y hermanas. De ahí que otra frase muy conocida suya y que siempre repetía era que “en la Iglesia cabemos todos, todos, todos”. Y que nadie tiene derecho a juzgar a nadie y mucho menos en nombre de Dios. Una Iglesia que debe ser misericordiosa y acogedora para todos, pero no porque así es buena, sino porque solo así es auténticamente seguidora de Jesús de Nazaret y del Evangelio. De ahí que no podamos decir que el papa Francisco fuera un papa “progresista” o “adelantado”, o que fuera en contra de tal o cual tradición, o que se saltara las normas, sino que Francisco era un papa tremendamente humano, ypor tanto, evangélico, y desde esa humanidad miraba a los demás como hermanos.
Desde ahí también era consciente de sus debilidades, de sus pequeñeces, y por supuesto, de su propio pecado. También es famosa la frase que siempre decía cuando entraba a una cárcel: “ porqué ellos sí y yo no?”. Y así nos los escribió a los presos de la cárcel de Navalcarnero, cuando ellos le escribieron para apoyarle, después de que algunos “falsos curas” ( y digo falsos curas porque no eran del evangelio de Jesús, o al menos del que leemos e intentamos vivir algunos, y me reservo para la intimidad otro apelativo), y decían que rezaban para que se muriera. Cuando los presos de nuestra cárcel le escribieron enseguida les respondió con esas palabras, unas palabras que reflejan sin duda la humanidad, la humildad y la sencillez de este hombre, que no solo no se creía el “jefe” sino que hacía de su jefatura un servicio a todos, especialmente a los “descartados de la sociedad y del mundo”.
Un papa que valoraba precisamente de todos los demás esa humanidad, y no los ritos o las prácticas que llevaban a cabo. Cuando le hablé de Manuela Carmena, la que fue alcaldesa de Madrid, en una de mis visitas, y le dije que ella valoraba de él su profunda humanidad, enseguida me respondió: “ Es lo mismo que me sucede a mí, lo que más valoro de Manuela es su humanidad, por encima de todo, podemos no estar de acuerdo en ideas, pero ella es muy humana y eso hace que nos unan muchas cosas”. Y enseguida le respondí yo también, que ambos estaban de acuerdo en lo mismo, que desde puntos de visa diferentes llegaban a la misma conclusión: lo importante es el ser humano y especialmente el ser humano desvalido y necesitado.
Después de un año sin su presencia física, sentimos que se nos ha ido alguien muy importante para todos nosotros y para toda nuestra Iglesia, y por eso el sentimiento es de una “gran orfandad”. No solo porque Francisco hiciera o no hiciera avances en la Iglesia, sino porque especialmente devolvió a esa Iglesia, a la comunidad de Jesús, lo más genuino de ella: su preocupación por los pobres, por los débiles, su presencia donde no quiere ir nadie, su denuncia de los injustamente tratados, y su defensa de aquellos que están en la cuneta por diferentes motivos, pero que son tan hijos e hijas de Dios como el resto. Y desde ahí nos manifestó un rostro nuevo de ser Iglesia, desde los pobres y para los pobres, y donde los primeros tienen que ser los últimos, como él mismo hacía; una iglesia donde el poder se hace desde “lavar los pies al hermano” y no desde creerse superior a los demás.
Esa humanidad que apareció en todo su pontificado, pero ya de antes, en montón de gestos. La monja amiga suya de modo especial, la hermana Genoveva, así lo decía al referirse cómo conoció al papa Francisco, antes de serlo. Una monja que, como otros muchos de nosotros, “saltó todo protocolo”, no por falta de respeto a Francisco sino precisamente porque vio que para Francisco el protocolo auténtico consistía en preocuparse de los demás, de los que estaban “al borde del camino”. La relación entre ella y el papa comenzó antes de que fuera papa, cuando Bergoglio era obispo de Buenos Aires. La monja se atrevió a escribirle para recriminarle su actitud en los desaparecidos de Argentina, durante la dictadura de Videla; una de las desaparecidas era la tía de Genoveva. En el entierro de estos desaparecidos no había una sola representación del obispado, y con ese reproche escribió a Jorge Bergoglio, que llamo luego por teléfono a la monja. El obispo de Buenos Aires, la dijo que él estaba apoyando la causa de los desaparecidos, pero sor Genoveva no quedó satisfecha y le dijo que tenía que haber estado él allí en el entierro.
Las palabras del todavía obispo, fueron espectaculares: Ante el reproche de la monja, él se quedó en silencio un buen momento y luego la respondió: “Gracias, mi hermana, así debemos hablarnos entre hermanos y hermanas”. Ocho años después de aquello, Jorge Bergoglio es elegido papa y ella que estaba en Roma trabajando dice que fue invitada por el nuevo papa, que se acercó a ella y la besó. Es un testimonio tan humano que precisamente por eso es divino, es un testimonio para que “muchos jefes” de nuestra iglesia piensen como viven ellos su servicio. Para algunos el ser jefe supone vivir desde lo que yo llamo “la autoridad de la manzana”, a la que se refiere sabiamente el libro del Génesis: “Si comes vas a ser como Dios”, y se lo creen así, precisamente porque han comido de esa manzana, y por eso “se creen más”. Otros “jefes” son diferentes, su autoridad no se basa en”la manzana” sino en “lavar los pies” al hermano, al estilo de Jesús. La autoridad de la manzana es herética, aunque la practiquen muchos purpuradosy clérigos dentro de la iglesia, solo es evangélica la autoridad de lavar los pies, que es la que siempre vivió el papa Francisco, y que es la que emana del evangelio de San Juan: “Si no te lavo no tienes nada que ver conmigo”, que le replica Jesús a Pedro, al primer papa, al que sucede Francisco.
Así lo volvió a demostrar cuando después de casi cuarenta días hospitalizados en el Gemelli, el año pasado, lo primero que hizo desde el balcón fue dar las gracias a la mujer que todos los días le había llevado flores; no dio las gracias a los grandes, a los importantes, dio las gracias a aquella mujer sencilla que le había demostrado todo su amor. Una mujer anónima pero que estuvo siempre cerca de él. Para Francisco no había clases, sino gestos y experiencias de amor, y eso era para él lo más importante.
Y lo mismo lo demostraba cuando cada 17 de diciembre, día de su cumpleaños, invitaba a su casa de Santa Marta a los pobres del Vaticano, a aquellos que estaban tirados, y con los que decidía celebrar cada año su nuevo año de vida. Esos pobres a los que no podía ver sin nada alrededor de la columnata de Bernini y a los que les hizo sus baños y sus duchas, para que pudieran “tener al menos algo digno”.
Después de un año nos sentimos llenos de alegría por haber conocido a nuestro papa, pero a la vez, con tristeza porque se nos “fue muy pronto”. Sabemos que está cerca del Dios que siempre nos transmitió, pero nosotros seguíamos necesitándolo a él aquí. Por eso ahora, somos nosotros los que le seguimos pidiendo que rece por nosotros, que nos ayude, que ayude a sus pobres, a sus presos, a sus descartados, a sus inmigrantes, a su Iglesia… que nos ayude a que siempre seamos capaces de hacer vida el Evangelio. Que nos ayude a descubrir que la iglesia no puede ser un espacio de ritos vacíos, sino una comunidad de hermanos y de hermanas que viven el Evangelio, y que desde ahí también se la juegan. Una Iglesia preocupada por lo esencial: practicar en la vida de cada día que todos somos hermanos y que todos nos merecemos lo mismo. Una iglesia que no juzgue, sino que se sienta tan pecadora como los demás; una Iglesia que respete al Dios de la vida presente especialmente en aquellos que son más olvidados de los poderosos.
Se nos ha ido Francisco con el Padre, sentimos que está resucitado y nos queda a nosotros mucho más que su testimonio y sus palabras, sentimos que nos queda su fragancia de algo nuevo que ha sucedido en la Iglesia de Jesús. Nuestras palabras, llenas de emoción y nuestros ojos llenos de lágrimas siguen descubriendo su presencia en todo lo que vamos viviendo. El también terminaba siempre sus cartas diciendo “Que Jesús te bendiga y la Virgen Santa te cuide”, y es lo que también nos sigue diciendo hoy a cada uno de nosotros. Sentimos que él también nos bendice ahora desde su presencia especial y aún más entrañable desde el Dios de la vida.
Vamos a celebrar hoy el día de su partida al Padre, el día de su Resurrección, de su Pascua, en una Eucaristía de acción de gracias, en la parroquia del Sagrario del barrio de Carabanchel, en Madrid, un barrio popular y entrañable que también me dijo conoció el papa Francisco, cuando vivió en España. En esta parroquia, con una comunidad “desde abajo”, recordaremos a nuestro hermano y amigo Francisco, y seguro que nuestro papa estará contento y alegre con todo lo que allí vamos a vivir y a festejar.
Gracias hermano y amigo Francisco, gracias por tu vida, gracias por tu entrega y gracias por tu “frescura evangélica”, gracias por decirnos con tu vida que todos somos hermanos, que todo nos merecemos lo mismo, y que el único honor es el del servicio a los hermanos y hermanas desfavorecidos. Te fuiste como viniste, en silencio, sin pedir nada. Te fuiste en tu último jueves santo con los presos y te despediste de tu gente, de todos, en aquel paseo por la plaza del Vaticano en el domingo de la vida, de la resurrección. Viniste “del fin del mundo”, pero te acercaste a todos, y les brindaste tu cariño y comprensión evangélicas. Gracias porque tu casa, Santa Marta, estaba abierta a todos, por tu único protocolo era ese: lavar los pies a los presos y desde ahí decirnos que “Dios nos quiere a todos y nos perdona todo”. Reza por nosotros, nosotros desde aquí seguimos agradeciendo a Dios el haberte conocido y haber podido contar contigo como papa. Y seguimos tu consejo: intentaremos no olvidarnos de los pobres sino que ellos sean siempre no el objeto de nuestra caridad, sino el sentido de nuestra vida y de nuestro ser Iglesia, comunidad de hermanos, al estilo del Evangelio de Jesús.